El silencio se instaló, un silencio cargado donde la atmósfera se había vuelto peligrosa y erótica. La distancia del escritorio ya no era suficiente; el espacio entre Lucía y Gabriel se había convertido en un abismo de deseo que amenazaba con tragarlos a ambos.
Gabriel la miró. Y esta vez, la mirada no fue de profesor. Fue de un hombre que había esperado veinte años para sentir este tipo de desesperación. Su respiración se había ralentizado, y el aire olía a la madera vieja y al peligro.
—Esto va a ser difícil —dijo él, sin aliento, el uso del nombre de ella y la intimidad de sus palabras resonando en el pequeño despacho, una confesión susurrada que lo despojaba de su título y su seguridad.
Lucía sintió que el calor la subía al rostro, no solo por el rubor, sino por la adrenalina pura. La confirmación que buscaba estaba ahí. Él sentía la misma atracción destructiva. El hombre más formidable de la facultad había admitido su vulnerabilidad. Su inexperiencia se sintió como poder; ella era la que había roto la armadura. Por un instante, el futuro controlado por sus padres y su beca se desvaneció, reemplazado por la promesa caótica que emanaba de él.
Pero antes de que Lucía pudiera articular una respuesta, antes de que pudiera capitalizar esa vulnerabilidad con una palabra o una mirada, el rostro de Gabriel cambió de golpe.
Fue un instante de horror y reconocimiento. Un terror frío y paralizante. En su mente, la voz grave de Mateo retumbó con la claridad de un martillo golpeando hierro: “Si la tocas, Gabriel, me perderás a mí también. Esos padres te destruirían. Arruinarás su futuro y el tuyo sin remisión.” La palabra destruirías resonó con la imagen de Lucía, la becaria, la chica que lo arriesgaba todo por ese título, y que ahora pendía de un hilo llamado imprudencia. La intensidad de su deseo era directamente proporcional al daño que podía infligir. La culpa fue un ácido corrosivo.
Gabriel se enderezó de golpe, retirando los codos del escritorio. El movimiento fue tan brusco y repentino que el bolígrafo de plata que sostenía se deslizó y cayó al suelo con un golpe sordo, ignorado por ambos. Fue como si un resorte invisible y helado lo hubiera enderezado, negando la carne. En un segundo, el hombre apasionado que había confesado su debilidad había desaparecido, y el muro de mármol había vuelto a levantarse, más alto y más frío que nunca. La rigidez de su cuello y hombros era una declaración de guerra contra sí mismo y contra ella. Se llevó una mano al cuello y ajustó la corbata, un gesto de un hombre que necesita restaurar el orden desesperadamente.
Sus ojos verdes, que ardían con fuego hace un instante, ahora se apagaron hasta convertirse en dos cristales gélidos, duros y reflectantes. Miró a Lucía con una frialdad que buscaba cortar toda emoción.
—Sin embargo, señorita Vega —continuó Gabriel, su voz era ahora plana, distante, cortante como el cristal, calibrada para herir y repeler—. La dificultad de un tema, o la tentación que conlleva, no exime al estudiante de comprender la obligación. Y mi obligación, mi única obligación, es mantener la ética y la profesionalidad dentro de esta institución. La moralidad prohibida, como concepto, es una abstracción intelectual. Como realidad, es profesionalmente destructiva y personalmente deshonrosa.
Lucía sintió que el golpe de esa frialdad la alcanzaba en el pecho. Era más doloroso que un rechazo simple; era una negación total de la conexión que ella había creído real. Él se estaba retractando, no con una disculpa, sino con un sermón. Su intento de intimidad había sido calificado como un error intelectual.
—Profesor, yo... entiendo que la teoría... —intentó decir Lucía, buscando una palabra, un ancla, pero su boca se sentía seca y sus argumentos se desmoronaban bajo la mirada implacable de él.
—Escúcheme bien, señorita Vega —la interrumpió, su tono ya no era un murmullo íntimo, sino una orden profesional que no admitía réplica. La estaba regañando, forzándola de vuelta a su rol—. Mis comentarios sobre el desafío son puramente académicos. Cualquier otra interpretación de mis palabras, cualquier implicación personal que usted haya asumido o creído ver, es incorrecta, inapropiada, y debe ser descartada inmediatamente. No confunda la intensidad pedagógica con otra cosa. Yo soy su profesor de Ética, soy un hombre casado y con muchos años de experiencia. Mi conducta será, y debe ser, intachable. No habrá más discusiones sobre este tema fuera de las horas de clase designadas. ¿Queda claro?
El cambio era tan radical, tan absoluto, que Lucía sintió que la burbuja de la ilusión se pinchaba brutalmente. La humillación se instaló en el pecho como una piedra ardiente, pesada y fría. Él había respondido a su vulnerabilidad con un rechazo total y una clara amenaza velada. Las palabras íntimas de hacía un segundo ("Esto va a ser difícil") habían sido barridas. Ahí, en el despacho, entendió que se había equivocado: sus muros eran reales, y él se arrepentía de la fisura. Ella no era una tentación, era un problema.
Ella ya no era la dueña de la tensión; era la alumna ingenua que había malinterpretado a un profesor intimidante.
—Entiendo perfectamente, profesor —murmuró Lucía, su voz apenas un susurro de derrota. El rostro le ardía de vergüenza. El fracaso la obligó a levantarse rápidamente, deseando solo salir de la cueva del león. Su pulso latía con la decepción, no con la emoción.
—Excelente. Le sugiero que para la próxima clase se concentre en la lectura sobre la deontología. Es menos propensa a las interpretaciones erróneas —dijo Gabriel. El tono seguía siendo seco, frío, final, una espina clavada en la dignidad de Lucía.
Lucía se dio la vuelta, dando por terminada la humillante interacción. Dio un paso hacia la puerta.
Pero al dirigirse a la salida, su pie se enganchó ligeramente en un borde de la alfombra, desgastada por años de tráfico en ese punto exacto. Perdió el equilibrio por un instante.
Fue un movimiento instintivo, que rompió la armadura de Gabriel. El reflejo del hombre antes que la lógica del profesor.
Su mano se lanzó. La atrapó por encima del codo, justo antes de que ella cayera. Su agarre fue firme, fuerte, posesivo, una presión que se sintió increíblemente segura y, al mismo tiempo, peligrosa.
Lucía se quedó congelada, el rostro a solo unos centímetros de su hombro de traje. El calor de su mano, grande y fuerte, atravesó la tela de su chaqueta y su blusa, una descarga eléctrica que ignoró la negación verbal y la distancia de veinte años.
Gabriel la sostuvo un instante insoportablemente largo. Sus dedos se cerraron inconscientemente, no en un gesto de ayuda, sino de apropiación. El contacto no fue profesional; fue la desesperación de un hombre aferrándose a lo que se le prohibía.
Sus ojos verdes, que acababan de ser hielo, ahora ardían con pánico, culpa y deseo incontrolable. La fachada de mármol se agrietó y se reveló la ardiente verdad debajo.
—Tenga más cuidado, Lucía —murmuró, su voz un ronroneo bajo y peligroso, el formalismo olvidado. La sequedad había sido reemplazada por una urgencia palpable.
El uso de su nombre de pila, el calor, el agarre firme... Lucía sintió la descarga a pesar de la decepción. La frialdad había sido una mentira. Su mano en su brazo era la verdad. Su cuerpo, traicionándola, respondió con una oleada de calor que no podía controlar. La humillación se borró; él también estaba temblando.
Él se obligó a soltarla de golpe, alejándose como si su piel la quemara. Dio un paso hacia atrás, reinstalando la distancia y la vergüenza. El pánico en su rostro era evidente. Se dio cuenta de que ese simple toque había deshecho todo el trabajo de su discurso de negación.
—Retírese, señorita Vega —dijo, su voz de nuevo forzadamente profesional, intentando recuperar el control perdido, pero con un matiz de temblor que solo Lucía pudo detectar.
Lucía, con la cabeza hecha un lío de decepción y chispas eléctricas, solo pudo asentir con la cabeza.
Salió del despacho sin mirar atrás. Se fue con la certeza de que, aunque él quisiera ser profesional y distante, la conexión física era real. Su frialdad había sido una orden mental que el instinto había destrozado. Su mano en su brazo era la única verdad que importaba en el vasto universo de las mentiras académicas.
Gabriel se quedó solo, mirando la puerta cerrada, temblando ligeramente. Se tambaleó hasta el borde de su escritorio, agarrándose a él con ambas manos. Su respiración era pesada. Su mano derecha, la que la había tocado, le ardía con la sensación de su piel suave. Él había cometido un error. Un error que no podía deshacer.
El contrato ético se había roto. Y el infierno acababa de empezar.