Ares vivió uno de los momentos más tensos de su vida cuando su esposa y Alicia se encontraron. Fingió normalidad, pero por dentro estaba aterrorizado ante la posibilidad de que Alicia mencionara aquel beso. Sin embargo, recordó que ella no era estúpida; sabía perfectamente que no revelaría algo así delante de su esposa. Y, efectivamente, nada ocurrió. Cuando por fin se marcharon, Ares sintió un alivio tan grande que casi le fallaron las piernas. Después de aquel encuentro, trató a su esposa como a una reina. Pasaron horas en el consultorio, trabajaron juntos, la llevó a almorzar, y así transcurrieron los cinco días siguientes. Ares —desesperado por redimir su culpa— no paró de hacerle obsequios y de convertir cada momento en un instante especial. Mientras tanto, Agnes, inocente de todo,

