Él levanta la mano, silenciándome. Me río divertida, me pongo de pie y recuerdo que dejé la cafetera apagada con mi café caliente. Voy hacia la cafetera y la enciendo para que se caliente la base. De pronto, cuando estoy sirviéndome el café que ya está listo, escucho un golpeteo en la puerta. Supongo que es Emmanuel. Cuando abro, él dice: — Hola, ¿cómo estás? Te traje un desayuno ¿Puedo… pasar? Pregunta con amabilidad y pronto su sonrisa se borra al ver al hombre que está dentro de mi casa. Seguramente estará pensando cualquier cosa, aunque quizás sea bueno. — Lo lamento no sabía que… ¿tienes visitas? —pregunta Emmanuel, yo me acerco a él. —Pues si, ¿acaso soy invisible? – comenta el autor. — Sí, el de la portada —susurro mientras asiento. Comienzo a empujarlo discretamente y añado—:

