Capítulo 3 La preparación

1126 Words
Herón salió con sus perros. La brisa parisina se filtraba entre los edificios mientras el bullicio de la ciudad continuaba su curso habitual. Caminó con calma, con Perseo y Teseo a su lado, sus sombras alargándose sobre el pavimento. Sus pensamientos se mantenían en la situación del hotel Hyatt, pero rápidamente los disipó. No era su asunto. La diplomática contaba con una seguridad numerosa y bien entrenada. No era una persona cualquiera, sino la esposa de un hombre con poder ilimitado. Nadie en su sano juicio intentaría nada contra ella. Aun así, una sensación extraña persistía en su interior. Era una alarma silenciosa, un instinto adquirido tras años de trabajo en el mundo de la seguridad. Sin embargo, decidió ignorarlo. Detuvo un taxi y subió con sus perros, dando la dirección del hotel Le Maurice. Mientras avanzaban por las calles, observaba los edificios iluminados y la cantidad de personas que se movilizaban por la ciudad. París tenía un ritmo propio, uno que nunca disminuía. Al llegar al hotel, pagó el viaje y se dirigió a su habitación. Se despojó del saco y lo dejó sobre una silla, luego se desabrochó la camisa. Perseo y Teseo se acomodaron cerca de la ventana, atentos a su amo. Fue a la cocina de la suite y preparó comida para los canes, sirviéndola en sus platos de acero inoxidable. Ambos se acercaron con entusiasmo, devorando la comida en minutos. Luego, él mismo se sirvió un almuerzo tardío, simple pero suficiente. Mientras comía, encendió la televisión y pasó por varios canales hasta detenerse en uno de deportes. Todo giraba en torno al partido entre el PSG y el Liverpool. Observaba sin mucho interés, más concentrado en sus propios pensamientos. Miró el reloj en su muñeca izquierda. Los minutos transcurrían con una parsimonia exasperante. El segundero avanzaba con un ritmo monótono, mientras la tarde se deslizaba entre pensamientos inconclusos. Exhaló con leve fastidio y encendió la televisión. En la pantalla, los comentaristas analizaban con fervor el inminente enfrentamiento entre el PSG y el Liverpool. Su pasión por el fútbol era limitada; no se inclinaba por ningún equipo en particular, ni siquiera por los británicos. La cobertura abrumadora del partido no hacía más que recalcarle que París tenía la atención del mundo puesta en ese evento. Se recostó en el sofá por un momento, pero pronto se puso de pie. Su rutina diaria no podía ser interrumpida. Se puso ropa deportiva y comenzó su sesión de ejercicio, haciendo flexiones, abdominales y ejercicios de resistencia. Su cuerpo se tensaba y relajaba con cada repetición, sus músculos trabajando con precisión. Luego, caminó hacia la ventana y observó la ciudad desde las alturas. Algo dentro de él no terminaba de encajar, pero decidió distraerse. Abrió su computadora y comenzó a investigar sobre el hotel Hyatt Regency Paris Étoile. Revisó planos, rutas de evacuación, accesos restringidos. El edificio tenía treinta y cuatro pisos y la habitación presidencial en la cima. No era difícil deducir dónde se hospedaría alguien como la diplomática. Después de revisar la información por horas, sin darse cuenta, había reservado un auto. Al ser las siete y cuarenta de la noche, se desvistió. Su torso desnudo revelaba una musculatura tallada por el esfuerzo y la disciplina. Cicatrices cruzaban su piel blanca, testigos mudos de misiones pasadas. En su hombro derecho, un tatuaje del emblema del SAS resaltaba entre las marcas de batallas. Un puñal alado, con la hoja apuntando hacia abajo, grabado en tinta oscura sobre la piel, acompañado de la frase "Who Dares Wins". “Quien se atreve, gana”. En su espalda, un águila con extremidades desplegadas simbolizaba su visión estratégica y su capacidad para acechar sin ser visto. En la parte baja una serie de coordenadas grabadas en tinta negra, que solo él comprendía. Lugares importantes en su historia, misiones que dejaron cicatrices no solo en su piel, sino también en su mente. En su costado izquierdo, una inscripción en latín recordaba un viejo código de los soldados de élite británicos: "Aut viam inveniam aut faciam", traducido como "O encuentro un camino o lo hago". Una filosofía que regía su vida. En la pierna derecha tenía la figura de un lobo de ojos afilados, con la mirada fija hacia adelante. El animal representaba la lealtad, la resistencia y la ferocidad en la batalla. Eran grabados de su historia, fragmentos de un pasado que siempre lo acompañaría. Miró su reflejo de forma gélida en el espejo por un instante antes de meterse a la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos. Se perdió en el sonido del agua cayendo, dejando que los minutos pasaran sin prisa, sobrepensando las cosas. Al salir miró la hora. Eran las ocho en punto. Se había quedado demasiado tiempo en la ducha, todavía pensando. Una toalla estaba en su cintura, mientras que con otra se secaba el cabello. —¿Creen que deberíamos ir? —preguntó él. Teseo gruñó de forma amistosa, moviendo ligeramente la cola. El pastor belga malinois tenía un pelaje corto de color arena con manchas más oscuras en la espalda. Sus ojos marrones emanaban una inteligencia afilada, siempre alerta, siempre listos para actuar. Perseo, el pastor alemán, era más robusto y su porte imponente. Su pelaje n***o y fuego le daba un aspecto distinguido, con orejas erguidas y mirada serena. Teseo caminó hasta el armario donde guardaba sus armas, como una muestra evidente de que su olfato no se equivocaba. —Eso es lo que siempre dices. ¿Y tú, Perseo? El más tranquilo de los dos también ladró y se puso al lado de Teseo. Era claro el mensaje que le daban a su amo acerca de lo que había pasado en las calles. Aquellos podrían ser escoltas encubiertos, pero también un grupo enemigo con un objetivo fijo: la diplomática árabe. —Así que lo apoyas… El pastor alemán avanzó unos pasos y se colocó al lado de Teseo, su posición hablando por sí sola. Herón exhaló, consciente de que ya había tomado una decisión. Su instinto rara vez lo engañaba. —Sí, quien se atreve, gana —dijo él. Herón terminó de secarse, dejó caer la toalla y se observó en el espejo del baño. Su cuerpo era el resultado de años de disciplina y entrenamientos rigurosos. Los músculos bien definidos de su torso y brazos marcaban una silueta poderosa, pero funcional, sin excesos innecesarios. La piel clara, curtida por el tiempo en distintas partes del mundo, mostraba cicatrices que contaban historias silenciosas. Se aplicó desodorante y se vistió con meticulosidad. Se puso un traje de sastre n***o, sin corbata y zapatos normales, para no llamar la atención. Roció un perfume para camuflar su olor, al igual que a sus dos canes. Luego se dirigió a su equipo.
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