En ese punto, Ares había perdido el control. Ya no hablaba: gritaba. Su voz se quebraba entre la furia y un dolor que lo desbordaba. Y Agnes, frente a él, sintió cómo algo dentro de sí se desmoronaba. No tuvo fuerzas para debatir sus argumentos; entendió, con sólo escuchar el tono de su voz, que él había comprendido el mensaje… y que no la estaba castigando por lo que había hecho Alicia, sino por lo que ella misma había decidido callar. Era cierto: escucharlo en su propia voz hacía que todo sonara aún peor. Agnes sabía que lo había omitido incluso en los momentos en que estuvo más cerca de confesarlo, cuando en Estados Unidos le gritó verdades hirientes que él se negó a escuchar. Y ahora, de pie frente a él, comprendió algo devastador: no había una respuesta que pudiera aliviar el daño. N

