RUBÍ
6 días atrás.
– Son las 8 y todavía no hay anuncio de la llegada del avión.
– …Oye guapa, tranquila. Todo estará bien, siéntate o te cansarás.
Sí, estaba justo en el aeropuerto esperando la llegada de Catalina. Hice justo lo que ella dijo que no hiciera porque justamente no confiaba en enviar a algún guerrero para recogerla, o peor aún, que ella sola fuera a la mansión de Caesar. Decir que estaba nerviosa era un eufemismo porque en realidad estaba aterrada. Mi mente se repartía entre la preocupación porque Damián despertara y no me viera a su lado y la ansiedad por que Cata descubriera todo.
La noche anterior tuve que salir terminando de hablar con Cata y pedir hablar con Caesar, que al fin y al cabo era el dueño de la casa y líder del grupo. Me dio algo de vergüenza tener que levantarlo a esas horas, pero él fue un caballero en todo momento y muy amable cuando le conté la situación, por supuesto tuvo que despertar a los guerreros que estaban en la mansión. Estaba nerviosa, pero felizmente estuvieron dispuestos a que Catalina se alojara por unos días en la mansión siempre y cuando alguien estuviera vigilando y protegiéndola porque, según Caesar, Cronos podría usar a Catalina como un boleto de cambio para aprovecharse de la situación y a la vez lastimarla de alguna manera. Yo estuve de acuerdo en todo eso.
Entonces estaba aquí con un relajado y divertido Adrián que miraba cómo la ansiedad me carcomía y miraba ansiosamente la pantalla que indicaría la llegada de Catalina. A las 8:10 de la mañana la pantalla al fin sentenció el pico más alto de mi nerviosismo. Unos minutos más y al fin, la silueta de mi amiga de toda la vida se hizo notar, por un lado, la sensación de que ella estaría en peligro si nuestros enemigos se enteraban de su existencia me preocupaba, pero la emoción de ver a mi amiga después de tanto tiempo sin verla lo encapsuló todo. Lágrimas de alegría empañaron mis ojos y, cuando ella me vio, sonrió y abrió los brazos para recibirme. Yo estuve dispuesta a correr a ella y abrazarla.
– Cata…
Gemí entre sollozos aferrándome a su abrazo como un salvavidas. No sabía que necesitaba tanto a mi amiga hasta que la vi en carne y hueso. Mi amiga, mi hermana elegida estaba aquí apoyándome, aunque le ocultara ciertas cosas, aunque no dijera mis tormentos y problemas, ella compró un vuelo y vino a verme y entonces me sentí agradecida.
– Sí, cariño. Estoy aquí.
Después de lo que pensé que fueron los minutos más catárticos de toda mi vida, me separé de su abrazo y como siempre, Catalina no perdió tiempo para burlarse de mí.
– Sabía que me extrañabas, pero no pensé que me extrañaras tanto. Tsk, tsk, mira lo roja que estas, llorando como una niña pequeña.
Me limpié los ojos y al fin me tomé mi tiempo para ver cuánto había cambiado mi amiga de toda la vida. Su cabello rubio ahora era largo y estaba atado a un moño desordenado arriba de su cabeza, su piel blanca seguía luciendo igual de hermosa que siempre, sus ojos azules seguían mirando con la misma confianza de siempre, esos labios rojos con una sonrisa. Catalina era una mujer muy hermosa, tenía el mismo cuerpo que yo, pero contrario a mi inseguridad infantil, ella siempre exsudaba confianza y seguridad, no le importaba su físico y creo que era debido a eso que muchos chicos la admiraban y le pedían salir a pesar de no ser su tipo de chica. Incluso ahora que estaba vestida con un pantalón holgado y una polera negra hacia voltear miradas de algunos chicos que pasaban por ahí.
– Guapa, ¿terminaste de saludar a tu amiga? ¿Por qué no me presentas?
Correcto, había olvidado que un guerrero estaba atrás mío observándome con diversión y no era cualquier guerrero, era el guerrero más coqueto de todos. Solté un bufido y casi me rio al ver el ceño fruncido de una muy confundida Catalina. Ella sabía que a mí no me gustaban esos términos cariñosos, pero era Adrián. No podías estar enojada con Adrián, quien era un coqueto natural. Si bien daba piropos a todas las mujeres, no lo hacía con segundas intenciones, respetaba a todas las mujeres. En las pocas interacciones que lo vi hablar con Nora y conmigo, siempre sonreía coqueto, lanzaba piropos, pero nunca avanzaba más allá o nos incomodaba, siempre respetaba nuestro espacio.
– Cata, no lo tomes en cuenta. Es coqueto, pero es buen muchacho, inofensivo la mayor parte del tiempo. Como sea, Cata, este es Adrián, mi seguridad del día. Adrián, ella es mi amiga Catalina, no te recomiendo coquetear con ella si no quieres recibir una humillación verbal.
Adrián soltó una risa divertida y extendió la mano para que mi amiga la tomara.
– Un gusto, princesa. Hoy yo seré su conductor y guía.
Catalina levantó una ceja, para nada sorprendida por sus palabras. Extendió su mano y la tomó con dudas, pero tan pronto como hizo aquello, la soltó.
– Lo mismo.
Adrián no se inmutó y mantuvo esa sonrisa divertida.
– Bueno, ¿Me permite su equipaje, princesa? Guiaré a las dos señoritas al auto.
Catalina bufó, pero supe que encontraba divertido a mi acompañante por la pequeña sonrisa que se formó en sus labios. Bien, las cosas iban bien. Me relajé cuando mi amiga le dio sus maletas y luego tomó mi brazo. Comenzamos a caminar hacia las afueras del aeropuerto, esperaba que todo fuera tan bien como ahora.
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– Que…interesante.
– Sí, ¿verdad?
Sonreí nerviosa mientras ingresábamos a la mansión. Catalina miraba con ojos de halcón todo el camino hasta aquí. Cada movimiento del personal, cada palabra de Adrián explicando los años de antigüedad de cada cuadro y vasija, incluso me atrevía a decir que examinó hasta el jardín y las rosas en él. Después de la explicación del que era mi seguridad, pero más bien parecía un agente inmobiliario o guía turístico, Adrián se detuvo en el centro de la entrada a la mansión y nos miró a ambas, tomándose más tiempo en mi amiga.