**ELARA**
El beso fue un incendio forestal. Fue rudo, dominante y desesperado, con un sabor a whisky y a una urgencia que me dejó sin aliento. Al principio, puse mis manos sobre su pecho, empujando con todas mis fuerzas, luchando contra la invasión de su lengua y el calor asfixiante de su cuerpo. “No es él, es la droga”, me repetía mi mente en un grito silencioso.
Pero entonces, algo en mi interior se traicionó. Quizás fue el miedo acumulado de la noche o la soledad de años, pero por un segundo eterno, mis dedos se cerraron en la solapa de su saco y me doblegué ante la intensidad de su fuego. El mundo exterior —mis tíos, las deudas, la lluvia— desapareció bajo la presión de sus labios.
Elara Stirling, la chica que nunca se rendía, estaba perdiendo la batalla contra un extraño.
Fue el roce de su mano subiendo por mi muslo lo que me devolvió la cordura de golpe. El pánico regresó, más fuerte que la atracción. Con una fuerza nacida de la pura adrenalina, puse mis palmas contra sus hombros y lo empujé hacia atrás. Él, aturdido y debilitado por la sustancia, cayó pesadamente contra el respaldo del asiento, mirándome con una confusión salvaje.
—¡Pare el coche! —le grité al conductor, golpeando el cristal divisorio con desesperación—. ¡Dije que pare ahora mismo!
El vehículo chirrió al detenerse bruscamente cerca de un callejón oscuro. No esperé a que Douglas bajara. Tiré de la manija, abrí la puerta y me lancé de nuevo a la lluvia, con los labios ardiendo y el alma en un hilo.
Corrí sin mirar atrás, con el sabor de Alistair MacTier marcado a fuego en mi boca y el terror de que, si me quedaba un segundo más, no habría querido escapar nunca de ese mausoleo de cuero y sombras.
El agua escurría por mi frente, mezclándose con las lágrimas de pura rabia que no me permití soltar mientras corría. Elara Stirling no lloraba; ella sobrevivía. Al llegar a la casa de mis tíos, una edificación de piedra gris que siempre me había parecido una prisión con cortinas de encaje, no entré por la puerta principal. Me arrastré entre los arbustos del jardín, ocultándome en las sombras proyectadas por los setos empapados, hasta alcanzar la ventana lateral del salón.
Me pegué a la pared, con el corazón golpeando mi pecho como un animal enjaulado. Me asomé apenas lo suficiente para ver el interior.
La escena era peor de lo que había imaginado. Mi tío Silas caminaba de un lado a otro, gesticulando con violencia, mientras su rostro tenía un tono púrpura que delataba su furia. Mi tía, sentada en el sofá, se retorcía las manos, pero no por preocupación hacia mí, sino por el miedo a perder su posición.
—¡Esa estúpida mocosa nos va a arruinar! —el grito de Silas atravesó el cristal—. ¡Lord Henderson está esperando en el estudio y no aceptará una disculpa! ¡Ese dinero ya está gastado en las deudas del casino!
—¡Búscala de nuevo! —chilló mi tía—. Si no la traes esta noche, Henderson nos quitará la casa. ¡Dijo que si no era ella, seríamos nosotros quienes terminaríamos en la calle!
Un hombre corpulento y de aspecto desagradable, que solo podía ser el “comprador”, apareció en el marco de la visión de la ventana. Su mirada era fría, calculadora, la de un hombre que ve a las personas como objetos de inventario.
“No son mi familia”, pensé, sintiendo un vacío gélido en el estómago que nada tenía que ver con la lluvia. “Son mis captores”.
Entrar significaba ser entregada. Significaba que mi vida se apagaría en una habitación oscura para pagar los vicios de dos personas que nunca me quisieron. Mis dedos rozaron mis labios, que aún conservaban el hormigueo eléctrico del beso de aquel desconocido en el coche. Él era peligroso, sí, pero mis tíos eran letales para mi alma.
Me alejé de la ventana con movimientos lentos, retrocediendo hacia la oscuridad del jardín. No podía volver. No tenía dinero, no tenía ropa seca y mi nombre estaba manchado por la desgracia de mis padres, pero aún tenía mi voluntad.
—Prefiero que me trague la tierra de Escocia antes que dejar que me pongan una mano encima —susurré para mí misma, mientras me daba la vuelta y me alejaba de la mansión de los Stirling, esta vez para siempre.
Pasé el resto de la madrugada encogida en un banco de madera en los Jardines de Princes Street. El frío de Edimburgo no tiene piedad con los que no tienen techo, y para cuando los primeros rayos de un sol pálido empezaron a filtrarse entre la neblina, mis músculos estaban tan rígidos que sentía que podía romperme como el cristal. “De heredera de los Stirling a vagabunda en menos de veinticuatro horas”, pensé con una risa amarga que terminó en un escalofrío.
A mi lado, abandonado por algún lector apresurado, un ejemplar del The Scotsman estaba empapado en los bordes, pero aún legible. Lo tomé más por necesidad de cubrirme las piernas que por curiosidad, hasta que una sección en particular saltó a la vista entre las noticias financieras y los obituarios.
SE BUSCA: “NIÑERA INTERNA”.
El anuncio era escueto, casi clínico, pero las palabras brillaban ante mis ojos cansados como si estuvieran escritas en oro:
“Se requiere persona responsable, resiliente y de carácter firme para el cuidado de dos menores en residencia privada. Excelente remuneración. Alojamiento incluido. Se exige discreción absoluta y disponibilidad inmediata. Entrevistas hoy en Mansión Blackwood”.
—Alojamiento incluido —susurré, y esa frase fue la que terminó de decidirme.
No sabía nada de niños, más allá de que solían ser ruidosos y honestos, dos cosas que yo apreciaba mucho más que el silencio hipócrita de la alta sociedad. Tenía el título de “huérfana de lujo”, lo que significaba que sabía de modales, idiomas y cómo mantener la compostura mientras tu mundo se cae a pedazos. Esas eran, técnicamente, habilidades de supervivencia que podía transferir a la crianza.
Me puse en pie, ignorando el dolor de mis pies hinchados. Utilicé el agua de una fuente cercana para lavarme la cara y tratar de domar mi cabello, que parecía un nido de pájaros después de la tormenta. Alisé mi vestido de seda, ahora arrugado y sin brillo, intentando recuperar un poco de la dignidad que mis tíos habían querido arrebatarme.
“Mansión Blackwood”, repetí en mi mente. El nombre sonaba imponente, casi fúnebre, pero era mi única salida.
No tenía referencias, no tenía una maleta y, lo más probable, es que oliera un poco a lluvia y desesperación. Pero tenía una necesidad voraz de sobrevivir y una lengua lo suficientemente rápida como para convencer a cualquiera de que era la candidata perfecta.
—Cuidar niños no puede ser más difícil que escapar de un matrimonio forzado —me dije a mí misma, tratando de convencerme mientras caminaba hacia la parada de autobús con las últimas monedas que me quedaban en el bolsillo del vestido.
Poco sabía yo que el caos de la noche anterior estaba a punto de cruzarse de nuevo en mi camino, y que la “resiliencia” que pedía el anuncio sería lo único que me salvaría de caer, una vez más, bajo el hechizo del hombre que casi me consume en la oscuridad de un coche.
Llegar a la mansión Blackwood fue como entrar en un cuento gótico que alguien había olvidado terminar. Era una construcción de piedra oscura, imponente y rodeada de una quietud que erizaba la piel. Al cruzar el umbral, el silencio me recibió como una bofetada.
“¿Aquí viven niños?”, me pregunté, mientras una mucama de rostro inexpresivo me conducía a una sala de techos altísimos y muebles que parecían costar más que mi vida entera. “Parece más un museo de objetos preciosos y prohibidos”.
Me senté en el borde de una silla de terciopelo, sintiéndome completamente fuera de lugar. Mi vestido de seda estaba seco, pero las manchas de barro en el dobladillo y mis zapatos estropeados gritaban que yo no era la candidata ideal. Estaba inquieta; mis dedos jugueteaban con el borde de mi bolso y mis ojos no dejaban de recorrer la habitación buscando alguna señal de vida: un juguete tirado, una mancha de crayón, un grito… nada. Solo un silencio sepulcral que me ponía los nervios de punta.
—El señor la recibirá ahora —la voz del mayordomo, un hombre de espalda recta y modales gélidos, me sacó de mis pensamientos—. Por aquí, señorita Stirling.
Caminé tras él con el corazón en la garganta. Al entrar en el despacho, la luz era escasa, filtrada por pesadas cortinas. Un hombre estaba de espaldas, revisando unos documentos frente a un ventanal que daba a los jardines brumosos.
—Tome asiento —dijo él.
Esa voz.
Se me heló la sangre. Era un barítono bajo, rudo y con una vibración que reconocería aunque pasaran cien años. El hombre se giró lentamente y el aire abandonó mis pulmones. Era él. El magnate del coche. El hombre que me había besado con la desesperación de un náufrago bajo los efectos de alguna droga.