Empecemos.
Natalia corrió como si la vida se le despegara del cuerpo. El corazón golpeándole en la garganta, las piernas ardiendo con cada zancada. No miraba atrás. No podía. Escuchaba los pasos. Mínimos al principio. Después, más cercanos. Más claros. Más pesados.
Giró por una callejuela que conocía bien. La había cruzado mil veces en su rutina. Pero esta vez era distinta. Cada sombra parecía más oscura, cada esquina más peligrosa.
Los tipos corrían. Varios. No solo dos. Eran al menos tres, quizás cuatro. Uno gritó algo, pero el sonido se perdió entre sus latidos. Todo era ruido. Su respiración, sus pensamientos, el golpeteo de sus zapatillas contra el pavimento irregular.
— ¡Al callejón! ¡No la pierdan! — La voz la sacudió. Cambió de dirección de golpe, casi resbalando al doblar por un pasaje peatonal. Allí, las luces eran escasas. Las casas viejas, los portones cerrados, las rejas altas. Nadie asomaba. Nadie abría una ventana. Estaba sola.
Saltó una verja baja, se arañó los brazos, se rasgó la camisa. No importaba. Siguió. Bajó por un desnivel entre edificios, luego torció a la izquierda, cruzando una calle con apenas un par de autos estacionados. Nadie.
No se detenía. Ni siquiera cuando le dolían los costados del cuerpo, ni cuando le temblaban los tobillos. Sabía que si paraba... la atrapaban.
Escuchó a uno caer. Alguien gritó una maldición. Bien. Había ganado metros. Se aferró a eso como un salvavidas. Se metió por otra calle aún más estrecha, casi oculta entre un depósito y un bar cerrado.
Saltó una pila de basura, aguantando las arcadas por el olor. Más adelante, una puerta metálica. Cerrada. Pero a un costado, un hueco. Un desagüe amplio. Oscuro. Húmedo. Sin pensarlo, se metió.
Se arrastró por unos metros entre paredes húmedas y ratas asustadas que le pasaban por los pies. Cerró los ojos. Contuvo el grito. Tenía que aguantar.
Arriba, oía los pasos confundidos. Voces. Juramentos. Puños golpeando puertas. Se habían perdido.
Esperó.
Y cuando todo quedó en silencio, cuando solo se oía su respiración temblorosa y el lento goteo del agua estancada… se atrevió a salir.
Nat emergió desde el costado de una estación de buses cerrada, sucia, deshecha. Nadie la vio. Nadie sospechaba.
Estaba viva.
Se apoyó en una pared, se dejó caer de rodillas. Temblaba. No podía creerlo.
Pero había escapado.
Por ahora.
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Horas después...
La puerta de madera crujió cuando Nat empujó con el último aliento que le quedaba. La casa estaba en penumbras, salvo por la tenue luz amarilla que colgaba sobre la cocina. El reloj de pared marcaba mucho más tarde de lo habitual. En la televisión, el volumen estaba bajísimo, como si la casa hubiese contenido la respiración durante más de una hora.
— ¿Nat...? — La voz temblorosa llegó desde el pasillo. La joven no alcanzó a contestar. Sus piernas se doblaron apenas cruzó la puerta. Se sostuvo contra la pared, con el pecho jadeando y la ropa pegada al cuerpo por el sudor, el barro y restos de sangre seca en su brazo derecho. — ¡Dios mío! — La madre apareció con su bata raída y el rostro desencajado, aferrándose al bastón con una mano y a la pared con la otra. Natalia alzó la vista, desorientada. — ¿Qué... qué pasó? — Preguntó la mujer con la voz rota, acercándose como podía.
— Mamá... yo...
— ¡Estás sangrando! ¡Estás herida! ¿Dónde estuviste? ¡Pensé que estabas muerta! — Y rompió a llorar, cayendo de rodillas al suelo antes de llegar a ella. Natalia la sujetó con un brazo, asustada.
— No es mía la sangre. No sé... no entiendo...
— ¿Qué te hicieron, hija? ¿Qué pasó?
— No sé, mamá. Había hombres. Me siguieron. Corrí... me escondí. Eran muchos. No los conozco. ¡No sé por qué! — Y ahora fue ella quien se quebró.
La mujer la abrazó con el poco cuerpo que tenía, temblando juntas en el recibidor oscuro.
— ¿Llamamos a la policía? ¿Te violaron? ¿Te golpearon?
— ¡No! ¡No sé quiénes eran! No me tocaron... Solo querían atraparme, mamá. Solo querían agarrarme. Pero yo... yo corrí. — Ambas se quedaron allí, en el suelo frío, sin entender nada. Aferradas la una a la otra, como si el abrazo pudiera detener lo que sea que estaba viniendo.
En ese momento, Natalia creyó que lo peor había pasado.
Y se equivocaba.
— Te querían atrapar… — Repitió la madre, con la voz quebrada, como si esas palabras la hubieran golpeado con más fuerza que cualquier noticia.
Se llevó las manos temblorosas al rostro, ocultando las lágrimas que ya no podía contener. Su hija la miró, sin entender. Su pecho subía y bajaba, aún agitado por la carrera, por el miedo, por todo lo que no podía explicar.
— Dios mío… está pasando… — Susurró la madre, casi en trance, como si hablara consigo misma. — Hija, no quiero que te alejen de mí. No quiero… — Sollozó con un sonido que parecía rasgarle el alma. — Pero esos hombres… no descansarán hasta encontrarte. Hasta llevarte. Natalia se tensó.
— ¿Llevarme? ¿Quiénes? ¿Por qué? — La confusión le pintó el rostro de rabia y terror. — ¡¿Qué está pasando, mamá?! ¡¿Por qué me perseguían?! — Su madre cerró los ojos con fuerza, como si ese grito le arrancara algo por dentro.
— Tu padre… — Susurró. Y ahí se quebró del todo. Lloró con la cara enterrada en las manos, con el cuerpo encogido, como si el peso de un secreto viejo la aplastara de repente.
— ¿Qué tiene que ver papá en esto? — Natalia se arrodilló frente a ella, aferrándola por los hombros. — ¡Contéstame! — La mujer levantó la mirada, enrojecida, los ojos hundidos en años de culpa.
— Esa deuda… — Murmuró. — Él antes de morir dijo que debía esconderte qué no dejara que nadie te apartara de mí. Se fue, murió y nos dejó con esa carga. Yo pensé que con mudarnos y con el tiempo se olvidarían. Pensé que… nos dejarían en paz. Pero no. — Natalia palideció.
— ¿Una deuda? ¿Qué tipo de deuda?
— No es dinero, hija. O bueno, si lo es. Pero ha estas alturas no tenemos como responder por lo que- lo que debemos, es algo peor. — El silencio se instaló como una tormenta contenida.
Natalia retrocedió un paso. La sangre le heló en las venas.
— ¿Me estás diciendo… que esa gente… vino por mí por algo que hizo papá? — La madre bajó la cabeza.
— No te ven como su hija. Te ven como… lo que él les dejó como pago. — Y en los ojos de Natalia apareció algo que no había tenido nunca: odio. Miedo. Traición.
Y una sola certeza: tenía que huir.
— ¡Mamá! — Gritó Natalia, alterada. — ¡Papá está muerto! ¿Qué estás diciendo? ¡Estás confundida! — Su madre negó con la cabeza lentamente, como si esas palabras fueran cuchillos. Sus ojos brillaban de impotencia, y su voz tembló como una hoja seca:
— No, hija… No lo estoy. Ya han pasado más de veinte años… pero ese hombre… aquel al que tu padre le debía… — Se quedó mirando un punto fijo en el suelo, como si pudiera ver el pasado ahí mismo, derramado entre las baldosas agrietadas de la cocina.
Un crujido interrumpió el silencio.
Luego, un estallido.
¡BAM!
La puerta de entrada se abrió de golpe con una violencia que sacudió toda la casa. Natalia se levantó de un salto, su madre gritó, y tres figuras oscuras llenaron el marco de la puerta como una pesadilla vestida de n***o.
Uno de ellos avanzó con una sonrisa torcida, los ojos clavados en Natalia.
— Eres bastante escurridiza para una simple empleada. — Dijo con voz ronca, saboreando cada palabra. — Nos hiciste correr. Eso no me gusta. — Los otros dos hombres ya se movían, cerrando el paso, uno a la izquierda y otro a la derecha. — ¡Atrápenla! — Natalia reaccionó por instinto. Agarró el florero de la mesa y lo lanzó con fuerza contra el primero que se le acercó. El objeto estalló en mil pedazos al impactar contra su hombro, dándole apenas un segundo para correr hacia el pasillo.
— ¡Nat! — Gritó su madre, sin poder moverse. — ¡No! — Uno de los hombres la esquivó bruscamente para seguir a la chica, mientras el otro sacaba un arma corta y apuntaba hacia el pasillo, con una sonrisa de desprecio.
— ¡Ni se te ocurra! — Le gritó al compañero. — ¡La quieren viva! — Natalia se metió en la habitación del fondo, giró la llave, empujó la cómoda contra la puerta y buscó desesperadamente una salida, un escape, una ventana, algo...
Pero lo único que encontró fue su reflejo en el espejo, con los ojos completamente distintos. No era la misma chica que se había despedido de su amiga hacía apenas una hora.
Ahora era un objetivo.
Y la cacería estaba por terminar.