CAPÍTULO CUATRO (EL JUEGO)

1659 Words
Ni siquiera sé por qué lo dejé avanzar. Sí, me parecía guapísimo, pero yo no lo quería y me había jurado que la siguiente vez que estuviese con alguien, iba a ser por amor. Cuando él quitó mi camisa, lo detuve agitada. —Lo siento, no puedo. Se tiró en la cama frustrado — ¿Entonces, ­por qué me dejaste avanzar, Ianthe? —No lo sé. —No sé ni siquiera cómo demonios voy a bajarme esta erección— dijo tapándose con una almohada. Me dio un poco de pena y gracia a la vez, así que, me reí un poco, él me miró con el ceño fruncido — ¿Qué te causa gracia? Negué, pero no dije nada. Él se abalanzó encima de mí y tomó mis manos por encima de mi cabeza —Eres mi esposa y debes cumplir con tus deberes— Casi me pongo a llorar cuando él empezó a reír. —Ves que estas situaciones no son graciosas, pues así me siento con mi erección— dijo bajando de mí y levantándose de la cama —Me voy, mi amigo y yo tenemos una cita. No supe ni qué decir, aún estaba aterrada por lo ocurrido, así que, me quedé inmóvil con la cabeza hecha un lío, de lo que sí estaba segura, era que su jueguito, no me había gustado nada. A veces, para no decir todo el tiempo, no entendía a Dioniso ¡joder! es que él era tan extraño. Era más que evidente que me ocultaba un millón de cosas y siendo sincera, él era tan oscuro, que no quería saberlas. Creo que su pasatiempo era confundirme, porque lo veía disfrutarlo cada vez que pasaba algo. Otra situación "incómoda" como eso del beso, no había vuelto a pasar, por fortuna. En cuanto a mis frustraciones por el trabajo, mi padre, ni contestó a mis llamadas ni mucho menos accedió a verme. Un día, estuve esperándolo toda la jodida mañana y solo hizo como si no me conociera. Fue frustrante, humillante y más que eso, me dolió muchísimo. Llegué a casa hecha un mar de lágrimas, fue extraño encontrar a Dioniso ahí. Me miró aterrado, como si no supiera qué hacer, como si ver a alguien llorar, no fuera algo normal, aunque él ya me había visto llorar antes, está vez, no lo sé, fue diferente para él. Se acercó a mí y me abrazó preocupado preguntándome un millón de veces y con paciencia qué era lo que me pasaba. Creo que si hablaba, me iba a derrumbar peor, así que solo negué con la cabeza y me oculté en su pecho, mientras me dolía el alma. Esa tarde, Dioniso fue paciente y cariñoso conmigo, creo que fue la primera vez que tuvo empatía conmigo. Me quedé dormida en el sofá, abrazada a él, después de llorar muchísimo tiempo. Cuando me desperté, ya había oscurecido, lo supe por la escaza luz que entraba por uno de los ventanales del salón, cosa que evidentemente me confirmaba que habían pasado horas. Él seguía en el mismo lugar sin moverse, cómo inmóvil para no despertarme. Lo miré fijamente y le sonreí —Gracias— dije sin más. — ¿Cómo te encuentras? —Ya estoy bien. No te preocupes. Negó —Yo siempre me voy a preocupar por ti. Eso grábatelo en esa cabecita. Lo volví a abrazar y él acarició mi espalda. Esa noche, él estuvo muy atento. Diría que esa noche, cambiaron las cosas, pero qué sabía yo exactamente. No sé ni cómo llegamos a dormir juntos, pero extrañamente, me sentí cómoda, ni yo me entendía. Que equivocada había estado con mi pensamiento de que las cosas serían distintas desde ese día. Pero al contrario, fueron peor, el siguiente día, lo esperé emocionada, pero él llegó tarde y de mal humor, ni él se soportaba, fue la primera vez que discutimos y ni siquiera sé por qué, él solo gritaba y yo no entendía absolutamente nada. Llegado un determinado momento, solo dejé de escucharlo y creo que se dio cuenta porque se dio la vuelta y me dejó sola y confundida. ¡Carajos! dicen que las mujeres somos las complicadas, pero definitivamente los hombres también. Me quedé un rato pensativa y debatiéndome si subía e intentaba hablar con él, pero tenía miedo. No sé por qué, pero algo me gritaba "peligro". Pero como yo, el noventa por ciento de las veces, no le hacía caso a ese “algo”, subí las escaleras con paso firme y me planté en la puerta de su habitación, dando pequeños toquecitos, los cuales era obvio que no fueron ni iban a ser respondidos. Así que, como lo terca que era, pasé sin invitación alguna. Él recién salía de la ducha. Las gotas de agua, resbalaban por su torso perfectamente tallado y yo no pude evitar fijar la mirada en su abdomen. Podías contar seis cuadros enormes ¡joder seis! Ligeramente, mi boca se abrió en señal de asombro y mi vista siguió fija en su cuerpo. Lo escuché carraspear haciendo que lo miraba a la cara. —Sí, Ianthe, mi cara está aquí. Creo que me sonrojé extremadamente, porque él empezó a reír. Fue vergonzoso. Quise huir, pero cuando lo intenté, él sostuvo mi mano deteniéndome. — ¿Pasó algo? Negué —Solo quería saber cómo estabas, el otro día no me dejaste sola y yo… de alguna manera quería retribuirte. — ¿Retribuirme qué? —Hablar contigo, ver cómo estabas— dije encogiéndome de hombros. — ¿Y eso lo pensabas hacer cómo? ¿Metiéndote a mi habitación mientras estoy desnudo? Iba a defenderme y a explicarle, que las cosas no eran así, pero me cortó. —Si es eso que pienso, estoy dispuesto. Lo miré con el ceño fruncido y él me atrajo hacia su pecho para besarme. No sé qué demonios tenía, pero con un simple beso, las piernas me temblaban. — ¿Estás nerviosa Ianthe? — preguntó cortando el beso y mirándome con media sonrisa. Asentí — ¿Por qué? Si estás con tu esposo. No me digas que tú… Negué —Eres más de lo que pensé, eso es todo— dije sonrojada. Sonrió en mi boca —Estas vez, no pienso detenerme ¿Lo entiendes no? Asentí, porque en ese momento, yo también lo quería. Pero me acobardé como la vez anterior. Él lo notó y negó. —Ni se te ocurra. Ya estabas advertida y aún así aceptaste. — ¿Y qué vas a hacer, obligarme? — pregunte literalmente retándolo. Sonrió y negó —Algo peor— dijo apartándose de mí y señalándome la puerta para que me fuera. Me quedé inmóvil un par de segundos, en los que terminaba de reaccionar y él se quitó la toalla, creo que me sonrojé porque inmediatamente empezó a reír. —Dices que no, pero así solo se sonroja una virgen. —Eres un idiota— dije saliendo de la habitación con paso firme y él siguió riendo. Me quedé confundida con sus palabras "algo peor" definitivamente, me daba un poco de miedo. No fue hasta el siguiente día, que descubrí de qué se trataban sus palabras cuando entró en calzoncillos y sin permiso a mi habitación, con una excusa estúpida sobre trabajo. Aparté la mirada de él, porque era evidente que me gustaba ¡por dios! el hombre era un jodido dios. Pero eso, él no iba a saberlo. Así que, me hice la difícil, porque él no iba a lograr lo que buscaba y eso era provocarme. Por dios, suponía que él tenía a todas las mujeres del mundo a sus pies y aunque yo era su esposa, esto no era más que un contrato, así que, él podía irse y acostarse con cualquiera. Él me gustaba, sí, pero no había sentimientos involucrados y eso lo hacía más sencillo todo. Cuando se fue, después de que yo ni lo mirara, me reí mucho. Definitivamente Dioniso era un idiota. Pero un idiota muy guapo. — ¿Puedo preguntarte algo? — dijo mientras desayunábamos. Asentí y él me miró fijamente — ¿Quisieras trabajar en mi empresa? Su pregunta me tomó por completa sorpresa, porque no me lo esperé. Esta, definitivamente, era la propuesta que yo había esperado de mi padre y él me la estaba dando. — ¿Dices, trabajar para ti? —Técnicamente, sería tu jefe, pero tú serías la jefa de tu departamento, solo nos tendríamos que ver en reuniones importantes a las que tengas que asistir, que por lo general, son a fin de mes, así que, no me tendrás que ver mucho— dijo quedándose en silencio y segundos después sonrió —A menos que quieras, claro. —No podría dejar de verte ni aunque quisiera— dije y lo vi sonreír con picardía, así que mi misión, era borrar esa estúpida sonrisa —Porque vivimos juntos, aclaro. Negó sonriente, estaba orgulloso de mi respuesta, no lo sé. Fue extraño. — ¿Entonces, qué dices? —Acepto— dije tendiéndole la mano para cerrar el trato. Él la tomó y la miró frunciendo el ceño. — ¿Dónde están tus anillos? Me miré la mano confundida y era cierto, no los llevaba. A veces me los sacaba porque me molestaban, no estaba acostumbrada a ellos, así que me encogí de hombros —Olvidé ponérmelos en la mañana. — ¿Te los quitas? Asentí —Aún no me acostumbro a ellos, me molestan. —Recuerda no salir de casa sin ellos. — ¿Por qué? —Solo no salgas sin ellos, Ianthe. Suspiré y asentí — ¿Cuándo empiezo? —Mañana mismo. Sonreí emocionada y aunque no era lo que yo soñaba, era una oportunidad para mí, una recién graduada sin experiencia alguna. Cuando terminó de comer, se levantó y se acercó a mí para despedirse, pensé que era un simple beso en la mejilla, pero tomó mi cara con una de sus manos y me besó.
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