CAPITULO 1
**ELARA**
Correr con tacones sobre el pavimento adoquinado de Edimburgo debería considerarse un deporte de riesgo, especialmente cuando el cielo ha decidido desplomarse sobre tu cabeza y los pulmones arden como si hubieras tragado brasas. El vestido de seda, antaño una joya del armario de mi madre, ahora se adhería a mi piel como una envoltura fría y traicionera.
—¡Elara! ¡Vuelve aquí, maldita malagradecida! —el grito de mi tío Silas rebotó en los muros de piedra de la callejuela, compitiendo con el fragor de los truenos.
No miré atrás. Sabía perfectamente lo que vería: su rostro encendido por el alcohol y la codicia. Mis parientes no se habían compadecido de mí cuando mis padres fallecieron, dejando solo deudas y un apellido en la quiebra; simplemente aguardaron a que cumpliera la edad suficiente para convertirme en una pieza de intercambio. Y esta noche, el postor finalmente había puesto el fajo de billetes sobre la mesa.
“Antes muerta que vendida a ese viejo decrépito”, pensé, mientras mis pies patinaban en un charco.
La lluvia me cegaba. Necesitaba un taxi, un autobús, un portal dimensional… cualquier vía que me alejara de la crueldad disfrazada de tutela familiar. Al doblar la esquina de George Street, mis ojos captaron un destello metálico entre la bruma. Un vehículo de color azabache, imponente y costoso, aguardaba junto a la acera. Lo más increíble no era su presencia, sino que la puerta trasera estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de luz cálida desde el habitáculo.
Fue un acto de fe o de pura desesperación.
Me lancé hacia el interior del coche, derrapando sobre la tapicería de cuero fino. El aroma me golpeó de inmediato: madera de sándalo, whisky caro y algo que solo podía describir como “poder”.
—¡Rápido, conduzca! —grité sin aliento, encogiéndome en el asiento mientras cerraba la portezuela de un golpe—. ¡Por favor, arranque ya! ¡Me vienen siguiendo!
El silencio que siguió fue más pesado que la propia tormenta. No hubo respuesta del conductor, ni el sonido de un motor poniéndose en marcha. Lentamente, me atreví a levantar la vista de mis manos temblorosas y me topé con una presencia que me heló la sangre de una forma muy distinta al clima.
Sentado a mi lado, envuelto en las sombras de la parte posterior, se encontraba un hombre.
Su perfil era una colección de ángulos rectos y severos. Vestía un traje de corte impecable, oscuro como su mirada, y sostenía un vaso de cristal tallado en una mano que parecía capaz de doblegar el mundo si se lo proponía. No se movió. Ni siquiera parpadeó. Su ruda elegancia emanaba una hostilidad gélida que colmaba cada milímetro de la cabina.
—¿Quién es usted? —su voz fue un barítono bajo, áspero y carente de cualquier rastro de amabilidad— y ¿por qué cree que mi tiempo, o mi vehículo, le pertenecen?
Me quedé petrificada. Sus ojos, profundos y herméticos, me recorrían con una mezcla de fastidio y una intensidad que provocó que un escalofrío eléctrico me surcara la columna. A pesar del pánico, mi instinto de supervivencia (y mi lengua larga) se activaron.
—Soy una mujer que no quiere ser subastada al mejor postor —respondí, intentando que mi voz no flaqueara—. Y usted es el dueño de un coche con la puerta abierta en el momento más oportuno de la historia. Así que, a menos que quiera limpiar mi sangre de sus alfombras de lujo si mis tíos me alcanzan, le sugiero que le ordene a su chofer que pise el acelerador.
Alistair MacTier dejó el vaso sobre el soporte de madera noble con una lentitud exasperante. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que pude sentir el calor de su aliento. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Había algo magnético en su mirada, una fuerza gravitatoria que me atraía a pesar de su evidente frialdad. Era como mirar directamente al centro de un agujero n***o: peligroso, sombrío y absolutamente fascinante.
—No me gustan las intrusiones —murmuró él, sus ojos clavados en mis labios húmedos por la lluvia—. Y mucho menos las que traen drama a mi propiedad.
El aire dentro del coche me asfixiaba casi tanto como la hipocresía de la gala que acababa de abandonar. Había soportado dos horas de sonrisas falsas, negociaciones de sangre y perfumes caros antes de que la náusea se volviera insoportable. No era solo el licor; era esa sensación de pesadez en mis párpados, un zumbido eléctrico recorriendo mis venas que no pertenecía al whisky de malta.
“Me han dado algo”, reflexioné, apretando los dientes mientras cerraba los ojos en la penumbra del transporte. “Algún idiota ha intentado quebrar mi voluntad con algo más que palabras”.
La traición siempre tenía un sabor amargo, pero en mi estado, la rabia era lo único que me mantenía anclado a la realidad. Estaba flotando en un limbo de entumecimiento y agudeza sensorial. Por eso, cuando la puerta se abrió de súbito y un torbellino de lluvia y angustia se estrelló contra el asiento a mi lado, mi primer impulso no fue el recelo, sino una curiosidad salvaje y alterada.
—¡Rápido, conduzca! —la orden de la intrusa fue un látigo de urgencia.
Abrí los ojos y me encontré con una visión que parecía extraída de mis propios delirios. Estaba empapada, temblando, y sin embargo, su expresión no era la de una víctima sumisa. Había una chispa de fuego en sus pupilas, una resistencia que cortaba la niebla de mi mente.
—¿Quién es usted…? —mi propia voz me sonó extraña, ruda y más grave de lo habitual.
Mientras ella hablaba de subastas y parientes crueles, mi cerebro, entorpecido por la sustancia que recorría mi torrente, se enfocó en detalles irrelevantes. El modo en que una gota de agua descendía por su cuello, la curva de sus labios vibrando por el frío, y ese aroma a jazmín mojado que estaba aniquilando el olor a cuero de mi coche.
Me incliné hacia ella, no por cortesía, sino porque necesitaba confirmar que era real. El calor que emanaba de su cuerpo era una provocación contra mi propia indiferencia. Por un instante, el deseo de arrojarla a la calle luchó contra un impulso primario de bloquear las cerraduras y no permitir que se marchara jamás.
“Es una complicación”, me advirtió una parte de mi juicio que aún funcionaba. “Una huérfana en apuros es lo último que un hombre como tú requiere”.
Pero sus labios estaban demasiado cerca. Su desafío me estaba sacando de ese sopor inducido, devolviéndome una vitalidad violenta. Mi mano, actuando con una voluntad propia, se movió hacia el panel de control. Mis dedos rozaron los suyos por accidente —o quizás no— y el contacto se sintió como una descarga que me quemó hasta la punta de los dedos.
—Douglas —dije, golpeando el cristal que me separaba del conductor con un nudillo pesado—. Arranca. Ahora.
El motor rugió bajo nosotros y el coche se incorporó al tráfico de Edimburgo con una elegancia depredadora. Me recosté contra el respaldo, observando cómo ella se relajaba apenas un milímetro, aunque sus ojos seguían fijos en mí, buscándome en las sombras.
—Has entrado en el refugio equivocado, pequeña ladrona de viajes —murmuré, sintiendo cómo el efecto de la droga me hacía arrastrar las sílabas con una peligrosidad seductora—. Ahora que las puertas están cerradas, el precio de este trayecto acaba de subir.
El movimiento del vehículo, sumado a la lluvia que golpeaba los cristales, creó una burbuja de aislamiento peligroso. El aire se volvió denso, cargado de un magnetismo que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Observé a Alistair; su respiración se había vuelto errática, fatigada, y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el vaso vacío.
De pronto, su mano se disparó hacia delante como una garra. Sus dedos, largos y fuertes, se cerraron alrededor de mi antebrazo con una presión que me arrancó un jadeo.
—Ayúdame —gruñó. No era una petición; era una orden desesperada que nacía de lo más profundo de su pecho.
Fue entonces cuando lo comprendí. Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi habían devorado el azul de su iris, y un sudor fino brillaba en su frente a pesar del aire acondicionado. No estaba solo ebrio; estaba bajo el efecto de algo que lo estaba consumiendo por dentro.
—Señor… usted no está bien. Suélteme, me está lastimando —dije, intentando zafarme, pero su agarre era inamovible. Mi corazón martilleaba contra mis costillas—. ¡Douglas, detenga el coche! ¡Su jefe necesita un médico!
—No… no te vayas —murmuró él, ignorando mis gritos. Su ruda elegancia se había transformado en una necesidad primitiva.
Antes de que pudiera reaccionar, su otra mano subió con una rapidez felina, enredándose en mi cabello húmedo y sujetándome por la nuca. Me atrajo hacia él con una fuerza contenida, obligándome a mirar el abismo de sus ojos antes de que sus labios se estrellaran contra los míos.