Tiroteo en el acilo

2692 Words
Susurro, con los ojos bien abiertos y mirando hacia el lado contrario por donde los ancianos acaban de huir. Esto no puede estar pasando, esto no es común en Europa, entendería si viviéramos en los Estados Unidos, pero de este lado del Atlántico no sucede esto. Miro a ambos lados del pasillo sin saber qué hacer, en estos momentos un desquiciado adolescente armado debe de estar asesinando ancianitos y nadie se debe de haber dado cuenta, porque de lo contrario estaría sonando alguna alarma o algo por el estilo… Alarma… eso es… Corro por el pasillo, debo de ser valiente, no puedo huir o quedarme petrificada, debo servir para algo más que para andar por la vida ostentando un título, debo de hacer algo para merecerlo y eso será salvar la vida de estos ancianitos. Debo de activar una alarma contra incendios, debo de alertar a alguien de que un desquiciado adolescente armado está rondando los pasillos del acilo. — ¡Ah! ¡Ahí viene! Escucho gritar, corro en esa dirección sintiendo el corazón golpetear mi pecho con fuerza. Tomo mi teléfono, marco el número de Lyn, no me contesta, intento con Mitsuki y Anja y obtengo el mismo resultado, deben de estar distraídas plantando árboles y flores. Vuelvo a maldecir, escuchando más gritos, tengo miedo, mucho miedo, no tengo a nadie que me proteja, pero algo debo de hacer. Doblo una esquina, me quedo petrificada, hay una alarma contra incendios a unos metros de distancia, pero también está el chico del arete con su gabardina negra y el arma alzada. — ¡Es tu fin Caroline! — ¡Derek! ¡No! Grito. — ¡Ah! — grita el chico, acabo de taclearlo — ¡¿Qué carajos?! ¡¿Niñata?! — ¡Muere, muchacho! ¡Muere! — ¡Ah! Un dardo anaranjado golpea la frente de Derek. — ¡Le di! — grita la anciana, también con un arma — ¡Muchachos! ¡Lo hice! ¡Acabé con él! ¡Ganamos! ¡Ganamos! — Maldición… — el chico me mira — ¿Te quitas de encima o te arrojo al suelo? — Ah… eh… sí… no… — me levanto — ¿Qué…? — miro el arma, es una pistola de juguete que ha sido pintada para que parezca de verdad — Oh… — vuelvo a mirarle — Pensé que… — ¿Creíste que estaba asesinando ancianos? — el chico me empuja, quedamos sentados en el suelo uno delante del otro — ¿En serio? — Es que… vi que tenías una… — me siento nerviosa y avergonzada — Y pensé que… es que escuché a los ancianos gritar y… — ¡Cuidado! Grita de pronto, empujándome detrás de él y disparándole a un anciano con un arco y el rostro pintado como si fuera un nativo. — ¡Diablos! — El juego terminó Frank — el chico del arete se levanta del suelo, me extiende la mano — Caroline me disparó — Oh… — es lo único que dice el anciano — ¡Libertad! — comienza a gritar — ¡Libertad! — ¿Qué diantres está sucediendo? Pregunto, tomando la mano del chico del arete y mirándole directamente a los ojos, son cafés. — Jugamos a la guerra — contesta como si fuese lo más normal del mundo — Todos los sábados jugamos a la guerra — explica — Ellos contra mi persona — guarda su arma en su cinturón — Si ellos ganan, obtienen doble ración de postre, lo cual no está permitido y por eso siempre gano — me mira con seriedad — Pero gracias a tu intento por romperme un hueso, ahora tendré que explicarle a Louise que debe de darle doble postre a todos los pacientes de este lugar — Discúlpeme, pero en mi defensa, creí que estabas asesinando personas — ¿Cómo se te ocurre pensar algo así? — Porque he oído que… Me quedo callada, él me mira con una ceja alzada. — ¿Qué has oído? — Nada… Trago saliva, él solo me mira. — ¿Qué te han dicho sobre mí? — no contesto — ¿Quién te ha dicho algo sobre mí…? — avanza un paso hacia mí, estoy petrificada — ¿Qué te han dicho sobre mí…? — su rostro está lleno de enojo — Dime… por favor… — ¿Es cierto lo que dicen de ti…? — pregunto, retrocediendo un paso, sintiendo las lágrimas acumularse en mis ojos — Que eres peligroso… que serías capaz de arrancarme los ojos como un cuervo… — respiro hondo — ¿Eso es cierto…? — ¿Eso es lo que piensas de mí? — no respondo — ¿Por qué crees eso? — Me han contado cosas… Contesto, sintiendo mi interior temblar. — ¿Qué cosas? — vuelve a dar un paso hacia mí — ¿Quién? — Dicen que atacaste a alguien con una navaja… — nos miramos fijamente — Que le lanzaste disolvente a una persona, que atacas a las personas… — mi corazón late a toda velocidad — Que has peleado con muchos… — el rostro del chico pasa del enojo a la seriedad — Y ahora te veo con un arma, era obvio que pensaría que ibas a cometer algún atentado… — nos volvemos a mirar a los ojos — Era obvio con todo lo que me han contado que has hecho… como que golpeaste a los amigos de Lorcan o a sus hermanos — el chico suelta una risita burlona — ¿Es verdad? — ¿Por qué no le preguntas a tu noviecito? — siento un hincón en el pecho al oír eso — O mejor ahórratelo, al fin y al cabo, tú les crees — Eso no es cierto… — ninguno aparta la mirada — No les creo, por eso te pregunto si es cierto — No soy tonto, me doy cuenta — las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas — Una parte de ti les cree, sin pensarlo, a ojos cerrados, de lo contrario no estarías llorando — Lloro porque… — Lo sé, es por el miedo que sentiste — abro al máximo los ojos, no entiendo cómo este sujeto logra leerme la mente y saber cómo me siento — Y sentiste miedo porque me temes y me temes por todo lo que te han contado de mí y me temes por ello porque les creíste… tú les crees… tú piensas que yo soy una mala persona que sería capaz de atacar adolescentes o matar ancianos con un arma de fuego — más lágrimas caen por mis mejillas — Pero sabes una cosa, no lo soy, pero las personas solo reacción al ver la explosión, no cuando colocan los explosivos, las personas solo ven al chico que golpeó a un riquillo imbécil y no cómo este día y noche insultó a mi padre y lo trató como un esclavo y no como un ser humano — abro al máximo los ojos — ¿Quieres hablar de cosas obvias? — su rostro destila odio — Es obvio que golpearía a cualquiera que se atreviese a insultar a mi padre y es obvio que me defenderé de cualquier imbécil que quiera meterse conmigo solo porque creen que tienen el derecho a hacerlo, como los hermanos de tu noviecito… — ¿Ellos te han atacado alguna vez? — Créeme si quieres, no me importa — contesta — No me interesa que me creas… — nos miramos fijamente — Pero no soy una mala persona — Jamás creí que lo fueses… El rostro del chico cambia a uno de sorpresa. — Pero me temes… — Me das miedo porque siempre actúas como si me odiaras… Más lágrimas caen por mis mejillas. — Niñata, no te odio… Suelto un sollozo, jamás creí que esa combinación de palabras alegraría tanto mi día. — ¿En serio? Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, sorbiendo por la nariz. — No me agradas, pero eso no significa que te odie… — Oh… — sonrío sin poder contenerme, él me devuelve el gesto — Es bueno saberlo… — Eres… tan rara… — suelta una risita — Después de todo lo que te acabo de decir, lo único que te importa es el saber que no te odio… — ¿Tiene usted algún problema con ello? — ¿Por qué te importa tanto…? Nos miramos de nuevo. — No lo sé… — contesto en un susurro — Jamás he sido odiada… — Eso no es verdad… Vuelve a reír. — Claro que sí Le miro con confusión. — No… — niego con la cabeza — Nadie me odia — Pues entonces están tan metida en tu burbuja que no eres consciente de que existe un gran grupo de personas que te odia — ¿Cómo los miembros del Círculo Rojo? El chico me mira con los ojos bien abiertos. — ¿Quién te habló de ellos? — Entonces es cierto, sí existen El chico aparta la mirada, tiene una cicatriz en el cuello. — ¿Qué sabes de ellos? — No mucho — contesto — Solo que están en contra de mí y mi familia — nos miramos fijamente por enésima vez — Y que tú los apoyas — Pues eso debería de romper tu burbuja — se acerca más a mí, parpadeo varias veces — Existen muchas personas que están en tu contra, personas que realmente te odian… — ¿Me harían daño? — pregunto, mirándole a los ojos — ¿Me harías daño…? — Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho — mi corazón comienza a latir con lentitud — Te recuerdo que nos conocimos porque te salvé la vida… — Y hoy impediste que un ancianito me disparara una flecha de juguete… Suelto una risita, él también ríe. — Y hoy impedí que te dispararan… — Nadie nunca había evitado que me disparasen… — los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas — Nadie nunca había querido dispararme… — ¿Por qué lloras? Me mira como si me hubiese vuelto completamente loca. — Porque me siento agradecida… — nos volvemos a mirar — Gracias… — No llores, niñata — saca un pañuelo de su bolsillo — Toma… — Que bonito… — lo miro, tiene bordado hermoso de una enredadera con rosas formando un nombre — Isabelle… — le miro — ¿Es el nombre de su madre? — Era… — me limpio las lágrimas — Murió hace tres años… — Sí… lo sabía… — el chico del arete me mira con una ceja alzada — Lyn se entera de muchas cosas — técnicamente no es mentira — Lo que no sabía era que su mamá trabajó aquí… — Ah… sí… Se rasca la nuca, haciendo una mueca de notoria incomodidad. — ¿Por eso usted quiso hacer su voluntariado aquí? — He sido voluntario de este lugar desde los diez años… — contesta, volviendo a esbozar su mirada de seriedad — Vamos donde Louise, serás tú quien le explique por qué los ancianos tienen derecho a doble ración de postre — ¿Por qué yo? — Porque es tu culpa Contesta, soltando una risita. — Oh… — Descuida, Louise no es mala persona — asegura, sonriendo — De quien debes de cuidarte es de Ana Rose, ella sí que da miedo y es muy estricta, apaga las luces exactamente a las nueve y quien no acate la norma se queda sin caramelos — Parece que conoce a todos muy bien… — Ya te dije, he sido voluntario en este lugar desde los diez años — ¿Con su mamá? Comenzamos a caminar. — Sí… — vuelve a sonreír, una sonrisa nostálgica — Ella siempre me traía, era el único día en el que salía de Cordelia — ¿Usted siempre ha vivido en el castillo? — el chico del arete asiente con la cabeza — Debe de haber sido una infancia muy agradable, todos los días viendo el hermoso castillo medieval y pudiendo jugar en el bosque — Sí… fue una infancia muy bonita — le miro, el sarcasmo ha sido muy notorio — La única razón por la que estudio en Cordelia y no en la preparatoria de Bellcliff, es porque me ofrecieron una beca en compensación — ¿Compensación? — nos detenemos — ¿Compensación sobre qué? — Niñata… — frunce el entrecejo — ¿Por qué quieres investigarme? — Yo no intento investigarle… — balbuceo — Yo… solo… — no sé qué decir — Quisiera que nos lleváramos bien, que seamos… — le miro a los ojos — Amigos… — ¿Quieres que seamos amigos? — asiento con la cabeza — Y no me vas a dejar en paz hasta entonces ¿Verdad? — vuelvo a negar con la cabeza — j***r… — ¿Se puede? Volvemos a mirarnos. — Primero explícale a Louis lo del flan y tal vez lo piense — ¿Tal vez lo pienses? — no puedo evitar sonreír — Eso no es “No” — Es un tal vez — niega con la cabeza, soltando una risita — Niñata, eres irritante — Usted también, chico del arete Reímos, no puedo creer que esté riendo con el chico del arete. — Vamos niñata… — ¿Después del voluntariado, usted tiene alguna actividad planificada? Pregunto de pronto, intentando llevarle el paso. — Ayudar a mi padre con algunas cosas e ir al bazar de Lloyd por unas acuarelas… ¿Por? — ¿Acuarelas? ¿Va a pintar algo? — Deja de interrogarme, niñata — Perdón… — el chico vuelve a negar con la cabeza — ¿Quisiera usted ir a almorzar conmigo y mis compañeras? — ¿Almorzar? — me mira con una ceja alzada — ¿Contigo? ¿Y las locas de tus amigas? — Compañeras Le corrijo. — ¿A dónde? — Quizá a ese pintoresco restaurante cerca de la plaza — Ah… — nos miramos — Irá el imbécil de tu novio — No lo sé, quizá sí… — siento algo de incomodidad al oír sus palabras — Ustedes podrían llevarse bien si lo intentasen, dudo que Lorcan haga las mismas cosas que sus hermanos — Sí… claro… — niega con la cabeza, riendo con amargura — Como se nota que no conoces a tu novio — ¿Qué quieres decir? — Que no sabes las atrocidades que hizo junto con los otros miembros de la residencial Charles Dickens… — ¿Atrocidades? Le miro sin entender. — Mejor nos apresuramos, aún hay muchas cosas que hacer y la hora pasa — Espere… — corro detrás del chico del arete — No puede dejarme en este estado… — el chico no se detiene — ¡Ey! — Apresúrate niñata, serás mi asistenta en la clase de arte… — ¡Espere! — comenzamos a bajar las escaleras — ¡¿A qué se refiere con atrocidades?! — el chico del arete me ignora — ¡Ey! ¡Ey! — alzo la voz — ¡Ah! — ¡Cuidado! — el chico me sostiene con fuerza, mi corazón da un vuelco y no puedo hacer otra cosa salvo ver sus ojos cafés — ¿Estás bien? — Sí… Nos separamos con lentitud. — Tú nunca te fijas por donde vas ¿Verdad? — Al parecer no… Contesto en un susurro. — Realmente eres idiota, niñata… — vuelve a negar con la cabeza, me siento muy avergonzada como para decir alguna otra palabra — Vamos donde Louise — asiento con la cabeza — Si no te tropiezas hasta llegar a su oficina, te doy mi flan — ¿En serio? — le miro, él asiente con la cabeza, sonriendo, mi corazón comienza a latir a toda velocidad — Gracias… — Vamos… Asiento con la cabeza, sintiéndome menos nerviosa. He podido conocer una faceta totalmente distinta a todo lo que he escuchado sobre el chico del arete. No puedo creer que voy a admitirlo, pero en serio me alegra que quizá vayamos a ser amigos. Por otra parte, el chico del arete acaba de sembrar una duda en mí… No creo que Lorcan sea la clase de persona que acosa a otra…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD