Cuando estoy en la puerta me vuelvo hacia Edee y le doy un silenciosos adiós, él levanta ambos pulgares y sonríe exageradamente. Me agrada, que bueno que sea mi amigo, de esos en los que uno puede confiar.
Lo primero que siento al entrar es la fría y examinadora mirada del psicólogo. No lo veo desde que tenía diez, pero sigue siendo igual de atemorizante. Sus ojos azules siguen mi trayectoria, cada pequeño movimiento es observado hasta que me siento en la incómoda silla frente a él, su cabello n***o y entre canoso se menea cuando se inclina para darme la mano. Es fría como el metal del arca en la madrugada.
—Bienvenido, Aleck — su voz es bastante grave. Meneo la cabeza asintiendo, con la boca seca — ¿cómo estás? —pregunta en un mero afán por romper la tensión mientras juguetea con los papeles manchados de tinta.
—Bien— no tengo más que decir así que me limito a observar el consultorio que es solo un poco más grande que mi dormitorio, las paredes están oxidadas, hay una pequeña ventana por donde entra un aire cálido y con olor a seco, la pintura verde claro se desprende por partes, formando manchas irregulares con formas extrañas.
—ya conoces el ejercicio Aleck, ¿lo recuerdas? — no me muevo —¿cuándo eras pequeño?
— Sí, sí. Lo recuerdo — froto mis palmas sudorosas en el mono. El psicólogo me ve nervioso y sonríe tratando de tranquilizarme, su sonrisa es aún más terrorífica, como cuando peleas con alguien a muerte y pierdes, y lo último que vez antes de morir es esa sonrisa diabólica de victoria.
—Vamos a empezar, ¿bien? — Trato de eliminar los pensamientos macabros que se acumulan por todas partes, mientras él saca uno de los cartones — me vas a decir lo primero que veas en él, depende del resultado te haré un pequeño grupo de preguntas relacionadas para estar más seguros — asiento, él voltea el cartón para que vea la tinta, pero no veo nada, parpadeo un par de veces y lo único que veo es una mancha irregular y sin sentido. Observo bien y tal vez logro ver una máscara, si, es una máscara que oculta un rostro.
— Es una niña — miento. El hombre parece imperturbable. Aprieto los ojos con miedo y respiro, no debería jugar con esto, me estoy jugando mi futuro . Cuando los abro decido que sea lo que sea que vaya a pasar, voy a decir la verdad, Grace tiene razón, nací para el herbario, ¿qué habría de temer?
— ¿Y este? — cambia el cartón por otro. Esta tiene color y si veo algo medianamente claro.
—Dos hombres que están subidos sobre otros hombres, como a caballo, parece que se despides o así—El psicólogo se remueve en la silla y saca uno un poco más grande —Dos hombres que hablan, o se esconden — saca la siguiente.
—¿Qué ves aquí, Aleck?
—Es como un monstruo, que está a punto de atacar —la siguiente es de un color similar —Es como una mariposa —él sonríe levemente mientras cambia a la siguiente —Es …— me pongo un poco rojo, de seguro —en la parte de arriba parece un… pene —cambia a la siguiente, gracias a dios —Dos mujeres que hablan, o pelean —la siguiente está llena de color —hay dos lagartijas a los costados que trepan tratando de esconderse o huir —no sé por qué esa respuesta me hace sentir vulnerable.
—¿Qué ves en esta? —también es colorida.
—Arriba hay dos animales, en medio parece un perro y en la parte de abajo… son flores —¡Flores! Me alegra al fin ver flores o algo por el estilo.
—La última, Aleck, dime qué ves —me remuevo en el asiento, esta sí que tiene muchos colores.
— Son como animales del fondo del océano.
—Muy bien, Aleck — toma todos los cartones y los pone a un lado, luego saca un folio color n***o y comienza a leer de un apartado que está casi al principio.
—¿Tienes claras tus metas en la vida? —me quedo boquiabierto.
—pues… no mucho a largo plazo, por ahora solo quiero entrar al herbario —el asiente, y luego continua.
—¿Eres ambicioso? —pienso por un momento.
—No mucho, la verdad.
—¿Cómo reaccionas a ambientes estresantes? — me aguanto las ganas de decir que salgo huyendo.
—Estoy seguro que actuaría con calma — digo al fin.
—Bien, ¿Cómo definirías tu relación con las personas? —Esta la tengo más clara, pero me da un poco de vergüenza confesarlo.
—Me gusta ayudar, si alguien me necesita lo ayudo…pero usted sabe que no soy muy sociable —él asiente.
—Estás mejor que cuando eras niño, Aleck, es normal que te sientas tan diferente y sé que lo entenderás algún día. Esta es la última pregunta —deja ese folio a un lado y toma otro de color verde en el que rebusca por un momento
— Si estás en un lugar en el que puedas esconderte y un hombre te persigue para matarte, ¿qué harías? — la respuesta es demasiado fácil para, me escondería hasta que el hombre se fuera. Pero suena demasiado cobarde así que me guardo esa respuesta sólo para mí.
—Buscaría como atacarlo, si me escondo siempre tendré miedo de que me encuentre— le contesto, escribe algo en su cuaderno. Un par de extrañas pruebas físicas, preguntas sobre mi salud en general, y una enfermera pasa a sacarme un litro de sangre para "estudios". Cuando salgo lo primero que veo es que Edee se ha quedado dormido, con la cabeza de lado y las piernas estiradas. Ya quedan pocos jóvenes en la sala, casi seis. Le muevo un poco la pierna y despierta con un sobre salto.
—¡No, yo no! — grita y lo tomo por la muñeca.
—Soy yo — afloja la expresión y se limpia la saliva que le escurre por la mejilla.
—Lo siento, tuve una noche ocupada— se estira, a él también le queda pequeño el mono —¿cómo te fue? — estoy a punto de contestar cuando el hombre de la lista lo llama, se pone de pie y me revuelve el cabello —nos vemos luego, Jack Frost.
Nos pidieron ir en ayunas, y ya son casi las dos de la tarde así que el estómago me duele como si tuviera dentro el quinto infierno, entones antes de ir a mi habitación paso por la pequeña tiendita. Mientras camino por el laberinto de pasillos pienso en que Jina tiene razón, de algo me sirve ser el sobrino del general, ya que cada mes recibo una pequeña suma de dinero que se desliza por debajo de la puerta. El dinero aquí no lo maneja cualquiera, al menos ningún estudiante, ya que no se nos permite trabajar hasta el día de la graduación, de ahí para allá podría decirse que somos mayores de edad, por lo tanto, nos toca conformarnos con las pocas miserias que nos da el gobierno: Comida, ropa y accesorios de aseo personal, y nada más.
Cuando llego me llevo dos paquetes de palomitas de maíz que están blandas, un pan con mermelada de mora, un pequeño trozo de panela y un vaso de té que no sé si será frío o caliente, pero está tibio.
Abro con dificultad la puerta de mi cuarto ya que tengo las manos llenas, enciendo la luz al entrar y lanzo la comida en la cama, me aflojo el mono y amarro las mangas en la cintura quedando sólo con la camisilla. Me lanzo a las palomitas de maíz que están más blandas de lo que pensaba, y aparte también están simples y grasosas. El pan se desmenuza en los dedos y al final termino con la mitad encima del mono. Sin ganas de desaprovechar ni una sola migaja me paso quince minutos lamiendo la mermelada que se ha quedado pegada de toda la ropa.
Cuando termino, estiro los brazos y me fijo en cada pequeño detalle de mi habitación, el techo oxidado, el espejo curtido, la maceta sucia con el pequeño tallo verde. Me pongo de pie como si de un resorte me tratase, y casi me caigo de la cama en un patético intento por ponerme de pie. Camino vacilante hasta la mesita y me inclino hacia la maceta. La semilla de la rosa a germinado, y un pequeño tallo verde del grosor de un dedo se alza un par de centímetros y se enrosca como el cabello de Marian. Doy un respingo cuando veo que el tallo se mueve, retrocedo unos pasos y caigo de culo cuando me enredo en el pequeño tapete que hay al pie de mi cama. ¡El pequeño tallo se mueve! Movimientos diminutos y casi imperceptibles, pero al fin y al cabo movimientos. Me pongo de nuevo de pie y me acerco a la mesita, el tallo es de un verde oscuro surrealista, casi como si fuera plástico. Medito la posibilidad de que sea falsa cuando tocan a la puerta. Tomo una camisa y la lanzo sobre la planta, pero parece demasiado evidente así que la meto bajo la cama, no me convenzo demasiado entonces termino metiéndola en el baño y cerrando la puerta. Me acomodo el mono y pregunto en voz alta:
—¿Quién?
—Yo— contesta, es un hombre, pero no reconozco su voz.
—¿Quién demonios soy yo?
—Aleck, soy yo Edee— suspiro aliviado mientras me limpio el sudor de la frente. Abro la puerta sólo un poco y me quedo allí plantado evitándole el paso, pero de un rápido movimiento se cuela sin que yo pueda evitarlo. Cierro de nuevo la puerta no sin antes revisar los pasillos y cuando me vuelvo Edee le da cuenta a uno de los paquetes de palomitas de maíz, saca la almohada de la cama y se recuesta en ella.
—¿No te parecían muy raras? — pregunta con la boca llena.
—¿Qué? — miro de soslayo la puerta del baño mientras me siento a los pies de la cama.
—Las preguntas— se encoge de hombros —eran raras.
—No creo que nos hubieran preguntado lo mismo.
—¿Qué te preguntaron a ti? — mueve la mano en el aire en un gesto que no entiendo —después de los dibujos — me enderezo un poco y sacudo la cabeza.
—¿Importa eso?
—Puede que no— deja de masticar y de repente parece abstraído —¿crees que te haya tocado en la sección que querías? — me encojo de hombros.
—No vi precisamente flores o células— cruza las manos detrás de su cuello mirando hacia el techo.
—Yo no vi jeringas ni bisturís— menea la cabeza y clava sus ojos negros en los míos —parece que perteneceremos al noventa por ciento de graduados que no conseguirán vivir una vida feliz.
—Eso es alentador, Edward— me mira de nuevo y me apunta con el índice.
—Edee, dime Edee, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?
—Me gusta más Edward.
—Es el nombre de mi padre— se recuesta de nuevo —que chica tan sexi la que tienes ahí arriba— volteo los ojos y suspiro. No va a cambiar —¿qué pasa con Jina?, estaban juntos todo el tiempo y de repente ni se cruzan la mirada.
—Las chicas son complicadas— digo como única respuesta.
—Por eso te gustan los chicos ¿no? — pregunta, y lo miro con la cara caliente —no es cierto —sonríe y me golpea el hombro de forma amistosa — es broma— sonrió y me lanzo una palomita a la boca desviando la mirada hacia el baño, más bien por no mirarlo a la cara, Edee me ve y desvía su mirada hasta la puerta. Entrecierra los ojos y sonríe.
—Prestame el baño— se pone de pie tan rápido que no me da tiempo de reaccionar, camina y cuando tiene el pomo de la puerta en la mano le grito.
—¡No! — pero no me oye, entonces me lanzo sobre él cuando ya tiene la puerta entre abierta. Confío en él, claro, pero le prometí a Grace que nadie vería la planta y lo voy a cumplir, aunque tenga que patearle el trasero a mi amigo.
Ambos caemos al suelo y forcejeamos, sus manos son hábiles pero las mías fuertes. Le sujeto una mano y él mete los dedos de la otra dentro de mi nariz tirando hacia arriba. Cuando ya no puedo respirar me obligo a abrir la boca y aspirar, le suelto la mano y le aprieto un pezón, da un pequeño alarido poco masculino y saca los dedos de mi nariz, luego me prieta el cuello y presiona justo en los lugares exactos para no hacerme daño.
—No escondas a tu novio, Aleck— Después de un par de minutos parece más un juego, nos empujamos y reímos de vez en cuando. Diez minutos después nos extendemos en el suelo exhaustos y muertos de risa. Cuando nos calmamos pregunta:
—¿Quién hay ahí? — Meneo la cabeza.
—No te lo diré, y no estás en condiciones de pelear conmigo para averiguarlo por ti mismo— se sienta y hace un puchero infantil.
—¿No me dirás siquiera el nombre de tu nueva amiga? — me siento también y me recuesto en la cama.
—Rosa, su nombre es Rosa— frunce el ceño.
—¿Rosa? No me suena.
—No conoces a todo el mundo en la nave— le aseguro. Ríe con orgullo.
—Para mí no es un secreto que a ti te buscan las chicas más fáciles, siendo así, debería conocerla— me giña un ojo.
—Talvez ya quiero sentar cabeza con una chica decente— a veces olvido que Edee cree que soy hetero, y siempre me he preguntado por qué no se lo he dicho si él ya lo sospecha, es más, ambos sabemos que el otro sabe, yo sé que él lo sabe, y él sabe que yo sé que él sabe, en fin, siempre nos hacemos los idiotas respecto al tema, bueno más bien yo. Se encoje de hombros se pone en pie.
—Nos vemos en un rato— camina hasta las puerta del baño y temo que la vaya a abrir —oye Rosa— le grita a la chica inexistente —prometeme que cuidarás a Jack Frost por mi cuando yo no esté, es delicado y se rompe fácil— camina hasta la salida y se gira antes de salir —que rápido creces, ayer te hacías la paja tú solito— desaparece antes de que el zapato que le lanzo lo alcance y escucho como se ríe antes de decirle a alguien que seguramente pasa junto a él por el pacillo "Hola guapa". Me pongo de pie y abro la puerta del baño.
—¿Oíste rosa? — le digo a la planta —tienes una promesa que cumplir.
—¿Quién es rosa? — dice una voz a mis espaldas, cierro la puerta del baño tan rápido que me hago daño en la nariz.
—¿Qué te he dicho de que entres sin tocar a mi cuarto? — le digo a Marian mientras me agarro el puente de la nariz.
—La puerta estaba entre abierta, y Edee me dijo que entrara — se encoge de hombros. Está hermosa, trae un vestido rojo que le baja hasta las rodillas y un corsé, su cabello rubio peinado en una trenza de lado y un poco de maquillaje.
—Estas hermosa, gran vestido— le digo, mi nariz comienza a sangrar un poco. Saca un pañuelo blanco de los pliegues de su vestido y me obliga a sentar en la cama, lo pone contra mi nariz.
—Gracias. Tardé casi todo el año haciéndolo para este día, lo único que le pedía al cielo era que no te fueras a morir antes de la graduación para poner estrenármelo.
—Agradezco tus buenos deseos— mi voz suena rara con la nariz tapada
—¿Enserio lo hiciste tú? Está hermoso — su cara enrojece. La sangre se ha detenido y cuando Marian quita el pañuelo hace una mueca de hastío.
—Mierda— susurra. La castigo con la mirada por la palabrota. Se encoje de hombros restándole importancia —pareces un muñeco de nieve con una nariz de tomate.
Me pongo de pie y camino hasta el espejo, mi nariz esta tan roja como una manzana. Parece que ahora si voy a resaltar en la graduación.
—Tal vez el agua fría te ayude.
—Espero que sí.
—¿Qué estas esperando para darte una ducha? — Me meto en el baño teniendo cuidado de no abrir mucho la puerta para que Marian no vea la maceta. Cuando entro la pongo tras la puerta y me ducho procurando que el agua fría me caiga directo en la nariz por un largo rato. Estúpidos reflejos, se supone que para eso me entrenaron todo mi vida, y ahora me golpeo a mi mismo con la puesta de baño. Patético. He desperdiciado años de trabajo contigo, me imagino que diría el profesor de defensa personal, con todo y su acento poco seseante, la ocurrencia me hace reír he irremediablemente pienso si volveré a reír hoy.
Cuando salgo envuelto en la toalla Marian ya ha sacado mi nuevo mono del armario y lo observa sobre la cama.
—Que feo— dice. Es un mono completamente n***o, de una tela suave y ajustado al cuerpo, de mangas cortas y cuello en v. Típico para la ceremonia.
—Cada año es el mismo, no sé de qué te quejas— le digo mientras tomo el mono. Ella me da la espalda cuando comienzo a quitarme la toalla y cuando me pongo el mono ella suspira.
—Llegaremos tarde.
—Tranquila— me siento en la cama y me calzo las botas que suben casi hasta las rodillas. Marian se voltea y comienza a peinarme, me tira el cabello hacia un lado y sonríe.
—Ya no está roja tu nariz— me pongo de pie y me veo en el espejo, está morada. El mono es bastante ajustado, pero es lo suficientemente flexible como para levantar las manos y tener buena movilidad —estas guapísimo, se te ve bien el trasero, las chicas se van a morir — me toma de la mano —¿vamos?