Capítulo 2 El seguimiento

1129 Words
Herón, desde su posición, la analizó con detenimiento. No se distinguían sus rasgos faciales, pero su porte hablaba por sí mismo. Sus manos, ocultas en las mangas amplias de su túnica, no sostenían nada, ni siquiera un bolso o un accesorio innecesario. Entre todas las mujeres árabes, ella destacaba con más clase, hasta en su atuendo más detallado. Los escoltas la custodiaban con esmero. La seguridad del evento era estricta, pero Herón sabía que incluso en los operativos más organizados podían existir fallos. Volvió a mirar hacia la camioneta gris. Un presentimiento se instaló en su mente. Sus perros se mantenían alerta, atentos a cualquier indicio de peligro. Teseo agitó la cabeza con inquietud, mientras Perseo bajaba las orejas. Herón apoyó los codos sobre sus rodillas y exhaló lentamente. No era un hombre impulsivo, pero su instinto pocas veces fallaba. Desde la lejanía, una de las mujeres hablaba con una de ayaba negra, como si esta fuera la intermediaria entre la diplomática y ellos. El bullicio de la ciudad era constante, pero los ojos de Herón se posaron en un grupo de hombres cuya atención estaba fija en la comitiva de la diplomática árabe. No se movían, ni hablaban entre ellos, solo mantenían la vista clavada en cada uno de sus movimientos. Entre la multitud, varias personas vestían suéteres del PSG; esa noche se jugaba la vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones. El equipo parisino, a pesar de estar en desventaja, enfrentaría al Liverpool, líder en la fase de grupos. La euforia flotaba en el ambiente. Los hombres sospechosos se retiraron y él se dio vuelta, rodeó la calle y anduvo con paso rápido, para tener vista de ellos de nuevo. Entonces, los vio subir a la camioneta gris sospechosa, pero el grupo era más grande y había más vehículos. Ellos subieron con rapidez, sin intercambiar palabras. Su mandíbula se tensó. Su teléfono vibró en el bolsillo y al sacarlo, el nombre de su hermano apareció en pantalla. —¿Cómo va tu día libre? —preguntó Horus con su tono relajado de siempre. —Normal. —¿Verás el partido? ¿Cómo está el ambiente en París? —Motivados… Creen que remontarán la eliminatoria. —Ya veremos. Por ahora, mira si consigues a una mujer con la que te distraigas. —Ya veremos —respondió sin mostrar interés. Herón terminó la llamada sin desviar la mirada de la camioneta gris. Pero esta vez el grupo era más numeroso. Otros autos se habían unido al convoy y parecían estar colaborando entre ellos. ¿Coincidencia o estaba exagerando? Su piel se erizó y experimentó una corazonada militar. La posibilidad de que fueran escoltas encubiertos pasaba por su mente, pero algo no encajaba. Los movimientos del grupo eran demasiado discretos, no tenían la actitud de seguridad privada oficial. No tenía la certeza de nada y solo podría ser su paranoia de escolta al estar siempre alerta ante todo e imaginar el peor escenario posible. Herón volvió la mirada a la comitiva de la diplomática. Su sesión de fotos había concluido y se desplazaban hacia los vehículos blindados. Cuatro automóviles negros esperaban con los motores encendidos. Las mujeres de la delegación abrieron las puertas y la mujer árabe subió al segundo auto, acompañada por dos de sus acompañantes. Las otras y el resto de los escoltas se distribuyeron en los demás vehículos. Las puertas se cerraron y el convoy arrancó con precisión. Herón detalló como los autos se alejaban poco a poco por la vía. Segundos después, los vehículos de los sospechosos comenzaron a moverse en la misma dirección, siguiendo a los de la diplomática. No había duda de que la estaban siguiendo. Tensó la mandíbula y alzó la mano para detener un taxi que pasaba por el sitio. No podía estar tranquilo, si no cercioraba sus sospechas. —Siga esos autos negros —indicó con tranquilidad. El conductor lo miró a través del espejo retrovisor, pero no hizo preguntas. El trayecto se alargó entre semáforos y tráfico. Herón no apartó la mirada de los autos que iban al frente, mientras mantenía a su lado a los perros. Después de varios minutos, el convoy llegó al hotel Hyatt Regency Paris Étoile. La comitiva de la diplomática entró en el estacionamiento privado. Los otros autos pasaron de largo, pero en vez de perderse entre las calles, tomaron una ruta paralela. Herón exhaló con discreción y le indicó al taxista que se detuviera a un costado de la acera. Pagó la tarifa sin perder de vista la entrada del hotel. A través de los ventanales, observó cómo la diplomática descendía del automóvil. Las otras cuatro mujeres, vestidas igual que ella con niqab n***o, se mantuvieron a su alrededor, formando una barrera visual. A pesar de la vestimenta que ocultaba sus rasgos, la presencia de la diplomática se imponía sobre el resto. Su túnica blanca resaltaba en medio del grupo oscuro, su postura denotaba una autoridad innata. La diadema plateada en su cabeza reflejaba las luces del vestíbulo con un brillo metálico. Su andar era pausado, sin prisas, como si estuviera acostumbrada a que el mundo se adaptara a su ritmo y era que sí lo hacía, pues todos se cumplían sus peticiones y su voluntad. Herón aguardó unos instantes, luego cruzó la calle y entró al hotel. La recepción tenía una iluminación cálida y una decoración elegante. Se acercó al mostrador, donde una joven de cabello castaño y uniforme impecable lo recibió con una sonrisa de cortesía. —Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle? —Necesito una habitación —dijo sin rodeos. —Por supuesto. ¿Para cuántas noches? —Solo una, por ahora. La recepcionista tecleó en la computadora. —Tenemos disponibilidad en el piso quince. ¿Le gustaría con vista a la ciudad? —Sí. —Perfecto. ¿Cómo desea pagar? Herón sacó su tarjeta y se la entregó. Mientras la joven realizaba el procedimiento, su atención se desvió hacia el ascensor. La diplomática y su séquito ya habían desaparecido tras las puertas metálicas. Su mirada azul se afiló con seriedad. —Aquí tiene su tarjeta de acceso —dijo la recepcionista, extendiéndole la llave electrónica. —Gracias. Se giró para alejarse, pero algo captó su atención. Cerca de la entrada del hotel, un grupo de hombres con suéteres del PSG hablaba animadamente. —Disculpe —dijo él, volviendo a la recepción—. ¿A qué hora es el partido? —A las nueve de la noche, señor. Herón asintió y echó un vistazo al reloj. Faltaban varias horas. Regresó la vista a los ascensores. ¿Era posible que todo estuviese planeado para ese momento? Su mandíbula se endureció. Había demasiadas piezas moviéndose a la vez y todas parecían converger en la diplomática árabe.
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