Capítulo 4 Los intrusos

1187 Words
Su maleta estaba organizada con precisión. Armamento autorizado y equipo de emergencia se distribuían en compartimentos estratégicos. Un botiquín médico con insumos avanzados, capaz de asistir desde heridas menores hasta procedimientos quirúrgicos de emergencia. Barras energéticas y bebidas para mantenerse en pie durante largas horas sin descanso. Revisó sus armas con la experiencia de un soldado que no dejaba cabos sueltos. Un rifle de asalto británico L85A2, compacto, fiable y adaptado para combate urbano. Su pistola de respaldo, una Sig Sauer P320, era conocida por su precisión y versatilidad. Aseguró los silenciadores, los auriculares de comunicación, el teléfono encriptado y las tabletas con acceso seguro a información estratégica. Un chaleco antibalas completaba el equipo. Se puso una pulsera que le había sido regalada por su madre a sus tres hijos varones: Horus, Hermes, y a él, Herón. Eran tres hermanos varones que trabajaban en la misma empresa de seguridad, fundada por el mayor, Horus, en conjunto con la líder de otra familia, Hera Dempsey, con la cual tenían una alianza estratégica. Luego preparó a sus compañeros. Perseo, el pastor alemán de porte majestuoso, tenía un pelaje oscuro y espeso, su rostro emanaba una inteligencia serena. Teseo, el malinois, era más inquieto, con una complexión más ágil y un instinto inquebrantable. Les colocó los chalecos tácticos con placas de protección para cuello y cuerpo. Los cascos serían añadidos más tarde. Con todo listo, recogió sus maletas y se dirigió al estacionamiento. Subió el equipo al auto y encendió el motor. Salió a las ocho y media, con la ventaja de un tráfico despejado. La ciudad parecía en pausa, atrapada en la expectación del partido entre el PSG y el Liverpool. Los parisinos llenaban plazas y bares, las calles eran inusualmente tranquilas. Al llegar al Hyatt Regency Paris Étoile, estacionó en un punto estratégico y colocó una cámara en su vehículo, asegurándose de poder vigilar los alrededores en todo momento. Allí estaban los vigilantes, pero con sus celulares en las manos, expectantes del partido. Herón utilizó el ascensor hasta su piso y, una vez en su habitación, se acomodó con una vista privilegiada del hotel. En uno de sus auriculares activó la transmisión del partido. Los comentaristas narraban con entusiasmo. —Señoras y señores, estamos a pocos minutos de que inicie este partido de vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones. El Parque de los Príncipes es una caldera esta noche. El PSG necesita remontar ante un Liverpool que llega con ventaja. El ambiente en el estadio vibraba a través de la pantalla. Miles de aficionados coreaban, agitando banderas y bufandas con los colores del club inglés, siendo predominante el color rojo. Herón mantuvo la mirada fija en la pantalla del dispositivo, pero su atención se dividía entre el partido y la seguridad del hotel. —Los equipos ya están en el túnel. Los capitanes encabezan a sus respectivos conjuntos, seguidos por los porteros y el resto de los jugadores. La presión es máxima. El sonido de los cánticos se intensificó cuando los jugadores pisaron el césped. Se oyó el himno de la Liga de Campeones y todos sus protocolos. Herón echó un vistazo a su reloj. Ocho cincuenta y nueve. Cualquier movimiento inusual debía ocurrir en los próximos minutos. Si nada pasaba en esta noche, entonces no habría más preocupaciones con la diplomática árabe. —¡El árbitro se lleva el silbato a la boca! —anunció uno de los comentaristas con expectación. El pitido inicial resonó en los auriculares de Herón. Ahora, solo restaba esperar. Herón observaba atentamente lo que sucedía en la cámara que había dejado en su auto. La transmisión del partido continuaba en uno de sus dispositivos; el comentarista relataba con energía el constante ida y vuelta entre ambos equipos. Remates, atrapadas, contragolpes; el frenesí del fútbol mantenía hipnotizados a los parisinos. Ocho minutos después, la situación seguía tranquila, pero Herón no bajó la guardia. Su instinto, forjado a base de entrenamiento y misiones en los entornos más hostiles, comenzó a alertarlo. Se quitó sus vestimentas, quedando solo en bóxer. Sus demás tatuajes se veían y mostraban sus fortalezas. En el hombro derecho, tenía un cuchillo con un diseño estilizado, afilado y detallado, que simbolizaba fuerza, protección y la lucha. Estaba rodeado por un par de alas extendidas, que le aportaban un aire de libertad, elevación y trascendencia. Estaban dibujadas con plumas finamente delineadas, mostrando un gran nivel de detalle y realismo. En el hombro izquierdo, era una corona majestuosa, como símbolo de poder, autoridad y nobleza. Era atravesada por dos espadas creando una composición impactante y cargada de significado. Se puso un jean y un buzo oscuro, que eran ropa espacial para misiones, haciendo que su porte se notara más imponente. Su calzado ahora eran botas tácticas, resistentes y listas para cualquier situación imprevista. Luego, ajustó su chaleco, se aseguró la bolsa en la pierna derecha y la pistola en la izquierda. Con movimientos metódicos, terminó de preparar su mochila larga, asegurándose de llevar consigo todo lo necesario. Fue entonces cuando varios vehículos ingresaron por la parte trasera del hotel. Desde su posición, Herón alcanzó a distinguir lo que parecían ser patrullas policiales, pero algo no encajaba. Su mandíbula se tensó. Siguió observando. Entonces, al llegar el minuto once, un rugido estalló en toda París. El PSG había marcado un gol, igualando la eliminatoria. El sonido de las bocinas de los autos, los gritos de euforia y los festejos en las calles brindaban la distracción perfecta. Herón desvió la mirada hacia el hotel justo a tiempo para ver a los supuestos "policías" bajar de sus vehículos y acercarse a la entrada del estacionamiento. Uno de ellos, un hombre robusto, desenfundó su pistola con un silenciador y, sin vacilar, le disparó en plena cara al guardia de seguridad del hotel, luego al otro. El sonido ahogado del disparo apenas se percibió entre el clamor del partido. Los cuerpos de los vigilantes se desplomaron al suelo. Herón tomó una respiración profunda y les colocó los cascos a sus perros, ajustándolos con destreza. Perseo y Teseo gruñeron en reconocimiento; su instinto adiestrado les indicaba que se avecinaba peligro. También aseguró municiones adicionales en sus compartimentos especiales, junto con raciones de comida para ellos. Tal vez su paranoia había sido exagerada. Tal vez su instinto de supervivencia, su formación militar y su experiencia lo habían condicionado a esperar lo peor en cada situación. Pero esta vez su intuición no lo había traicionado. Había algo más en juego, y la única conexión que podía encontrar era la diplomática árabe a la que ellos habían estado vigilando desde la mañana, para luego seguirla. Era claro que le estaban haciendo inteligencia. Herón se cubrió el rostro con un pasamontañas n***o, dejando solo sus ojos expuestos. Se puso una gorra en la cabeza y colgó su mochila sobre la espalda. Aseguró su rifle en el torso y se preparó a intervenir, pues sus sospechas infundadas y llenas de locura, habían resultado ciertas. —Quien se atreve, gana —dijo él una vez más para sí mismo y para sus compañeros caninos, ya que había confirmado su presentimiento.
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