Amín decidió aprovechar la ausencia de Jing y Odiel —quienes habían salido temprano sin dar explicación alguna de adónde iban— para ir a caminar en el bosque y recoger algunas frutas, acción que estos dos le habían prohibido antes.
Ella caminaba entretenida con la belleza de aquel bosque mientras tarareaba aquella canción que no sabía dónde la había aprendido. La fresca brisa acariciaba su piel dándole una sensación agradable y placentera. Respirar el olor de las hojas, el perfume que irradiaban las flores silvestres y el aroma a tierra húmeda era una delicia a sus sentidos.
Por otro lado, un joven yacía encima de un árbol de mango mientras degustaba la deliciosa fruta. Un olor a flor ardiente (una planta endémica de ese mundo, llamada así porque se daba en verano y se veía más hermosa con el calor y con mucho sol. Esas flores eran anaranjadas con manchas rojas y amarillas y desprendían un aroma exquisito) llenó sus fosas nasales provocando extrema salivación, escalofríos y latidos frenéticos que lo detuvieron de comer y buscar con la mirada por debajo del árbol donde se encontraba. Era la misma sensación de cuando vio a la pelirroja mal educada.
—¡Qué hermosa voz! —exclamó fascinado, a tal punto de no caer en cuenta que lo había dicho en voz alta. Con rapidez, saltó del árbol para encontrar a la persona que se había adueñado de sus sentidos y brindado el placer de aquel delicioso perfume y maravillosa voz.
—¡Pero si es la chica rara y mal hablada! —espetó con una sonrisa ladina, una vez había caído en tierra firme; por su parte, ella se quedó observándolo en silencio. Frunció el ceño al recordarlo y sus brazos se cruzaron por inercia.
—¿Acaso estás en todas partes?
—Sí, eres una chica descortés. Voy a pasar por alto tu mala educación porque aparte de que eres hermosa, tu voz y olor son embriagantes.
Amín se quedó pasmada y sin aliento. ¿Hermosa? ¿Voz y olor embriagantes? Nunca nadie le había hecho un cumplido, por el contrario, todos la hacían sentir fea en la escuela, incluyendo a su mejor amiga. A sus veinte años se suponía que tuviera pretendientes que la cortejaran para el matrimonio, puesto que no iba a estudiar una profesión; sin embargo, los muchachos de su pueblo se mantenían alejados de ella, como si esta fuera la cosa más horrible que existiera. Los únicos que la veían con deseo eran sus hermanos, pero ¿no era eso depravado?
—¿Qué? ¿Ya no hablas? —preguntó él con sorna. Ella lo miró a los ojos y por primera vez prestó atención a esa mirada oscura que no podía descifrar. Los ojos negros eran extraños en aquel lugar, por tal razón había todo tipo de leyendas sobre ese y otros colores. No podía negar que aquel joven tenía un atractivo rebelde, problemático, tentador, peligroso...
Sacudió su cabeza para deshacerse de esos pensamientos. ¿Qué rayos le estaba pasando? El joven peinó su cabellera negra y lacia hacia atrás con sus manos, lo que le hizo entender que estaba nervioso. Pero ¿cómo era aquello posible? Él se veía un guerrero intimidante y despiadado. ¿Cómo podría estar nervioso ante la presencia de ella, quien era tan débil y ordinaria? No, debía dejar de ser tan fantasiosa, solo se estaba imaginando cosas.
—¡Ken, aquí estás! —Ambos voltearon como despertando de un exquisito y extraño sueño, al escuchar a la chica detrás de ellos.
—Oh, Naomi —masculló él como sonso.
—¿Por qué tardas tanto? —La chica puso sus manos sobre su angosta cintura en forma de reclamo.
Amín no pudo evitar detallarla y sentirse patética al instante. Todo el goce y excitación que las previas palabras del chico le habían causado, fueron reemplazadas por el sentimiento de inferioridad y la autocompasión. Frente a aquella chica se sentía enorme y fea. Tal vez esta era su novia y el muy descarado le estaba coqueteando a ella.
«¡Qué me importa!», pensó con una angustia que no entendía, no obstante, dejaría de perder el tiempo en tonterías y mejor volvería a la choza antes de que Jing y Odiel regresaran.
—¿Quién es ella? —preguntó la pelinegra mientras apuntaba en su dirección. Vio al joven tensarse, entendiendo que, de hecho, debía tener una relación con la hermosa chica.
—Nadie importante —respondió él tajante y sin deseos de decir más. Fue así como sostuvo la muñeca de la esbelta joven de negra y larga cabellera, casi arrastrándola por la rapidez con la que se marchaba. La pelinegra miró a Amín con recelo, sus ojos cafés la escudriñaban con curiosidad hasta que estos se perdieron de su campo de visión.
—¿Nadie importante? —Amín dijo con una mueca de desagrado, una vez se encontró sola—. ¿Quién se cree ese idiota que es?
***
—Odiel me pidió que te entrenara debido a que quieres quedarte con nosotros. Voy a hacer completamente sincero contigo, vinimos a buscar un tesoro y nos serás un estorbo si por lo menos no sabes defenderte. No entiendo el porqué de Odiel aceptarte en el grupo, pero estoy seguro que él sabe algo que yo ignoro, por ahora. —Su sonrisa de autosuficiencia la hizo estremecer. Aquel hombre era directo y muy sincero, a tal punto de intimidarla; sin embargo, la dulzura que emanaba de él era como un vino embriagante.
—¿Me estas prestando atención? —Jing la estudiaba con la mirada como tratando de descifrarla, acción que la descolocó por completo. ¿Qué le sucedía con aquel hombre?
—S-Sí —asintió ella con nerviosismo—. ¿Qué tipo de tesoro buscan? —Se atrevió a preguntar, quizás podría ayudarlos.
—Una piedra muy poderosa que en manos equivocadas causaría la desgracia a este mundo.
—Y, ¿para qué la quieren?
—Para esconderla y asegurarnos de que nadie tenga acceso a ella. Un guardián estará encargado de vigilarla, una vez la obtengamos.
—¿Un guardián? —Amín preguntó con notable confusión.
—Sí, un guardián. —Jing repitió, dando a entender que no daría más detalles.
***
—Madre —habló el joven de ojos verdes, por medio de un artefacto cuadrado y sin botones, que reflejaba a una hermosa mujer pelirroja y mirada brillante—, tuvimos un percance con el zafiro y este está perdido. —La cara de decepción en aquella mujer le apretó el pecho—. Te prometo que lo voy a recuperar.
—Lo sé, cariño. —Ella sonrió—. Confío en que lo harás, de paso, necesito otro favor...
—Como digas, madre.