Las lágrimas salieron de mis ojos, como cual cascada durante una lluvia. Me dolía tanto el alma. Yo quería a Dioniso, lo quería muchísimo y me dolía tanto dejarlo ir, dejarlo solo con sus demonios. Pero no podía perdonarlo, cada vez que lo intentaba, los recuerdos de ese día me invadían. Llegué al aeropuerto, hecha un mar de lágrimas. Apagué el teléfono y lo tiré por la ventanilla, deshaciéndome de él y de todo aquello, que pudiese hacer que Dioniso diera conmigo. Le pedí al taxista que me esperara un rato, mientras me calmaba y él obedeció acompañándome en mi silencio. —Sé que las despedidas son difíciles, señorita, pero piense que todo tiene una razón de ser y que, tal vez, esto es para mejor— dijo cuando me entregó mis maletas. Le pagué y asentí agradeciéndole todo. Él tenía razón, to

