—No seas odiosa, mira lo te traje. Anda, tómalo, es un obsequio, preciosa —apremia alargando la mano, sobre su palma una cajita de terciopelo. —No quiero nada de ti. Te odio. —Me odias, pero al mismo tiempo me amas. No finjas solo aborrecerme que no te creo, April —da un largo suspiro acercándose. Me encojo en la silla, no quiero que se acerque más. Se agacha, me eleva la barbilla, el encuentro de nuestras miradas es una mezcla de sentimientos opuestos, revueltos, confusos. —Si te digo que tomes el obsequio, lo haces, sin peros, sin rechistar, sin llevarme la contraria. A continuación, toma mi mano y deja en ella la cajita. —¿Por qué me haces esto? ¿Merezco vivir este infierno? No se me hace justo, no tiene sentido Bastian. —En esta vida, en este asqueroso mundo nada tiene lóg

