Herón permitió que su mirada se perdiera en los ojos de la diplomática árabe, preguntándose quién era realmente esa mujer y por qué su destino lo había llevado hasta ella. Era una casualidad improbable que todos los factores hubieran hecho posible su encuentro. Hafsa sentía que aquel hombre, cuyo rostro no podía ver por completo, era alguien en quien podía confiar. Era serio, estricto y profesional en su trabajo. Y así, en medio del lujo de la suite presidencial, con la sangre aún fresca en el material y el eco del dolor en el aire, dos mundos chocaron, creando una chispa que ninguno de los dos podría olvidar. Su alteza real Hafsa no había tocado a ningún hombre. Pero se aferraba a los brazos de ese extraño. Herón trabajó con calma y fluidez. Aplicó más solución salina para limpiar la

