Así, hubo un suspiro colectivo contenido. Como si una revelación hubiera descendido sobre todos los presentes. Hafsa, entonces, inclinó el torso hacia el frente. Su largo velo blanco se movió con suavidad y la tiara de plata centelleó bajo las luces del auditorio. Fue una reverencia limpia, pulida y de puro agradecimiento. Pero no dirigida a Horus, ni a los superiores, ni a los asistentes formales de la ceremonia. La reverencia era para Herón, para el castigado, el último, ahora era el primero. Era una muestra de respeto que desbordaba el protocolo, que traspasaba los títulos y los rangos. Era un acto personal, íntimo. Un agradecimiento sincero a quien había puesto su vida en peligro por ella. Los ojos de Herón descendieron. Vio la curva de la reverencia. Las manos le temblaban. Respiró

