Los días que siguieron a la confrontación en el despacho fueron una agonía silenciosa para Gabriel Stone.
Había creído que la victoria ética traería paz, pero solo había traído un vacío helado.
Había renunciado a Lucía, y ella, con la madurez de una supervivencia instintiva, había aceptado la renuncia sin luchar.
Esa quietud por parte de ella era lo que más lo atormentaba.
Si hubiera insistido, si le hubiera enviado un correo, él habría tenido un enemigo tangible; pero su silencio lo obligaba a enfrentarse al verdadero adversario: su propia soledad.
Gabriel había caído en una rutina de aislamiento.
Evitaba la sala de profesores, comía solo en su despacho y caminaba por los pasillos con la mirada fija, temiendo encontrarse con ella.
La próxima clase de Ética se cernía sobre él como una sentencia. Se había preparado mentalmente para verla allí, pequeña, distante, su existencia reducida a una sombra académica.
Gabriel había considerado que la época de las emociones incontrolables había quedado atrás. Su matrimonio con Diana era un pacto de mutua indiferencia y respeto social; el deseo era un concepto que manejaba en el aula, no en su vida.
Pero la ausencia de Lucía había cavado un agujero en su pecho, un vacío que se llenaba con una mezcla tóxica de necesidad y rabia contra sí mismo.
Estaba una tarde, aproximadamente una semana después de la visita al despacho, de pie junto a la ventana de su oficina.
El sol de otoño se inclinaba, proyectando sombras largas y doradas sobre el campus de St. Arden.
No estaba mirando realmente el paisaje, sino permitiendo que la luz inundara el despacho que ahora sentía como una celda.
Estaba repasando mentalmente la introducción de su próxima clase, intentando forzar su mente de vuelta a la lógica kantiana.
Su mirada vagó sin rumbo por los inmaculados jardines, sobre los senderos de grava y las viejas glicinas que trepaban por los muros de piedra.
Los estudiantes, liberados de sus últimas clases, se dispersaban en grupos animados, la mayoría dirigiéndose al estacionamiento o a las cafeterías cercanas.
De repente, su mente se detuvo. Sus ojos se fijaron en una figura que caminaba sola por el sendero principal, cerca de la fuente de piedra.
Era Lucía.
Llevaba unos vaqueros sencillos y una sudadera gris, su cabello castaño caía suelto, atrapando el último sol. Cargaba una mochila grande y parecía absorta en sus pensamientos, su postura ligera pero con una nueva rigidez que Gabriel reconoció al instante: la armadura de la auto-protección que él mismo la había obligado a forjarse.
El corazón de Gabriel dio un vuelco incómodo. Se obligó a concentrarse en la lista de lecturas, pero sus ojos permanecieron pegados a la ventana.
El simple hecho de verla, de saber que estaba viva y cerca, bastaba para romper su frágil paz.
Mientras Lucía se acercaba a la fuente, un sonido inesperado cortó el aire tranquilo del atardecer.
—¡Mon amour! —El grito fue fuerte, alegre, con un acento francés inconfundible, proyectándose desde un sendero lateral.
Gabriel se quedó congelado. La voz era masculina, joven, llena de una familiaridad íntima que lo golpeó como un puñetazo.
Lucía se detuvo de golpe. Levantó la cabeza, su rostro, que él había visto tan pálido y humillado, se iluminó con una sonrisa amplia, genuina y totalmente sin reservas. Era una sonrisa que él nunca había provocado, una sonrisa que borraba toda la tensión y la culpa que ella había experimentado en su despacho.
En el mismo instante, un joven alto, rubio y con el pelo revuelto, vestido con ropa deportiva de la universidad, salió corriendo del camino arbolado.
La escena que siguió se desarrolló ante los ojos de Gabriel con la claridad brutal de una película proyectada en la ventana de su alma.
Lucía, al ver al joven, soltó su pesada mochila sin pensarlo, dejando que sus libros cayeran en la grava. Se lanzó a correr hacia él. El joven la alcanzó y, con una fuerza atlética, la levantó del suelo por la cintura. Sus piernas se envolvieron alrededor de su torso.
Los dos giraron y giraron por el césped, riendo a carcajadas bajo el sol poniente, en un abrazo que no era de amistad ni de simple alegría, sino de posesión juvenil, física y completamente libre de culpa.
La escena era la quintaesencia de la ligereza y el amor joven, desprovista de las cadenas de la ética o la edad.
El joven la sostuvo sin esfuerzo, un acto de fuerza que gritaba "mía" en cada giro.
Finalmente, el joven la bajó, pero no la soltó. La mantuvo pegada a su cuerpo, la frente contra la frente de ella, sus narices rozándose mientras compartían un momento de intimidad absoluta y miradas que Gabriel no podía escuchar.
El joven hundió una mano en el cabello suelto de Lucía, y la otra la sostuvo firmemente por la espalda, atrayéndola contra su cuerpo en un gesto de afecto posesivo que no dejaba lugar a dudas.
Gabriel sintió que un cable se rompía dentro de su pecho.
La sensación no era tristeza, ni decepción. Era una punzada aguda, violenta, que se transformó casi instantáneamente en una furia helada.
Nunca se le había ocurrido pensar en eso.
En el universo riguroso que había creado para Lucía—la becaria, la virgen emocional, la tentación inalcanzable—no existía la variable de un novio.
Nunca se le ocurrió pensar que ella tenía una vida, una intimidad fuera de los límites de su aula. Nunca se le ocurrió que alguien más tenía el derecho y la libertad de:
Gritarle "Mi amor" en francés, el lenguaje del romance.
Levantarla y girarla con esa intimidad descarada y ese contacto corporal.
Tocar su cuerpo, hundir su mano en su cabello, sostenerla por la espalda con una familiaridad que trascendía la amistad.
La imagen de esas manos en su cintura, de esa cercanía de aliento, activó en Gabriel un instinto primitivo que había creído muerto a los veinticinco años.
La rabia se acumuló en su garganta, un nudo espeso de celos adolescentes y humillación adulta.
Se sintió furioso. Furioso por sentirse así, por ser el espectador humillante de una felicidad que él no podía tocar.
Parecía un estúpido adolescente, un voyerista lleno de celos patéticos y una rabia irracional. La idea de que ese joven, con veinte años y sin la carga de la ética, pudiera poseer sin pensar lo que él no podía tocar por su edad y su deber, era insoportable.
Apretó los puños, las venas hinchándose en su cuello. Quería gritarle al joven que se alejara, quería correr escaleras abajo y arrancar a Lucía de ese abrazo, no para tocarla, sino para destruir la imagen de su felicidad compartida.
¿Por qué? ¿Por qué la rabia?
Se preguntó, su mente académica intentando frenar la tormenta.
El nudo en la boca de su estómago se tensó hasta el dolor.
Eran celos puros, primarios, sin barniz de lógica.
Era el reconocimiento brutal de que no solo había renunciado a la posibilidad de tenerla, sino que alguien más ya la tenía.
Y ese alguien no era un rival igual, sino una versión más joven, libre y feliz de sí mismo. La renuncia ética que él había ejecutado con tanto dolor no le había dado la paz; solo le había dado el dolor de la exclusión.
Se obligó a alejarse de la ventana, girando sobre sus talones. Caminó hacia su escritorio, tambaleándose ligeramente, y golpeó la palma de su mano contra la pila de libros de Ética.
—Maldita sea —murmuró, su voz ronca de furia contenida.
Él se había consolado con la idea de que su deseo era noble, reprimido por un código superior. Pero ahora, los celos le gritaban la verdad: su deseo no era noble, era posesivo, y su renuncia solo le había dejado la derrota.
El chico francés se había quedado con el premio sin esfuerzo, mientras Gabriel se quedaba con el tormento de Kant.
La furia era una excusa. La verdadera emoción era el miedo a la irrelevancia. Él era el profesor viejo y aburrido, el que se escondía detrás de la deontología, mientras que el joven era la vida que Lucía merecía y ya tenía.
Se desplomó en su silla, cubriendo su rostro con ambas manos. El despacho, su refugio, se había convertido en un campo de batalla donde la lógica había perdido la guerra contra la biología.
El nudo de rabia en su vientre se convirtió en una determinación sombría.
La renuncia había fallado. No había traído paz. Había traído la visión de su objeto de deseo en los brazos de otro hombre.
El código de conducta institucional ya no parecía un escudo; parecía una prisión que lo estaba ahogando.
Él había intentado ser el hombre ético, y Lucía, al encontrar la felicidad en otro, lo había condenado a la agonía de la observación.
El dolor del deber había sido tolerable, pero el dolor de los celos era un catalizador que rompía toda barrera autoimpuesta. Gabriel ya no luchaba por ser ético; luchaba por destruir la imagen de ese abrazo.
Tenía que hacer algo. Tenía que recuperar el control de la situación. Y la única forma de hacerlo era acercarse, reabrir la herida, y obligar a Lucía a enfrentarlo a él, no a su estúpido novio francés.