Rosie dio un paso atrás, alejándose de la ventana. El contacto visual con Kael la había dejado paralizada. No era solo la intensidad de su mirada, sino la certeza brutal de que la había sentido, como si su presencia en la cabaña fuera un susurro en su oído. Un reclamo.
El crujido del suelo bajo sus pies no la hizo sentir menos expuesta. Encendió la chimenea con dedos temblorosos, intentando distraer su mente, calmar el temblor de su pecho. El fuego crepitó, pero no consiguió calentar el miedo que anidaba en su interior.
Entonces, un solo golpe.
Firme. Inapelable.
La puerta.
No tuvo tiempo para decidir si abrir o no. El pomo giró.
Rosie retrocedió.
Instinto.
Supervivencia.
Kael entró.
Desnudo de torso, con la piel aún húmeda por el esfuerzo de la pelea. El brillo del sudor hacía resaltar cada cicatriz. Su mirada dorada la recorrió sin permiso, sin apuro, como si confirmara que seguía viva solo porque él lo permitía.
—Te dije que no salieras —dijo sin preámbulo.
Rosie se irguió, desafiante, aunque su voz titubeó.
—No salí. Solo miré.
Kael cerró la puerta con un golpe seco. El eco retumbó en la madera.
—Eso fue suficiente para llamar lo que duerme dentro de ti.
Se acercó. Paso firme. Sin titubeos.
—¿Por qué me miraste así? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Porque eres mía —respondió él sin dudar.
El silencio cayó como un látigo.
Rosie retrocedió, pero no había escapatoria. La pared detrás de ella la recibió con la frialdad de la piedra. Kael la acorraló sin tocarla. No necesitaba hacerlo. Su presencia bastaba para hacerla sentir atrapada, invadida, enfrentada a algo que no podía controlar.
—No me pertenezco ni a mí misma —murmuró.
Kael sonrió, pero no fue una sonrisa amable.
—Exactamente. Por eso necesitas un Alfa.
Rosie alzó la barbilla, desafiándolo.
—No soy parte de tu manada.
—Todavía no —gruñó él, con una voz que era más bestia que hombre—. Pero estás aquí, en mi bosque, bajo mi luna. Has sangrado en mi tierra. El bosque ya eligió. No es una invitación, Rosie. Es un mandato.
Su respiración chocaba con la de ella. Estaba demasiado cerca.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que dejes de fingir que eres débil. Que aceptes lo que eres. Y cuando lo hagas… quiero tu lealtad.
—¿Y si me niego?
Kael bajó la voz, sin perder firmeza.
—No puedes negarte a lo que ya vive en tu sangre. Puedes resistirte… pero dolerá más. Y yo no quiero hacerte daño, Rosie. No aún.
El fuego crepitó con violencia, como si respondiera a su tono. Rosie sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo en su interior se removía. Algo antiguo. Instintivo.
Kael se apartó al fin, dándole aire. Pero su sombra aún la cubría.
—Duerme si puedes —ordenó, no aconsejó—. Mañana… tu mundo dejará de ser el mismo.
Y se marchó, dejándola con el pecho agitado, el alma en guerra y el cuerpo vibrando entre el deseo, el miedo… y la llamada salvaje que cada vez era más difícil de ignorar.
Rosie se refugió en la habitación que le había asignado Kael, la cama era enorme, cubierta de frazadas suaves, limpias y delicadas, que no parecían tener lugar en una cabaña tan rústica, sucia y áspera como aquella.
Era extraño: un lujo en medio de la crudeza. No podía imaginar a ninguno de los hombres de esa manada ocupándose de lavar o perfumar sábanas.
Se envolvió en las pieles calientes, buscando consuelo, sintiéndose pequeña, confundida… expuesta.
Entonces, alguien tocó la puerta.
Un solo golpe. Firme. Preciso.
—No... no quiero hablar —dijo en voz baja, intentando sonar firme—. Quiero dormir.
Silencio.
Y luego, nada. Ni pasos, ni respuestas. Solo el crujido lejano de la madera diluyéndose en la lluvia que golpeaba el techo.
Rosie se sumergió más profundamente en las mantas. El calor era casi reconfortante. El sueño la alcanzó a medias. Pero entonces...
El pomo giró.
Lento. Deliberado. Como si quien estuviera al otro lado no dudara… sino disfrutara del momento.
Rosie se lanzó al suelo en un movimiento instintivo, reptó hasta meterse bajo la cama y se quedó completamente inmóvil. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que podía delatarla. El aire se volvió espeso. El sonido de la lluvia, antes hipnótico, ahora era solo un murmullo lejano, ahogado por el miedo.
La puerta se abrió.
Unas botas embarradas cruzaron el umbral con paso decidido. Pisaban sin cuidado, aplastando hojas secas, mugre y trozos de madera vieja. No era Lucas. Rosie lo supo de inmediato.
Ese olor era distinto. Más denso. Tabaco rancio, sangre seca y bosque húmedo. Un aroma que solo podían arrastrar los cazadores... o los que ya no temían a la muerte.
El hombre no habló.
Solo caminó hasta el centro de la habitación. Luego se detuvo.
Rosie contuvo el aliento. No parpadeó. No se movió. Su cuerpo era piedra, pero su mente gritaba.
Entonces, como si siempre hubiera sabido dónde buscar, el intruso se agachó y miró debajo de la cama.
Sus ojos se encontraron.
Grises. Hundidos. Inhumanos.
Un destello dorado los cruzó como un relámpago.
—Sal —ordenó. Su voz era ronca, baja… pero cargada de algo antiguo. Algo que no aceptaba un “no” como respuesta.
Rosie no obedeció.
Quería correr, gritar, desaparecer. Pero su cuerpo no le respondía. El miedo era un ancla que la mantenía quieta.
El hombre suspiró, casi con fastidio. Se arrodilló. Estaba cubierto de barro, sucio, y su rostro mostraba cicatrices que hablaban de años de lucha. No tenía el porte de Kael, pero su presencia también llenaba el aire.
—No eres la única que huye —murmuró, más para sí que para ella—. Ni la única que sangra.
Rosie frunció el ceño. ¿Quién era ese hombre?
—¿Quién eres? —susurró.
Él extendió la mano, con lentitud.
—Alguien que también perdió su manada.
Algo se quebró dentro de Rosie. No sabía por qué, pero esas palabras le dolieron. Como si algo olvidado dentro de ella respondiera al eco de esa soledad compartida.
Salió despacio. No por valentía, sino por algo más primitivo. Instinto. Conexión.
—¿Por qué me seguiste?
—Porque escuché tu llanto. No es seguro para una loba como tú andar sola. Hay otros… peores que yo.
Un trueno rugió a lo lejos. Rosie tembló.
—¿Qué sabes de mí?
El hombre se puso de pie, la miró de arriba abajo como si pudiera verla por dentro.
—Lo suficiente para saber que no tienes idea de lo que llevas dentro.
Rosie retrocedió un paso, el estómago revuelto.
—¿Y qué es eso?
Él sonrió. No con ternura.
—Un monstruo… o una reina.
Despertó agitada. El pecho subía y bajaba con violencia. Sus ojos volaron hacia la puerta.
Estaba cerrada.
Se sentó en la cama, inspeccionando con la mirada toda la habitación. Nada. Ni botas, ni barro, ni cicatrices. Solo las frazadas aún calientes por su cuerpo. El silencio era tan absoluto que el goteo de la lluvia le parecía un tambor lejano.
—Una pesadilla —se dijo, pero no sonó convencida.
Las ganas de huir eran intensas. El impulso de escapar, de correr sin mirar atrás, latía bajo su piel.
Entonces, un ruido.
La cocina.
Rosie entreabrió la puerta con cautela. Se asomó.
Nada.
Oscuridad, vacío... y esa misma quietud que precede a una tormenta.
Volvió a correr a la cama, se arropó hasta la cabeza y cerró los ojos con fuerza. No podía escapar ahora. No en medio de la noche. No con esa oscuridad… y con Kael merodeando ahí fuera bajo la luz de la luna.
Porque el verdadero peligro no estaba en los sueños.
Estaba despierto.
Y tenía nombre.