**RICCARDO** Las palabras de Antonio me golpearon como una ola fría que arrastra todo a su paso, haciéndome recordar la fragilidad de nuestra posición actual. Salvatore Mancini, un viejo conocido y un enemigo formidable al que habíamos subestimado en ocasiones pasadas, comenzaba a mover sus piezas en el tablero del destino. Era solo cuestión de tiempo antes de que nosotros también tuviéramos que movernos, pero sabía que cada acción tomada por él sería meticulosamente calculada y su ambición, trepidante, no conocía límites ni moral. La amenaza que representaba se extendía sobre nosotros como una sombra ominosa, y cada segundo contaba en este juego donde el riesgo era más alto que nunca. Me puse la camisa con manos temblorosas, sintiendo intensamente el peso de la responsabilidad que aho

