AVERY
—¿Sabes qué decidí? —dijo Renata, girando la cabeza hacia mí.
—¿Qué? —le contesté, cubriéndome los ojos del sol con la mano como visera.
—Voy a andar soltera un buen rato —soltó.
Levanté las cejas y dejé que las piernas se me colgaran de la tumbona, recargándome sobre las manos.
—Ok... buena suerte con eso.
—Sí, solo quiero pasarla rico un rato —me dijo con un guiño medio pícaro. Me solté riendo.
—Estoy cien por ciento a favor —le dije mientras me lanzaba a la piscina. El sol ya me estaba cocinando como camarón.
—¿Y tú qué? ¿Qué tal con Lane?
—¿Qué de qué? —le dije sin pensar mucho.
—Ay, Avery —bufó mientras se acomodaba las gafas—. Fuiste a cenar con el chico y siempre que lo nombras se te sube la sonrisa hasta los cachetes.
Pfff. Mi amiga era malísima leyendo las señales. Malísima.
—Solo somos amigos —le dije, aguantando la risa… aunque en realidad estaba pensando en otro nombre.
—¿No me estás mintiendo? —frunció el ceño—. Pues díselo a él, porque no le llegó el aviso.
Miré hacia adentro, a través de las puertas de vidrio, y vi a Lane hablando con Logan. Y bueno, Logan tenía cara de que algo no le había caído nada bien.
—Ay, no —murmuré. Me quedé estática, viendo cómo Lane me saludaba con la mano, todo sonriente.
Sí, me caía bien. Nos llevábamos bien. Pero las palabras de Renata ya se me habían metido en la cabeza.
Suspiré, salí del agua y subí los escalones. Mientras caminaba hacia él, sentía la mirada de Renata encima.
—Hola, Avery —me dijo Lane, todo feliz, entrando al jardín.
Me recogí el cabello en un moño rápido, antes de que se me pegara a la piel mojada.
—Hey, ¿qué haces acá?
—Pasé a ver como estabas después de comer con mis padres.
—¿Y eso? —interrumpió Logan por detrás. Di un brinco del susto. ¿En qué momento se había salido?
La sonrisa de Lane flaqueó un poquito y bajó la mirada. Algo notó, seguro.
Y Logan, sin decir más, me puso una toalla en los hombros. Me cubrió como si estuviera cuidando algo suyo. Solo fue un roce, pero sentí el calor correrme por la espalda.
—Gracias —murmuré, abrazándome a la toalla.
Cuando me volví hacia Lane, él seguía ahí, sonriendo. Pero ya no era la misma sonrisa.
—Bueno, la verdad... —empecé, sin encontrar la forma de decirle que no tenía ganas de pasar la tarde con él.
—¿Vas a la carne asada de los Sanchez este fin? —interrumpió Renata, salvándome.
Lane se veía confundido por un segundo, pero se recompuso al instante.
—Sí, obvio.
Yo me preguntaba qué planeaba ella.
—Avery y yo vamos a ver unos vestidos hoy. Sorry.
¿Vestidos? ¿Desde cuándo?
—¿Cierto? —le pregunté bajo.
—Ah... ok —dijo Lane, moviéndose incómodo—. Pues nos vemos el sábado, supongo.
Le sonreí antes de que se diera la vuelta. El agua aún chorreaba de mi piel, y pensé en si valía la pena ensuciar la casa solo para verlo salir.
—Yo lo acompaño —dijo Logan de la nada, como si no aguantara un segundo más su presencia.
Renata se sentó otra vez y empezó a guardar sus cosas.
—¿Y bien? —me dijo con una sonrisita.
—¿Qué haces?
—Vamos de shopping, muévete.
*
Una hora después, ya bañadas y arregladas, Renata y yo andábamos por el centro comercial del pueblo de al lado, viendo qué encontrábamos para ponernos en la parrillada de los Sánchez.
Siempre rentaban un pedazo del parque que quedaba justo al lado del lago, así que más que barbacoa, era casi una fiesta playera. Iba medio mundo.
—Revisé el clima para el sábado —dijo Renata entrando a una tienda que ya de entrada me hacía sudar solo con mirar los precios—. Y va a estar que arde, literal, como el día más caluroso del mes.
Solté un quejido. Solo de imaginar el sudor corriendo por mi frente, ya quería correr. Volví a colgar una camiseta de manga larga que ni loca iba a aguantar ese día.
—Pues toca algo súper fresco —dije, agarrando un top blanco con tirantitos delgados.
La verdad, no soy tan fan de andar enseñando mucha piel, aunque mis outfits digan lo contrario. Pero ese día, no iba a haber opción.
—¡Mira esto, Avery! —gritó Renata desde el otro lado del local, y levanté la cabeza.
Tenía en la mano una falda larga de esas que se amarran al lado, en un rojo tan intenso.
—Listo, ya encontré lo mío, nos podemos ir —dije mientras agarraba un top de mi talla y me iba directo hacia ella.
Renata se rió, me pasó la falda, y yo chequé el precio con miedo. Aunque ahora tenía un trabajo decente y podía darme ciertos lujos, tampoco era cuestión de volverme loca.
"Te lo mereces, Avery", me dije.
Después que Renata también agarró unas cosas, nos fuimos a los probadores. Y en cuanto me vi en el espejo, supe que la falda valía cada centavo.
—¡Mierda! —dijo Renata al ver la abertura que tenía la falda justo en la pierna. Yo giré sobre mí misma como modelo. Me sentía sexy, con seguridad.
—Eh, wow —le dije, al ver su vestido. Era corto, suave, color morado. Le quedaba tan bien con su piel morena, y ese escote cuadrado dejaba ver lo justo.
—Estamos de infarto —dijo, y se pegó a mí frente al espejo.
Nos reímos, apoyando nuestras cabezas mientras nos veíamos en el reflejo.
Aunque se probó un par más, ninguno le ganaba al morado, así que salimos del probador y nos formamos para pagar.
Con las bolsas colgando del brazo, salimos y decidimos parar por un batido antes de volver a casa.
—¿De qué quieres el tuyo…? —empezó a decir Renata, pero la interrumpí.
—Mira quién anda por aquí —dije, al ver a Tessa intentar pasar de largo como si no nos hubiera visto.
Renata cruzó los brazos y la escaneó de pies a cabeza.
—Avery —bufó Tessa, clavando una mirada de odio puro.
La vi bien. Ojeras profundas, labios partidos, cejas que pedían auxilio. ¿Y esos pantalones de chándal? ¡No jodas!
—¿Ya te mandaron a volar, no? —le solté con sarcasmo. No era el mejor momento para pelear, pero tampoco me iba a quedar callada.
—Jasper se va a dar cuenta de que eres una perra —escupió ella—. De hecho, todos ya lo saben.
Renata y yo nos miramos. Yo hervía por dentro. Y cuando me quise dar cuenta, mi mano ya estaba estampada en su cara. Sonó seco, fuerte. Sentí el ardor en la palma, pero también una paz deliciosa al ver la marca roja que le dejé.
—¿Estás loca? —gritó, tambaleándose. La gente empezó a mirar, a murmurar. Pero a mí, me valía madre.
Se lo tenía merecido. Y más.
—Ups, se me resbaló la mano —le dije, guiñándole un ojo antes de jalar a Renata por la muñeca y salir volando hacia la salida.
Ni de loca me iba a dejar arrestar otra vez. Digo, por si esa zorra quería hacer algo.