capítulo 4

1224 Words
​Gabriel se quedó en la oscuridad creciente de su despacho, inmóvil. La luz tenue del campus, filtrada por las persianas, dibujaba barras de sombra sobre el suelo de madera noble. Su mano derecha, la que había atrapado el brazo de Lucía, seguía aferrada al borde del escritorio, hundiendo las uñas en la madera antigua. Le ardía no con calor, sino con la descarga eléctrica residual de la culpa y el deseo reprimido. ​El eco de la salida apresurada de Lucía aún vibraba en la habitación. Él había logrado el objetivo táctico: la había humillado con su frialdad, había restaurado el muro de la ética. Pero el coste había sido inmenso. El uso de su nombre de pila en el instante del roce había sido la prueba irrefutable de que el fuego era real, de que su frialdad era una mentira necesaria. ​Se levantó abruptamente, la silla de cuero chirriando en protesta contra el silencio. Caminó hacia la ventana, apoyando la frente contra el cristal frío, buscando el alivio que nunca llegaba. A sus cuarenta y un años, era un hombre que lo tenía todo bajo control: una vida trazada por la lógica y el respeto. Pero bastó la presencia de una estudiante inexperta para reducirlo a un adolescente tembloroso, atormentado por su propio cuerpo. ​Mateo tenía razón. No la destruyas, ni te destruyas a ti. ​El pensamiento era una cuchilla que giraba en sus entrañas. Si caía, arrastraría a Lucía con él. La diferencia de edad, la posición de poder, el matrimonio, el futuro profesional de ambos… todo era un abismo ético insalvable. Había logrado salvar el honor de la institución, pero la victoria era ceniza en su boca. ​Se desabrochó violentamente su corbata borgoña, la lanzó sobre el escritorio y se desabotonó los puños. Se sentía sofocado por la ropa, por las reglas, por la propia atmósfera de St. Arden. Caminó de un lado a otro, su mente luchando contra la imagen del rostro pálido y humillado de Lucía. ​Gabriel se detuvo frente a la estantería de filosofía. Sus ojos se fijaron en el tomo de Kant que había mencionado en el despacho. La moralidad del deber. ​"Actúa solo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal." ​Si él actuaba según su deseo, estaba sentando una base ética para la destrucción de la confianza entre maestro y alumno. No se trataba de su felicidad, sino de su deber. Y su deber era la renuncia. La frialdad que había mostrado era su último acto de amor ético hacia ella. La única forma de protegerla de su propia oscuridad era la distancia. ​Pero el corazón... El corazón exige su pago, y su pago suele ser violento. La frase resonaba ahora con una burla amarga. La violencia no era física, era la agonía de la renuncia, de matar una parte de sí mismo que, por primera vez en años, se había sentido viva. ​Decidió que la única solución era el aislamiento total. Cero contacto. Cero oportunidad. Necesitaba ser invisible para ella, y esperaba, con una mezcla de alivio y dolor punzante, que ella hubiera entendido el mensaje y no regresara. ​Mientras Gabriel se encerraba en su celda de mármol, Lucía, profundamente herida y humillada, se dirigía hacia el límite del campus. ​Se refugió en el oscuro pasillo de la Facultad de Psicología, lejos del ala de Profesores. Se dejó caer en una banca de piedra. La decepción era un frío glacial que había sustituido la excitación inicial. Había entrado buscando fuego y había encontrado hielo, solo para que una chispa accidental revelara que el hielo era una mentira. Lo que él sentía era miedo, pánico absoluto, pero el miedo de él era su propio y personal peligro. ​Se tocó el brazo, sintiendo el recuerdo de la presión firme. Sí, había habido una conexión. Había habido un "Tenga más cuidado, Lucía" que había negado todas sus advertencias. Pero también había habido un "Retírese, señorita Vega, ahora" que resonó con la autoridad de una sentencia. Él había elegido su deber sobre su deseo. Y ella, Lucía, debía elegir el suyo: su beca, su futuro, el sacrificio de su familia. ​No puedo volver a humillarme. No puedo poner en riesgo el único camino que tengo. ​La voz de sus padres, las facturas, el peso de las expectativas, resonaron más fuerte que la voz de Gabriel. El título lo era todo. La humillación en el despacho había sido una advertencia costosa, pero efectiva. La vida de Lucía era una línea recta de obligación, y el Profesor Stone era un desvío que conducía a la destrucción total. ​Su mente, normalmente tan ágil y analítica, se enfocó en el auto-aislamiento. No había espacio para los juegos. No había lugar para la seducción. El riesgo era demasiado grande. ​Tomó una decisión consciente y dolorosa: cortaría la conexión de raíz. Evitaría el Ala de Profesores, se sentaría en la última fila de la clase de Ética, manteniendo su cabeza baja, su expediente inmaculado, y su vida, aburrida y segura. Él había levantado sus muros; ella levantaría los suyos, hechos de deber, miedo y la dignidad de la becaria que no sería humillada dos veces. ​Cerró su laptop, sin teclear ni un solo carácter. El juego había terminado. La única victoria que le importaba era la supervivencia. ​De vuelta en el despacho, la tarde se convirtió en noche. Gabriel se quedó hasta la hora más tardía posible, revisando papeles sin absorber una sola palabra. Estaba atrapado en su propia celda de castigo. ​Cada vez que su móvil vibraba con notificaciones aleatorias, sentía un respingo de terror anticipado, esperando que fuera Lucía, reabriendo la herida. Pero el silencio persistió. ​Una hora. Dos horas. El silencio era total. El reloj marcaba las 8:30 PM. ​A medida que el tiempo pasaba, el miedo inicial de Gabriel se transformó lentamente en un alivio gélido. Ella había entendido el mensaje. Su crueldad había funcionado. La había salvado de sí misma. Él se había salvado. Sintió la leve brisa de la victoria ética. ​Alrededor de las nueve de la noche, se permitió empacar su maletín. ​"Bien. Se acabó," se dijo, sintiendo la pesadez de su triunfo. La soledad se había impuesto. ​Pero el alivio duró solo hasta que cruzó la puerta de su despacho. De repente, el silencio del pasillo no se sintió como una victoria, sino como un vacío insoportable. La ausencia de su desafío, de su mirada, era ensordecedora. ​Ella no había escrito. Ella no había insistido. Ella no había luchado por el juego. ​Lucía, la chica que había despertado su alma dormida, lo había abandonado tan fácilmente como él la había rechazado. La sensación de ser un hombre maduro y responsable fue reemplazada por la punzada de ser un hombre solo, un hombre al que se había renunciado. ​Gabriel se detuvo en el medio del pasillo de mármol. Había deseado su ausencia con todas sus fuerzas, y ahora que la tenía, se sintió castigado por la soledad que él mismo había impuesto. El precio de su rectitud era el vacío. ​El infierno había empezado. Y Lucía Vega no iba a participar en él, dejándolo solo en su tormento autoimpuesto.
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