**ELARA**
Ahora sé que se llama Alistair MacTier. Me observó con una mirada analítica y distante. A diferencia de la noche anterior, hoy vestía con una pulcritud aterradora; ni un solo cabello fuera de su lugar, ni un rastro de la vulnerabilidad que había mostrado en la oscuridad. Sus ojos se entrecerraron al recorrer mi aspecto desastroso. No parecía reconocerme —quizás la droga había borrado los detalles de mi rostro—, pero noté una sombra de duda en su expresión, un destello de algo familiar que lo hizo tensar la mandíbula.
—Usted es… —empezó a decir, arrastrando las palabras con una mezcla de fastidio y curiosidad—. Su aspecto no es precisamente el de una niñera profesional, señorita Stirling. Parece que acaba de sobrevivir a un naufragio.
—Algo así —respondí, recuperando mi sarcasmo para ocultar que mis rodillas temblaban—. Pero si busca a alguien que sepa lo que es mantener la calma cuando el barco se hunde, soy la mejor opción que va a encontrar hoy.
Él se levantó y caminó hacia mí, rodeando el escritorio con una elegancia depredadora. Se detuvo a pocos centímetros, invadiendo mi espacio personal de la misma forma que lo hizo en el coche. Pude oler su perfume, el mismo sándalo de anoche, y por un segundo, mi cuerpo recordó la presión de sus labios.
—Esta casa tiene reglas, silencio y orden —dijo él; su voz era una advertencia—. Mis hijos necesitan disciplina, no una muchacha que parece huyendo de sus propios fantasmas. ¿Por qué debería contratarla a usted y no a las otras cinco candidatas con cartas de recomendación impecables?
—Porque esas candidatas saldrán huyendo en cuanto los niños rompan el silencio de este mausoleo —le espeté, sosteniéndole la mirada—. Usted no necesita una niñera, necesita a alguien que no le tenga miedo a la oscuridad de esta casa. Ni a la suya.
Alistair se quedó callado, sus ojos clavados en los míos. El magnetismo de la noche anterior volvió a surgir, una chispa eléctrica que llenó el despacho. Él no recordaba el beso, pero su instinto sí parecía reconocer mi fuego.
—Tiene veinticuatro horas de prueba —sentenció finalmente, aunque su mirada decía que se arrepentiría de esto—. Si escucho un solo ruido innecesario o si sus “fantasmas” cruzan mi puerta, estará en la calle antes del anochecer.
Douglas, el mismo hombre que conducía el vehículo la noche anterior, me guio a través de los pasillos de techos altos hacia el ala este de la mansión. Alistair se había quedado en su despacho, sumergido de nuevo en sus documentos, aunque antes de salir sentí su mirada clavada en mi espalda, una mirada cargada de una extraña confusión, como quien intenta descifrar un idioma que cree haber escuchado en sueños.
—Los niños están en el salón de juegos —anunció el mayordomo, abriendo una puerta doble de madera de roble.
Lo que encontré dentro no era un cuarto de juegos; era una extensión del museo personal de Alistair MacTier. No había legos esparcidos por la alfombra, ni dibujos pegados con cinta en las paredes, ni rastro de ese caos vibrante que define la infancia. En su lugar, el aire era denso y olía a cera para muebles y a un encierro prolongado.
Sentados en sillas de terciopelo azul, perfectamente erguidos, estaban Lachlan y Maisie.
Me detuve en seco, sintiendo un nudo en la garganta. Ambos vestían ropas impecables, sin una sola arruga: él con un jersey de lana gris y pantalones oscuros; ella con un vestido de cuadros escoceses y el cabello recogido en un lazo tan tenso que parecía doler. Pero lo más impactante no era su ropa, sino sus ojos.
Eran dos pares de cristales azules, gélidos y herméticos. Eran la viva imagen de su padre.
—Hola —dije, forzando una sonrisa y dando un paso hacia el centro de la habitación—. Soy Elara. Voy a pasar un tiempo con ustedes.
Lachlan, el de siete años, me observó con una madurez que resultaba antinatural para su edad. No se levantó para saludarme, ni mostró curiosidad. Simplemente cerró el libro de tapas duras que tenía sobre el regazo —un tratado de historia, nada menos— y asintió levemente.
—¿Es usted la nueva? —preguntó su voz, pequeña pero desprovista de la emoción juguetona de un niño.
—Eso parece —respondí, bajando la vista hacia el suelo de parqué, que brillaba tanto que podía ver mi reflejo. Ni una marca de juguetes, ni un rasguño de diversión—. ¿Qué les gusta jugar? ¿Quieren ir al jardín? He visto que hay un laberinto de setos increíble afuera.
Maisie, la pequeña de cinco años, apretó su muñeca de porcelana contra su pecho. La muñeca estaba tan limpia y perfecta como ella, como si nadie se hubiera atrevido a jugar con ella de verdad. La niña miró hacia el ventanal que daba al jardín, donde la niebla de Edimburgo aún persistía, y luego me miró a mí con una tristeza que me partió el alma.
—En el jardín se ensucian los zapatos —susurró ella, como si estuviera repitiendo una ley sagrada—. Y el ruido hace que a papá le duela la cabeza.
—Aquí no gritamos, señorita Elara —añadió Lachlan con una seriedad gélida—. El silencio es la regla de oro de la Casa Blackwood. Papá dice que el orden es lo único que nos protege.
“¿Los protege de qué?”, quise preguntar, pero la respuesta estaba grabada en sus rostros pálidos: los estaba protegiendo de la vida misma. Alistair no solo había convertido su hogar en un mausoleo para su propio duelo, sino que había enterrado vivos a sus hijos en él.
Me acerqué a ellos y, desafiando la atmósfera rígida, me senté directamente en el suelo, sobre la alfombra impoluta. Vi cómo ambos niños abrían los ojos con sorpresa, como si hubiera cometido un sacrilegio.
—Bueno —dije, guiñándoles un ojo con esa rebeldía que mis tíos nunca pudieron apagar—, parece que he llegado justo a tiempo. Porque yo soy experta en romper reglas de oro, y creo que este suelo tiene muchas ganas de ser usado para algo más que para caminar derecho.
**ALISTAIR**
Cerré la puerta de mi despacho con el peso de mil decisiones sobre los hombros. El entumecimiento en mi mente, rastro de la sustancia que alguien deslizó en mi copa la noche anterior, finalmente empezaba a disiparse, dejando paso a una irritabilidad sorda. Caminé por el pasillo, envuelto en el silencio sepulcral que yo mismo había impuesto en Blackwood, hasta que un sonido extraño me detuvo en seco.
Era un sonido cristalino, vibrante. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. Risas.
Hacía años que las paredes de esta casa no devolvían ese eco. Había olvidado casi por completo cómo sonaba la alegría de mis propios hijos. Impulsado por una curiosidad que rozaba la sospecha, me acerqué a la sala de juegos con pasos felinos y me asomé sin ser visto tras el marco de la puerta. Lo que vi desafiaba cada una de mis reglas.
La señorita Stirling estaba tirada en la alfombra, con su vestido de seda —ya definitivamente arruinado— extendido a su alrededor. Lachlan y Maisie estaban encima de ella, hundiéndole los dedos en los costados mientras le hacían cosquillas. Elara se retorcía, riendo con una naturalidad que iluminaba la habitación de una forma que yo no podía permitirme.
¿En qué momento habían llegado a tenerle tanta confianza? Mis hijos eran fortalezas de hielo, niños que habían aprendido que el silencio era su único refugio. Las niñeras anteriores, mujeres profesionales y severas, terminaban renunciando a las pocas semanas, incapaces de romper el muro de los pequeños MacTier. Y, sin embargo, esta “huérfana de lujo” los tenía jugando en el suelo como si el dolor no existiera.
Me puse firme, dejando que mi sombra se proyectara sobre la alfombra.
—Lachlan. Maisie.
El efecto fue instantáneo. Como si se activara un resorte, mis hijos se recompusieron. Lachlan se puso de pie y se alisó el jersey, recuperando esa expresión de pequeño soldado que yo mismo le había inculcado. Maisie retrocedió, escondiendo sus manos tras la espalda. El silencio regresó, pesado y asfixiante.
Ella, sin embargo, tardó un segundo más. Se quedó allí, tumbada un instante, mirándome desde el suelo con una chispa de rebeldía en los ojos antes de ponerse de pie de un salto. Se sacudió la ropa con movimientos apresurados y trató de domar los mechones rebeldes que escapaban de su peinado.
Es un desastre de mujer. Su sola presencia es un desafío al orden que tanto me ha costado mantener.
—Señor MacTier —dijo, intentando recuperar una compostura que ya había perdido por completo—. Solo estábamos... explorando el terreno.
La observé en silencio. Había algo en su desaliño, en la forma en que su risa aún vibraba en el aire, que me resultaba peligrosamente familiar. Mi instinto, ese que nunca me fallaba en los negocios, me gritaba que la echara antes de que terminara de derribar mis muros. Pero, al mismo tiempo, al ver el brillo en los ojos de mis hijos, sentí algo que no esperaba.
Confianza. Una confianza irracional y molesta.
—Veo que la disciplina no es su fuerte, señorita Stirling —dije, manteniendo mi voz ruda para ocultar que, por un breve momento, yo también quise saber qué se sentía al reír así—. Tienen diez minutos para estar listos para la cena. Sin manchas y sin ruidos.
Me di la vuelta para marcharme, pero mientras caminaba por el pasillo, la imagen de ella en el suelo no me abandonaba. Era un incendio en mitad de mi invierno, y me temía que, si no tenía cuidado, terminaría quemándome con ella.