CAPITULO 5

1381 Words
**ALISTAIR**  Cerré el puño con fuerza. Nadie en esta casa, ni en mi imperio, se atrevía a señalar mis debilidades. Pero ella lo hacía con una naturalidad insultante. En la penumbra, su rostro era idéntico al de la mujer que invadió mi coche bajo la lluvia. La presión de sus labios, el calor de su cuerpo contra el mío… La droga me había nublado el juicio, pero mi piel tenía memoria. —Vuelva a su habitación —ordené, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio hasta que su espalda tocó el frío cristal del ventanal—. Antes de que decida que su periodo de prueba ha terminado antes de empezar. —¿Me tiene miedo, Alistair? —preguntó ella, usando mi nombre de pila por primera vez. El sonido fue una caricia y un desafío. Me incliné hacia ella, apoyando una mano en el marco de la ventana, atrapándola. Podía sentir el calor que emanaba de su piel, el pulso acelerado en su cuello. Por un segundo, el deseo de repetir lo que sucedió en el coche fue casi insoportable. Quería besarla hasta que el silencio de la casa desapareciera, hasta que las pesadillas se quemaran en su fuego. —No juegue con fuego, pequeña huérfana —susurré contra su oído, sintiendo cómo ella se estremecía—. Porque en esta casa, yo soy el único que tiene permitido quemarse. Me aparté bruscamente y regresé por donde vine, sin mirar atrás. Necesitaba ese whisky con urgencia. Y necesitaba, sobre todo, recordar por qué había jurado que nadie volvería a sonreír en esta casa. El cristal del vaso de cristal tallado tintineó contra la botella de Macallan. Vertí una dosis generosa, con la mano todavía tensa por el encuentro en el pasillo. El líquido ámbar bajó por mi garganta quemando, pero no fue suficiente para sofocar el incendio que la señorita Stirling había encendido con solo pronunciar mi nombre. —¿Miedo? —mascullé para la oscuridad del despacho—. No sabes lo que dices, niña. Me dejé caer en el sillón de cuero, cerrando los ojos. Pero el silencio, ese que tanto me había costado imponer, ahora se sentía vacío. En lugar de paz, mi mente proyectaba la imagen de ella contra el ventanal: la seda blanca de su bata, el brillo desafiante de sus ojos y ese aroma a jazmín que parecía haberse filtrado en las alfombras de la mansión. Mi piel tenía memoria, y mi memoria era traicionera. Recordaba la suavidad de su cuello bajo mis dedos y la forma en que su cuerpo, aunque temblaba, no retrocedía. Ella no me temía. Y eso era lo más peligroso de todo. En mi mundo, el miedo era una herramienta de respeto; sin él, las barreras se desmoronaban. Me puse en pie y caminé hacia la caja fuerte oculta tras la estantería de nogal. Saqué una carpeta de cuero n***o que no había abierto en meses: el expediente del desmantelamiento de Stirling Holdings. Mis dedos recorrieron las cifras, los activos liquidados, las propiedades subastadas. Había sido una operación limpia, puramente comercial. El apellido Stirling para mí no era más que una empresa en quiebra que estorbaba en mis rutas logísticas. Pasé a la última página y me detuve en una fotografía grapada a un informe de herederos. Era una foto de sociedad, borrosa y granulada. En ella, una joven de sonrisa radiante y vestido de gala miraba a la cámara con una alegría que me dolió en el pecho. Era ella. Elara. —Maldita sea —susurré, cerrando la carpeta de un golpe. La casualidad no existía en mi vocabulario, pero el destino parecía estar burlándose de mí. La hija del hombre cuyo legado yo había terminado de hundir estaba durmiendo a unos metros de mis hijos. Ella era la víctima de mi ambición, la huérfana que yo mismo, indirectamente, había creado al no tener piedad con los negocios de su padre. Si ella descubría quién era yo realmente, el fuego que nos consumía se convertiría en cenizas de odio. Mis hijos no pueden estar en sus manos. Bebí el último trago de whisky de un golpe y me acerqué al ventanal del despacho. La niebla de Edimburgo empezaba a clarear, anunciando un nuevo día. No podía echarla, no todavía. Había algo en su risa que mis hijos necesitaban, algo que yo ya no podía darles. Pero tendría que mantener la distancia. Tendría que ser el muro de piedra que siempre había sido. Porque si volvía a acorralarla contra un cristal, si volvía a sentir el calor de su aliento contra el mío, no me detendría. Y en esta casa, el único que tenía permitido quemarse era yo, pero sospechaba que Elara Stirling estaba dispuesta a arder conmigo hasta que no quedara nada de la Mansión Blackwood. El amanecer en Edimburgo no trajo la claridad que necesitaba. Mis ojos ardían por la falta de sueño y por el peso de la carpeta que aún quemaba en mi mente. Antes de salir, busqué a Janet en el vestíbulo principal. La encontré supervisando la limpieza de los cuadros, tan rígida y gris como las piedras de la mansión. —Janet —la llamé, haciendo que se cuadrara de inmediato—. Mantenga un ojo puesto en la señorita Stirling. No quiero que se mueva por la casa sin supervisión, ni que rompa más rutinas de las necesarias. Si detecta algo… inusual, cualquier llamada o visita extraña, quiero ser el primero en saberlo. —¿Cree que no es de fiar, señor MacTier? —preguntó ella con una pizca de desdén. —Creo que en esta casa la confianza es un lujo que no podemos permitirnos —respondí con frialdad—. Vigílela. Es una orden. Salí de la mansión sintiendo que el aire gélido de la mañana me golpeaba el rostro. Douglas me esperaba junto al coche, manteniendo la puerta abierta con su habitual eficiencia silenciosa. Me hundí en el asiento de cuero, el mismo donde horas antes el aroma a jazmín y lluvia de Elara me había trastocado los sentidos. —A la empresa, Douglas —ordené, cerrando los ojos mientras trataba de organizar mi agenda del día. El motor rugió con un ronroneo suave y el vehículo comenzó a descender por el camino de grava de la colina. El silencio en el interior era absoluto, roto solo por el suave roce de los neumáticos. Sin embargo, por el espejo retrovisor, noté que Douglas me observaba con una expresión contenida, como si tuviera algo atravesado en la garganta. —Señor… —empezó, dudando antes de continuar—. No he podido evitar notar a la nueva niñera. —¿Y bien? —solté, cortante. —Es la misma joven, señor —dijo Douglas, bajando un poco la voz, hablando casi para sí mismo mientras mantenía la vista fija en la carretera—. La joven que entró sin permiso al auto la noche de la gala. La que gritaba que la seguían. Un nudo se apretó en mi estómago. —Lo sé, Douglas. No soy ciego. —Es mucha coincidencia, ¿no cree? —continuó él, con un tono que denotaba una suspicacia que yo ya había empezado a cultivar—. Aparece de la nada en su coche un miércoles, y el jueves ya está instalada en su casa cuidando a sus hijos. ¿Será que lo tenía planeado desde el principio? Sus palabras flotaron en el aire, pesadas y venenosas. ¿Había sido todo una puesta en escena? ¿Acaso la “huérfana desprotegida” era en realidad una cazadora que sabía exactamente en qué coche se estaba metiendo? El apellido Stirling no solo era sinónimo de ruina, sino ahora, quizás, de una venganza calculada. —Conduce y cállate, Douglas —respondí, aunque la semilla de la duda ya había echado raíces—. Yo me encargaré de averiguar qué es lo que realmente busca Elara Stirling en mi casa. Mientras el coche se adentraba en el corazón financiero de Edimburgo, mi mente regresó a aquel beso. Si era una trampa, me había tendido el cebo más letal del mundo. Y lo peor de todo es que, aun sabiendo que podía ser un engaño, una parte oscura de mí deseaba volver a caer en él.
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