DAMIÁN
– …pido!
¿Qué era eso? Era la voz de un hombre, ¿Por qué no me dejan descansar?
– …erdas tiempo! ¡Se están muriendo!
¿Quién se estaba muriendo? Quería moverme, abrir los ojos.
– Es mejor que descanses. Debes recuperar tu energía.
¿Mi energía? ¿Por qué necesitaba descansar? Quería preguntar, pero el abrupto cansancio llegó a mí. nuevamente la oscuridad me llevó.
------------------------------------------------------------
Todo era soledad, me encontraba en medio de la nada, en medio de la oscuridad, todo era solitario. Caminé por mucho tiempo, hasta que llegué a un río.
– Es usted, maestro.
Ante mí una balsa con un hombre anciano en él me esperaba. Era Caronte, el famoso barquero del rio Estige que transportaba a los muertos al inframundo. Subí a la balsa y tan pronto me senté, la balsa se movió lentamente. Caronte no tuvo la necesidad de mover el remo que tenía en sus manos de forma vertical, tan solo se quedó de pie en un extremo de la balsa mirando hacia el inframundo.
Por un momento ninguno de los dos dijo nada.
– Maestro, ¿Todo fue bien?
Solté un suspiro cansado, al recordar la situación que tuve que vivir en el Olimpo, probablemente tendría un dolor de cabeza por el estrés.
– Sí, en lo que cabe. Ya me esperaba que mis hermanos no me apoyaran, pero esto…Tuve que tomar medidas drásticas.
– Eso quiere decir…
– Quiero que después de llevarme avises a todos. La entrada de dioses y humanos vivos a mi territorio está prohibida. Ya puse un hechizo en la entrada, pero por seguridad pondremos a Cerberos en la entrada como perro guardián que impedirá la entrada de los vivos y dioses, y también impedirá la salida de los muertos. Si alguna deidad deseara entrar al inframundo primero necesita tener una audiencia conmigo.
Caronte guardó silencio por todo lo que quedaba de camino. Mi mirada recorrió todo rio que recorría bajo nosotros, un rio donde las almas que no eran capaces de pagar el precio de transporte y quería ingresar para poder ir al inframundo, se perdían, se ahogaban una y otra vez pidiendo ayuda, gritaban y sollozaban pidiendo clemencia. Luego subí mi mirada hacia el cielo, oscuro como siempre, cubierto con espesas nubes que anunciaban una lluvia fuerte. La lluvia aquí no era agua, era agua ácida que causaba dolor a las almas que eran castigadas en las diferentes zonas del inframundo, ese era un bono por sus pecados.
– Llegamos, maestro.
Bajé la mirada y Caronte tenía razón, la balsa estaba quieta en la orilla de mi castillo. Un edificio que yo mismo construí, un amplio palacio propio de un rey, con varias habitaciones, con muchos espacios…solo para mí. Un alma solitaria que no tenía nada, que no tenía a nadie con quien compartirla. Me puse de pie y bajé de la balsa.
– ¿Maestro?
Giré mi cuerpo para ver a Caronte, el anciano vestido de una túnica que cubría casi todo su cuerpo, incluso su cabeza estaba cubierta parcialmente con una gran capucha y solo su rostro se mostraba, un rostro lleno de cansancio y arrugas. Era una deidad que parecía ser un anciano débil, pero él mismo sabía que no debía subestimarlo.
– Dime, Caronte.
– Me alegra.
– ¿Qué te alegra?
– Cuando usted vino aquí, lo hizo con mucho pesar. Su mirada estaba llena de tristeza, dolor y traición. Hoy, su mirada está llena de algo más, me alegra que ya no se deje pisotear por nadie. Ha mostrado que el silencio no es debilidad.
Miré a Caronte. Nunca antes había hablado mucho conmigo, así que ahora oírle hablar tanto en tan poco tiempo me sorprendió. No dije más, solo volví a mi camino. Mientras me dirigía a mi castillo pensé en las palabras de Caronte “el silencio no es debilidad”
Sí, había sido silencioso toda mi vida. Desde que nací fui engullido por mi padre y mi vida fue oscuridad completa, me acostumbré a eso, al silencio, a las sombras, hasta que aparecieron mis otros hermanos. Sí, yo fue el primer dios varón en nacer y si bien Hestia nació antes que yo, nunca pude tener una verdadera conexión con ella, por más que lo intentáramos. Siguió siendo así incluso cuando los demás vinieron. Luego, cuando logramos salir era lo mismo, lo intenté, intenté ser tan elocuente como Zeus, tan extrovertido como Poseidón, incluso intenté imitar la amabilidad de Hestia, pero fue imposible, yo solo era el lúgubre Hades, el hermano que siempre callaba, al que siempre ponían al último, en quien siempre pensaban al final. Eso para mí estaba bien, era el hermano mayor después de todo, debía ceder en algunas cosas. Haciendo eso pensé que tal vez podría tener algo de calidez, algo de amor por parte de mis hermanos y hermanas, pero no funcionó.
No solo no me dieron esa calidez, sino que me engañaron y traicionaron haciendo que mi vida esté ligada a un mundo oscuro, a un mundo donde la vida no existía, donde solo había desolación y soledad. El dolor familiar volvió, aunque no fue tan fuerte como la primera vez aun estaba tan presente en su memoria.
– El silencio no significa debilidad…Sí, es mejor no pensar en cosas inútiles y seguir adelante.
------------------------------------------------------------
– Vaya, qué sorpresa verlos aquí, hermanos.
La verdad no esperaba que Poseidón y Zeus pidieran una audiencia para que los atendiera personalmente. Cuando dictaminó mis propias reglas sobre mi territorio no esperaba que ellos siguieran mis palabras.
Ahora ellos se encontraban mirándome desde abajo, yo estaba en mi trono, más arriba que ellos. Al verlos así tuve una sensación de nerviosismo, siempre fui yo el que los miraba desde abajo o desde atrás, siempre sintiéndome menos, pero ahora fue diferente. Controlé mis ganas de querer ponerme de pie e ir a ponerme a la altura de mis hermanos. No, ahora yo era el que ponía las reglas.
Guardé mis sentimientos encontrados para mí mismo, mostrando el vacío en mi rostro como siempre. Apoyé mi codo en el reposabrazos y mi mano en mi mejilla, mi mirada aburrida no dejaba de observar a esos dos dioses que por primera vez mostraban incomodidad.
– Hades, ven, conversemos un poco.
– Lo siento, rey Zeus. Pero la familia y las audiencias políticas son cosas totalmente diferentes, ya deberías saberlo.
Zeus y Poseidón se tensaron. Poseidón soltó una risa nerviosa en un intento por tratar de aliviar ese ambiente tenso.
– Vamos, hermano. No digas eso, somos hermanos ¿No? No debe haber formalidades entre familia ¿cierto?
– El relajado Poseidón, como siempre intentando tomarlo todo a la broma y nunca nada en serio. ¿También debería tomar a broma el hecho que me traicionaran y me amarraran aquí?
Poseidón guardó silencio, la sonrisa socarrona que siempre estaba pegada a su rostro se deshizo.
– Yo, yo…
– Hades, disculpa a Poseidón. ¿Quieres hablar formalmente? Lo haremos como desees.
– De acuerdo, díganme qué los trae por aquí. He escuchado de Caronte que pidieron una audiencia hace días alegando un tema de urgencia.
– Queremos que permitas el pase de dioses a inframundo.
– …Mh, creo que dejé claro que no permitiré que ningún dios que no viva en mi reino tiene permitido entrar, así que debo preguntarles la razón de esa petición.
– Los mortales que llegan a su fin deben ser guiados ¿no? Podemos hacer una especie de tratado y llegar a un acuerdo.
– De eso se ocupa Tánatos, no necesito a nadie más que me ayude.
– Tánatos es solo un dios, ¿no se sentirá muy cansado por tantas muertes? Tener que inducir a los mortales a la muerte y luego tener que guiarlas ¿No sería mucho trabajo?
Quedé en silencio por unos segundos. Era cierto que el trabajo de Tánatos era muy duro, todos los días tenía que ir según la orden de las Moiras e inducir a la muerte de los mortales y luego guiarlos hasta el inframundo donde Caronte los tenía que transportarlos siempre y cuando pagaran el precio. Ante mi silencio. Zeus vio un agujero de oportunidad y no lo desaprovechó.
– Hades, piénsalo bien. Podemos mandar a algunos dioses que guiarán a las almas de los mortales y entonces-
– Solo uno.
– ¿Qué?
– No habrá “algunos dioses”, solo será un dios.
– Pero-
– No me provoques más. Creo que he sido muy benevolente al permitir que un dios sea el ayudante del inframundo. Será un solo dios, supongo que tendrás algunos prospectos al venir aquí. Yo elegiré a uno. Con eso creo que terminamos el asunto. Necesito que se vayan, tengo otras cosas que atender.
– Hermano, tal vez podamos ir todos juntos y pasar el rato, ya sabes, como antes.
– Quiero dejar claro algo, nuestra única relación ahora es meramente política, ustedes mismos lo quisieron así cuando me traicionaron. No pretendan ser buenos conmigo a estas alturas del partido. Ahora váyanse.
Después de decir todo aquello, miro los rostros de mis hermanos estupefactos, tan incrédulos, tan fuera de lugar, como si fuera la primera vez que les decían que no y así era. Era la primera vez que les decían que no a algo sin tomar represalias por eso, pero ahora no me importaba. En mi mente quedaron grabadas esas expresiones mientras la oscuridad nuevamente me consumía.