Enterarse de ella

1022 Words
A una semana después que Lía Michel pidiera a su madre adoptiva que consiguiera la información de su otra gemela, la señora Lauren Michel ya había logrado descubrir la mayor parte de su Vida. Ella leyó la información y se horrorizó, Lía pudo haber estado en esa misma situación, cuando lo pensó, lloró muy molesta. Pero su querida Lia era muy diferente en carácter, mientras veía la fotografía de la Marianela, la chica que tuvo que venderse para poder subsistir. Ella guardó toda esa información tan denigrante de la joven y las escondió en su alcoba, solo envío la información de que había viajado a la ciudad de Nueva York, donde ellos vivían y otros datos que ayudaba a hacer un esquema sobre la Chica, en serio no la quería perjudicar. Lía Michel miró las fotos de Marianela, tenía un rostro impecable, de porcelánica, sus labios eran idénticos a ella, solo la diferenciaba una cosa, ella tenía un lunar n***o en su labio superior, ese lunar lo tapaba con maquillaje, sin embargo Benjamín Siempre le repetía que le gustaba ese lunar. Sonrió maliciosamente cuando le vino algo en la mente, utilizar a su hermana para vivir ella plena y libremente. Bajando la cabeza guardó la información de la chica en su bolsillo, no estaba dispuesta a meterla en su círculo familiar y su ámbito. Pero si ella la suplantaba secretamente, ella podría volver a su casa cuando al fin se cansara de vivir su libertad plenamente. Se rió al imaginar este gran acontecimiento. Mientras que Marianela, más conocida en aquel pequeño pueblo como Samantha, estaba tratando de encontrar un trabajo que permitiera desahogar parte de sus gastos, se encontró con que había solo plazas para limpieza, meseras y cajeras, aún estaba estudiando, le faltaba otro año más. Eso era otra cosa que debía lidiar, tenía que estudiar en este país y terminar para luego empezar con su propio negocio en cero. Lía Michel había vuelto a casa, cuando llegó a su residencia donde vivía con su esposo Benjamín Solhonsky, ella no sentía casi nada por él, pero él era un hombre atractivo, exitoso, era todo lo que una mujer querría tenerlo por esposo, y no era que ella necesitara de atrapar a un hombre con todas esas características, simplemente ese hombre le pertenecía. Benjamín estaba en la habitación de su hijo, un pequeño de dos años por nombre Daniel, en honor a su abuelo, jugueteaba mientras con suma preocupación acarició la cabecita del pequeño, se culpaba por no darle un hogar estable. Lía los miraba por el lado de la ventana de cristal, sus ojos estaban fijos en la nada, era su hijo, recuerda que no quería ser madre, al menos no estaba en sus planes serlo, hasta ese día en que se emborrachó y no sabe quién sedujo a quien, por que eso era otra cosa que a ella lo molestaba de su esposo, su poca pasión. Se fue hacia su habitación y se encerró en la ducha, mandó a pedir a la empleada que le llevara una botella de vino de las reservas guardadas, vivía como reina, nada le faltaba. Las personas normalmente se quejaba de las vidas míseras que llevara, pero ella lo tenía todo, ¿De que se quejaría? ¿Que le faltaba? La vida la había premiado muy bien, a diferencia de su hermana gemela. Pensó; "esa desgraciada" algo me tiene que dar por nacer junto a mi, respirar y tomar lo mismo que yo por un tiempo, pero ahora mismo ya eran adultas, como cobrarle lo que ella le debía? Benjamín regresó a la habitación solo para escucharla hablar por teléfono horas y otra hora más, ¿Era mejor hablar por teléfono de tonterías, de modas, de chismes que estar con él, o de último con su pequeño hijo? Lloró un poco al pensar en la situación. Sabía que un divorcio era eminente, simplemente algo que lo alargaba más él, por que aún tenía esa esperanza de que ella recapacitara y pensara, quizás se casó muy temprana edad. ¿19 no era buena edad para casarse?—Se preguntaba en su adentro. En el área de la gran manzana, una Marianela muy agotada se sentó en una cafetería, quería tomarse un café y comer algo ligero, sentía que debía recuperar energías, pues había andado arriba abajo, buscando una vacante de trabajo, hasta que vió a una empleada empujar un carrito de bebé, seguida por un hombre al lado, un hombre que se hayaba muy pendiente del niño que iba montado en dicho carrito de bebé. Cuando Marianela vió la cara del hombre, enseguida los recuerdos de aquel episodio volvieron a su mente. Era el mismo, como olvidarlo, sintió resequedad en la garganta, que pequeño era el mundo, pensó con angustia. Lo miró una y otra vez, era él, sus ojos se posaron en el pequeño niño, para su mala o buena fortuna, él se sentó a dos mesas de ella, encargó jugo y panecillos para la niñera y para el niño, mientras él hablaba por teléfono. Poco a poco Marianela sintió como su corazón acelerado bajaba de ritmo, observó con calma al pequeño niño y se llenó de ternura. Estaba tan absorta que la niñera la miró y dijo : —Hola señora, está aquí, ¿Quiere jugar con el niño? —Para entonces el hombre con un maletín en mano se había alejado mucho hablando por teléfono. Marianela entendió rápido muchas cosas, primero que quizás estaba ante la hermosa familia de su hermana gemela, y segundo, este niño era su sobrino, su amado sobrino, lo cargó y lo abrazó, antes de eso sintió rechazo por parte del pequeño. Pero ella lo cargó en besos y apapachos, algo que dejó perpleja a la misma señora cuidadora del niño. Una vez que Benjamín la viese, se sintió algo molesto, sabía que ella buscaba que los de afuera la viesen siendo tan amorosa con su hijo, hijo a quien ni le volvía a ver en casa, y en un ataque de enojo le arrebató molesto al pequeño de los brazos de ella, de la que creía su esposa.
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