**ELARA**
La cena en la mansión Blackwood no era una comida, era un ritual de privación sensorial. El comedor era una estancia vasta, presidida por una mesa de caoba tan larga que parecía que Alistair y yo estábamos en códigos postales diferentes. El único sonido era el tintineo metálico de los cubiertos contra la porcelana fina.
Me senté entre Lachlan y Maisie, sintiendo el peso de la mirada de Alistair desde la cabecera. Se había cambiado de ropa y ahora lucía un traje gris que lo hacía ver aún más imponente, más… inalcanzable. Sus ojos no dejaban de estudiarme, moviéndose de mis manos a mi rostro con una intensidad que me hacía querer esconderme y, al mismo tiempo, desafiarlo.
—Lachlan, ¿cómo van tus lecciones de francés? —preguntó Alistair. Su voz retumbó en el silencio, ruda y carente de calidez.
El niño dejó el tenedor con precisión milimétrica. —Bien, padre. He terminado de traducir el tercer capítulo.
—Excelente. El conocimiento es la única herencia que nadie puede arrebatarte.
No pude evitarlo. El sarcasmo, ese viejo amigo que siempre me metía en problemas, se deslizó por mi garganta antes de que pudiera frenarlo.
—También la imaginación es una buena herencia, ¿no cree? —dije, pinchando un trozo de salmón—. A veces los libros de historia son un poco… grises. Maisie me contaba que le gustaría pintar los setos del jardín de colores.
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo de la carne. Maisie se encogió en su sitio, mirando su plato como si fuera a tragarla. Alistair dejó su copa de vino sobre la mesa, con una lentitud que me puso los pelos de punta.
—En esta casa valoramos la realidad, señorita Stirling —sentenció él, fijando sus ojos en los míos—. La imaginación es para aquellos que no pueden enfrentar lo que tienen delante.
—O para aquellos que son lo suficientemente valientes como para querer cambiarlo —respondí, sosteniéndole la mirada.
Por un instante, la chispa de la noche anterior volvió a encenderse entre nosotros. Fue un segundo de reconocimiento eléctrico. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus pupilas se dilataban ligeramente, igual que cuando me tuvo acorralada en el asiento trasero de su coche. Él sabía que yo no era una niñera sumisa, y yo sabía que bajo esa coraza de magnate rudo, había un hombre que todavía sentía el calor de aquel beso, aunque su mente se negara a recordarlo.
—Es usted muy persistente —murmuró él, y por primera vez, no sonó a insulto, sino a una observación fascinada.
—Es lo que tiene ser una "huérfana de lujo", señor MacTier. Aprendes que si no peleas por un poco de luz, te terminas acostumbrando a la oscuridad.
Alistair no respondió. Siguió comiendo en silencio, pero no volvió a apartar la vista de mí en toda la cena. Era como si estuviera tratando de recordar dónde había probado antes ese fuego, esa mezcla de insolencia y jazmín.
Cuando la cena terminó y los niños se retiraron bajo la estricta supervisión del mayordomo, Alistair se puso en pie y caminó hacia mí. Se detuvo justo detrás de mi silla, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara mi oído.
—Mañana empezaremos con un horario estricto —dijo, con esa voz que me hacía vibrar hasta los huesos—. No quiero más juegos en el suelo. Y señorita Stirling… trate de no arruinar más vestidos. Me resultaría muy difícil explicar por qué mi niñera parece haber estado en una pelea callejera.
Se marchó sin esperar respuesta, dejándome allí con el corazón desbocado y la certeza de que mi estancia en la mansión Blackwood iba a ser todo menos tranquila.
Cuando el mayordomo me guio hasta la que sería mi habitación, sentí que mis piernas finalmente cedían. Alistair MacTier era una fuerza de la naturaleza que agotaba mis reservas de energía con solo una mirada. Pero, al abrirse la puerta de mi nuevo dormitorio, el aire volvió a mis pulmones con una frescura inesperada.
—Esta es la habitación del ala norte, señorita Stirling. Está conectada con el cuarto de los niños por el pasillo de servicio —anunció el hombre antes de retirarse, dejándome sola con el silencio.
Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en la madera tallada. Por fin.
Mis ojos recorrieron el lugar, y por un momento, me sentí de nuevo en la mansión de mis padres, antes de que las deudas y la desgracia lo redujeran todo a cenizas. No era una habitación de servicio. Era una alcoba digna de una princesa en el exilio. Una cama de dos plazas con un dosel de madera oscura y sábanas de lino blanco me esperaba en el centro. Había una chimenea de mármol, ya encendida, que arrojaba un resplandor ámbar sobre las paredes tapizadas en verde bosque.
Caminé hacia el ventanal. Desde allí, podía ver los jardines de Blackwood bajo la luz de la luna escocesa. La niebla se movía entre los árboles como fantasmas, pero aquí dentro, el calor de la leña crepitando me hacía sentir, por primera vez en meses, segura.
—De dormir en un banco del parque a esto —susurré, dejando mi bolso sobre un tocador de estilo victoriano—. No está mal, Elara. Nada mal.
Me acerqué a la cama y me senté, hundiéndome en la suavidad del colchón. Mis dedos rozaron la tela fina. Después de semanas de huir, de soportar los gritos de mis tíos y el frío de la incertidumbre, este espacio se sentía como un santuario. Pero la paz no era completa.
Me levanté para mirarme en el espejo del tocador. Mi rostro aún conservaba el rastro del cansancio, y mis labios… mis labios seguían ligeramente hinchados. Al ver mi reflejo, la imagen de Alistair en el despacho, tan cerca de mí, volvió a mi mente. Había una contradicción en él que me fascinaba y me aterraba a partes iguales. Era un hombre que ordenaba silencio, pero cuyos ojos gritaban tormentas.
“Es tu jefe, Elara. Tu jefe rudo, hermético y posiblemente peligroso”, me advertí a mí misma.
Abrí el armario y encontré un par de batas de seda y ropa de cama que la mucama debía haber dejado allí. Me despojé del vestido de seda arruinado, esa última reliquia de mi vida pasada, y lo dejé caer al suelo como si fuera una piel vieja de la que necesitaba deshacerme.
Al meterme bajo las sábanas, el aroma a limpio me envolvió. Era una habitación decente, sí. Era el lugar donde podría empezar de nuevo. Pero mientras cerraba los ojos, no pude evitar pensar que, en esta mansión, las paredes tenían oídos y el dueño de casa tenía una memoria sensorial que estaba a punto de despertar.
Mañana sería el primer día oficial de mi nueva vida. Mañana tendría que enfrentarme a los pequeños espejos de Alistair y al propio Alistair, quien seguramente no dejaría de buscar en mi rostro la respuesta a ese sentimiento de “déjà vu” que lo atormentaba.
Me dormí con el sonido del viento golpeando los cristales, soñando con un coche oscuro, una lluvia incesante y unos labios que sabían a pecado y a whisky.
**ALISTAIR**
El sudor frío empapaba mi frente mientras las imágenes se agolpaban en mi mente: el chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto mojado, el olor a metal retorcido y el silencio sepulcral que siguió al impacto. Desperté de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas como un mazo.
—Maldita sea —gruñí, frotándome el rostro con las manos.
Las pesadillas no me daban tregua. Eran el castigo por haber sobrevivido, el recordatorio de que mi mundo se había quebrado en mil pedazos aquella noche hace tres años. Me levanté de la cama, ignorando la seda de las sábanas que se pegaba a mi piel, y me puse una bata de terciopelo oscuro. Necesitaba whisky. O aire. O simplemente dejar de ser yo mismo por un momento.
Salí al pasillo, donde las sombras de la mansión Blackwood parecían alargarse para atraparme. La casa estaba en silencio, pero era un silencio opresivo, cargado de recuerdos. Caminé hacia la escalera principal, pero me detuve al ver una silueta recortada contra el ventanal del final del corredor. Era ella. La señorita Stirling.
Llevaba una bata de seda blanca que parecía brillar bajo la luz de la luna, y su cabello, libre de las ataduras del día, caía en cascada sobre sus hombros. Parecía un espectro, una aparición que no pertenecía a este mausoleo de piedra.
—¿Qué hace despierta a estas horas, Stirling? —mi voz salió más ruda de lo que pretendía, rompiendo la quietud como un cristal estallando.
Ella se sobresaltó, girándose con una mano en el pecho. Sus ojos se abrieron de par en par, reflejando la luz plateada.
—No podía dormir —respondió en un susurro, recuperando rápidamente su compostura—. El silencio de esta casa es… ruidoso, ¿no cree? Vine a buscar un vaso de agua.
Me acerqué a ella, ignorando que mis propios pies descalzos hacían eco en la madera. Al estar a su lado, el aroma a jazmín me golpeó de nuevo, disparando un relámpago de memoria en mi cerebro nublado. Mi mano, actuando por puro instinto, se movió hacia su rostro, deteniéndose justo antes de tocar un mechón de su cabello.
—Usted es un desastre para mis reglas —murmuré, mi voz bajando a un tono peligroso—. Debería estar en su cama, no vagando por mis pasillos como un alma en pena.
—Y usted debería estar descansando, señor MacTier —replicó ella, sosteniéndome la mirada con una valentía que me irritaba y me fascinaba a la vez—. Tiene ojeras. Y sus manos tiemblan.