Capítulo 5 Los mercenarios

1075 Words
Dentro del hotel, el grupo de mercenarios ya había comenzado su operación. Algunos habían ingresado disfrazados como empleados del hotel, con uniformes impecables y movimientos ensayados. Otros vestían como los guardias de seguridad del edificio, fusionándose con facilidad entre el personal real, siendo acompañados por perros dóberman y pitbulls. Los que se encargaban de la recepción actuaron rápido. Con silenciadores en sus armas, ejecutaron a los trabajadores que se encontraban atendiendo en el mostrador. Tres disparos, tres cuerpos cayendo sin hacer ruido. La sangre se esparció en la ropa de ellos, pero los asesinos tomaron sus lugares con naturalidad, suplantando a los difuntos sin levantar sospechas. La jugada maestra de los atacantes radicaba en la distracción. Gracias al partido, la mayoría de los huéspedes y empleados del hotel se encontraban en la sala de conferencias, observando el evento deportivo en proyectores. Esto dejaba muchas áreas del hotel desprotegidas y facilitaba la infiltración. En el exterior, Herón mantuvo la mirada fija en el monitor de la tableta. No había tiempo que perder. Todo apuntaba a que esto era un golpe premeditado y realizado por mercenarios entrenados. Y él estaba justo en el medio de ello. Ajustó su equipo, verificó la munición en su arma y avanzó con cautela. Sus perros lo siguieron en silencio, listos para actuar al más mínimo gesto de su amo. Los verdaderos empleados del hotel en otros pisos, ajenos al peligro, seguían con su rutina habitual en los pisos siguientes. Algunos camareros atendían mesas. Luego de la anotación del PSG, ninguno sospechaba que los asesinos ya se habían infiltrado entre ellos. Los mercenarios operaban con precisión entrenada y sistemática, que solo la experiencia de años podía otorgar. Los cuerpos de los fallecidos fueron retirados con rapidez y transportados a la planta baja de servicio, sin dejar rastros visibles. Cualquier indicio de violencia era eliminado al instante; los pisos se limpiaban con trapos húmedos y los uniformes de los empleados reales eran reemplazados por los de los infiltrados. Con todo dispuesto, los mercenarios tomaron posiciones estratégicas. —Recepción, lista —informó uno de ellos por el canal de comunicación. Herón iba por las escaleras con una pistola láser en la diestra. Debía inutilizar las cámaras de seguridad sin levantar sospechas. Era posibel los vigilantes del cuarto de seguridad estaban viendo el partido, completamente ajenos a lo que sucedía. Apuntó con precisión, disparando ráfagas silenciosas de luz infrarroja que dejaban inservibles las cámaras sin alertar a nadie. En la zurda llevaba un aerosol que rociaba sobre las escaleras, para que los perros enemigos no siguieran su rastro. A través de los ventanales del hotel, la Torre Eiffel resplandecía con los colores del PSG. París vibraba con la emoción del partido, ajeno a la siniestra operación que se desarrollaba en uno de sus hoteles más lujosos. Herón siguió adelante, consciente de que el tiempo jugaba en su contra. Sus perros, Teseo y Perseo, se movían en perfecta sincronía con él, sus músculos tensos, sus miradas fijas en el entorno, listos para cualquier eventualidad. En otro sector del hotel, la diplomática árabe cenaba con una elegancia natural. Había pedido moussaka y un jugo fresco, degustando cada bocado con calma, siendo atendida por los meseros. La luz resaltaba su piel blanca y sus ojos verdes, los cuales contrastaban con la ayaba morada bordada con hilos dorados que cubría su cuerpo. En su cabeza había una diadema plateada con gemas. Sus dedos finos sostenían los cubiertos con delicadeza, y de vez en cuando, su mirada se cruzaba con la de sus escoltas, transmitiendo seguridad y confianza. A su lado, cuatro mujeres vestidas de n***o la acompañaban en la comida, mientras que sus escoltas masculinos permanecían de pie, atentos a cualquier amenaza. Pero la estratagema ya estaba en marcha. Una de las mujeres de niqab oscuro y un escolta se miraron con complicidad. Así, cuando el reloj marcó las nueve y quince, la diplomática se levantó con la misma clase con la que había cenado. Sus acompañantes femeninas la escoltaron hasta el ascensor, mientras los hombres tomaban otro elevador rumbo al piso treinta y cuatro. En paralelo, los mercenarios en la recepción mantenían la fachada, saludando a los huéspedes y asegurándose de que nadie sospechara lo que ocurría de verdad. En la sala de seguridad, los vigilantes apenas prestaban atención a los monitores. Los ojos de todos estaban fijos en la pantalla donde el PSG enfrentaba al Liverpool en un partido de alta tensión. Fue en ese momento cuando los mercenarios infiltrados atacaron con precisión letal. En cuestión de segundos, los guardias fueron abatidos silenciosamente, sin siquiera tener la oportunidad de reaccionar. Uno de los mercenarios revisó los monitores y notó las fallas en algunas cámaras, pero no alarmó a su equipo. Lo más probable era que se tratara de un problema técnico. Herón seguía por la escalera con el rifle cruzado en la espalda y la mochila asegurada. Eliminaba las cámaras que podía y esparcía el aerosol. Teseo y Perseo lo flanqueaban, atentos a cualquier amenaza. Subían escalón tras escalón con la misma disciplina que en una operación militar. A diferencia de su compañero más joven, Perseo era serio y calculador, con una mirada que parecía anticipar cualquier peligro. Teseo, por otro lado, solía ser juguetón y extrovertido, pero en operaciones como esta su instinto se alineaba con el de su amo. Al llegar a los pisos de lujo, guardó la pistola láser en su mochila. Allí no había cámaras, ya que la privacidad de los huéspedes VIP era prioridad, lo que facilitaba su tarea. La diplomática y su séquito llegaron al piso de lujo. Caminó con paso firme hacia su habitación, sus sandalias doradas apenas produciendo sonido sobre la alfombra persa. Su porte era majestuoso, su mirada de un verde intenso destellaba inteligencia y determinación. Justo antes de entrar, una de las mujeres de niqab n***o y uno de los escoltas masculinos se quedaron atrás. El ascensor donde habían subido los escoltas árabes llegó al piso treinta y cuatro. Las puertas se abrieron y se unieron al grupo, siguiéndola. Sin embargo, una de las sirvientes de n***o y un escolta se quedaron atrás del grupo. Se miraron entre ellos y asintieron. Entonces, sin previo aviso, un destello metálico emergió de sus armas. Silenciadores ahogaron el estruendo de los disparos que impactaron en los cuerpos de los hombres. Los tres guardaespaldas y una de las damas cayeron sin emitir sonido alguno, con sus cuerpos desplomándose en la alfombra.
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