
> Esto es lo que pasa con las pesadillas: no se diferencian de la realidad o la fantasía, porque incluso conscientes, se sienten reales.
> Por eso, en cuanto su nombre escapa de mi boca, no me importa si he despertado o sigo dormida.
> Me he acostumbrado a verlo cada noche, a verlo desaparecer. No es un tormento; es el recordatorio constante del único fallo en mi estructura. Nick no era la excepción a mi regla: era una herramienta más, pero la única diseñada para mantener encadenado al monstruo que solo mis víctimas conocen.
> Por eso esto no se siente real. Aunque sus ojos me observen en este plano, sé que es solo una sombra alejándose en la oscuridad. Y si grito su nombre, no es por auxilio ni por dolor; es para reclamar el control que perdí cuando lo dejé ir.
> Toca una parte que creía bajo mi dominio.
> Es un ejercicio metódico recordar cada proceso del sueño y saber que lo veré de nuevo, solo para que se disuelva ante mí.
> Me sostiene la mirada con su pecho subiendo y bajando, da dos pasos hacia mí pero no avanza. Me libero con facilidad de las manos que intentan sujetarme y me acerco a él, aunque sé cómo termina la secuencia: la oscuridad lo engullirá y despertaré en algún cuarto vacío. No necesito que nadie me abrace; la soledad es mi estado natural.
> Yo orquesté su final, provocé su muerte y no me arrepiento de nada. Nick era el límite de mi propia naturaleza... y ahora que no está, no queda nadie que me contenga.

