—Princesa… ¿Qué ocurrió? —preguntó Ares, su voz grave, crispándose de preocupación—. ¿Por qué tienes el rostro tan inflamado? ¿Quién te hizo llorar? El cuerpo de Agnes se tensó al instante, como si una corriente helada le recorriera la columna. Había estado tan perdida en sus pensamientos que no escuchó sus pasos. Y ahora, con Ares tan cerca, el miedo la paralizaba. Le costaba respirar. El aire parecía espesarse en sus pulmones, y el corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía distinguir sus propios pensamientos. Lo miró con los ojos muy abiertos, llenos de un temor que él percibió de inmediato. Sin saber qué ocurría, pero sintiendo su angustia como un golpe directo, Ares la abrazó con fuerza. La rodeó con un instinto protector que no pudo contener, intentando sostenerla, calmarla

