Al llegar al piso indicado, Raiden se adelantó con sus hombres. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, los perros salieron con velocidad, olfateando el aire. Pero no avanzaron en ninguna dirección concreta. Giraban en círculos, rascaban el suelo con inquietud y soltaban pequeños quejidos. Algo interfería con su sentido del olfato. El aerosol usado previamente en el piso treinta y cuatro aún hacía efecto en ellos. —Hay que revisar cuarto por cuarto hasta encontrarlas —dijo Raiden con voz ronca, con irritación y desconfianza reflejada en su tono. Los mercenarios se dispersaron. Iban habitación por habitación, manteniendo la apariencia de un registro de rutina. Revisaban los baños, los armarios, las ventanas. Buscaban cualquier señal de su objetivo. Uno de ellos abrió un armario y

