Keisha se encontraba fuertemente atada a una silla y custodiada por dos guardias. Ninguno le dirigía la palabra, pero ella los miraba en silencio, intentado averiguar de qué colonia provenían. Sus armaduras eran negras, con algunos grabados de serpientes en las pecheras y unos pequeños plumones blancos que colgaban de sus muñecas. Hacía mucho no veía a soldados así, pero sabía sus orígenes: eran los antiguos guardias del Reino del Sur, quienes después de la guerra de la Alianza, tomaron distintos caminos por no tener a ninguna reina a quien servir. La puerta se abrió y, de ella, ingresó Aurora quien pidió a los guardias: - Retírense, por favor. Quiero hablar con ella a solas. Los soldados se miraron entre sí y obedecieron. Pronto, quedaron ellas dos a solas, dentro de la

