Cuando los doctores ingresaron al quirófano, Ares los escuchó con atención mientras le explicaban que todo había sido más sencillo de lo previsto, ya que los padres del pequeño no habían hecho demasiadas preguntas. Asintió en silencio, con esa serenidad que solo mostraba en el ámbito profesional, y los dejó preparándose mientras él se dirigía a conocer al niño. Para él, cada paciente era un mundo, una historia que merecía respeto, y consideraba fundamental crear un vínculo antes de cualquier procedimiento. Era su manera de recordarse que no trataba con cuerpos, sino con vidas. Contrario a lo que imaginó sentir al verlo, una sensación cálida lo invadió. El niño estaba recostado, observando el entorno con ojos enormes y curiosos. En cuanto Ares se acercó, el pequeño lo miró como si estuvier

