AVERY
—¿Y tú qué rayos estas haciendo acá? —le dije mientras agarraba mis cosas del mostrador y pasaba de largo hacia la salida.
Logan firmó un papel que le dio un policia con cara de muerto en vida, rodó los ojos y me siguió.
—Vine a sacarte de este problema, mi amor. Se dice "gracias", por si se te olvidó —me abrió la puerta como si fuera un caballero. —O si prefieres, te dejo aquí y me largo.
Pasé de su acto y lo miré feo mientras salía al aire libre de la noche.
El cielo estaba n***o y esas nubes tenían pinta de querer llover muy fuerte.
Fantástico.
Me entró un escalofrío. Pensé en Renata y desbloqueé el celular. Tenía un mensaje suyo y lo leí entornando los ojos:
"Un chico que esta buenísimo me trajo a casa y se fue. Me voy a dormir ya."
Desconfié. Pegué el teléfono a la oreja esperando que me contestara.
—¿Qué? —gimió, medio dormida.
—¿Estás bien?
—Me acabas de despertar del mejor sueño que pude haber tenido en mucho tiempo, perra.
Ok, estaba viva. Sonreí bajo y caminé detrás de Logan hasta su coche. Ni sabía que tenía uno. Bueno, bendito sea.
—¿Tú estás bien? —preguntó Renata. Miré de reojo a Logan. Podría discutirse.
—Sí, todo tranquilo.
Colgó antes de que pudiera seguir. Puse los ojos en blanco, bloqueé la pantalla y abrí la puerta del copiloto.
Intenté no clavarle la mirada mientras manejaba. Estaba segura que era más ancho, pero la cárcel parece que lo exprimió un poco. Igual, sus brazos seguían fuertes, y cuando cambiaba de carril se le marcaban los músculos como si nada. Me permití un segundo, uno solo, para mirarlo entero.
Su cara era perfecta, mandíbula marcada, apretada. La cicatriz sobre el ojo brillaba leve con cada farola que pasábamos.
Lo admito: Logan me tenía curiosa. No tanto como para cambiar todo lo que había entre nosotros, pero sí como para hacerme preguntas.
Ese hombre guardaba más de lo que decía... y me estaba matando no saberlo.
—¿Qué hiciste? —soltó, rompiendo el silencio.
Apoyé la frente contra la ventana. No queria darle detalles.
—Lo correcto. O algo parecido.
—Ajá —murmuró, sin despegar la vista de la ruta.
Había algo extraño en ir así con él por la noche, sin peleas, sin gritos. Por una vez. Sabiendo el carácter que tiene.
—¿Por qué siempre te metes en problemas, te cuesta tanto tener una vida normal? —Y tenía que cagarla, obvio.
No lo dijo con tono odioso. Pero igual me cayó mal.
No tenía fuerza para pelear ni ganas de inventar respuestas, así que fruncí el ceño y me di vuelta.
—¿Ahora el silencio? Qué rápido cambió la cosa.
—No quiero hablar. Eso es todo. Es mi problema no el tuyo.
El ambiente se puso tenso. El coche siguió su transcurso, pero igual me sentia nerviosa añadiendo que Logan... estaba tan cerca, tan callado.
—Avery...
Su voz fue el inicio de algo, escuchar mi nombre en su boca de esa manera fue algo sexy
—Pará el coche —le solté, ya con la mano en el cinturón.
—¿Qué? —me miró confundido, pero ni frenó. —Está cayendo una lluvia muy fuerte y ya casi llegamos.
—Logan, te dije que pares —insistí. Necesitaba aire. O dejar de mirarlo.
Bufó con fastidio, giró hacia el andén y empezó a frenar.
—Avery...
Lo mandé al carajo con la mirada. Abrí la puerta del coche y me tiré directo a la lluvia. El agua me pegó como cachetada fría, pero se sintió riquísimo. Cerré los ojos y eché la cabeza para atrás, dejando que cada gota me llevara todos los pensamientos y problemas. Era justo lo que necesitaba.
La sensación de asfixia se fue como si nunca hubiera estado. Y el maldito mareo, igual. Respiré hondo ese aire húmedo y por primera vez en todo el día, sentí que podía pensar mejor las cosas.
—¡¿Qué se supone que haces?! —gritó Logan al bajarse también, azotando la puerta del coche.
Abrí los ojos y lo vi. El pelo mojado le caía sobre la cara, desordenado y sexy sin querer. La camisa se le pegaba al cuerpo, y no podía dejar de mirar cómo marcaba todo: los pectorales, los brazos, hasta la maldita clavícula.
No. Seguro era el alcohol. Jamás pensaría en él así. No después de todo lo que me hizo pasar. Aunque no supiera lo que hacía... igual me afectó demasiado.
—Necesitaba aire. Ya déjame en paz —le solté mientras me pasaba las manos por el cabello empapado.
—Súbete al coche, Avery. No quiero que te enfermes y despues me eches la culpa a mi.
Tragué saliva y casi me atraganto. La forma en que dijo mi nombre... me provocó un cosquilleo que bajó directo al estómago. Me estaba volviendo loca.
—Ni de chiste. Largate tu si quieres.
Tal vez me gustaba discutir con él. Tal vez me gustaba más cuando me desafiaba.
—No fue una pregunta —dijo, apretando la mandíbula. El agua lo cubría todo, pero aún así podía sentir la tensión en su cuerpo.
—Solo quiero un...
—¿Puedes callarte un segundo y escucharme, por una maldita vez?
Le clavé la mirada, con el corazón en la garganta. ¿Escucharlo? ¿A él?
Años escuchando sus indirectas, sus desprecios disfrazados de bromas. Y ahora quería que le pusiera atención. Qué risa.
Avanzó. Un paso. Luego otro.
Nos quedamos frente a frente. La lluvia seguía cayendo, pero ya no era eso lo que me ponía la piel de gallina.
Era él.
Ese momento donde no sabes si te va a besar o gritar. Esa línea tan delgada que separa el odio del deseo.
Y claro, yo tampoco ayudaba.
Me ardían las mejillas. No sabía dónde poner las manos. Sentía el cuerpo a mil, pero el frío no tenía nada que ver.
Y entonces lo noté. Cómo me miraba. Cómo bajaban sus ojos. Cómo recorría cada parte de mí como si fuera suya. Era la misma manera que me miraba tiempo atrás y por eso desde ese entonces no ha habido nadie que llene su hueco.