Capítulo 6

1793 Words
​La decisión de Gabriel de romper su renuncia se había solidificado durante toda la noche. El fuego de los celos había quemado el pergamino de su ética. Su nuevo plan no era la seducción, sino la interrupción. Él no podía tenerla, pero podía asegurarse de que nadie más la poseyera en su territorio. El aula de Ética, su dominio, sería el campo de batalla. ​Llegó a la clase del martes con un humor sombrío, las sienes latiéndole. Sus ojos mostraban un cansancio que iba más allá de la falta de sueño; era el agotamiento de una guerra interna. Había repasado sus apuntes sobre el Utilitarismo, pero cada línea sobre la "mayor felicidad para el mayor número" le parecía una burla. Su propia "mayor felicidad" había sido brutalmente negada, y ahora, en lugar de paz, sentía una rabia helada y controlada. ​Se paró detrás de su atril, intentando proyectar su habitual estoicismo. El aula comenzó a llenarse. Los minutos se arrastraban, y Gabriel buscaba ansiosamente la tercera fila, preparado para ver a Lucía escondida, aplicando su estrategia de auto-aislamiento. ​Pero la puerta se abrió en el último instante, y la escena que presenció lo golpeó con la fuerza de un déjà vu del jardín. ​Lucía entró, pero no venía sola. Estaba flanqueada por el joven del jardín, el chico que había gritado "Mon amour" y que lo había humillado con su felicidad descarada. ​Lucía caminaba con una sonrisa contenida, riéndose de algo que Louis le susurraba al oído. Sus cabezas estaban demasiado cerca. Louis llevaba el brazo casualmente alrededor de los hombros de Lucía, un gesto de posesión ligera que no era ilegal, pero que era una afrenta directa al corazón de Gabriel. El joven era la encarnación de la ligereza y la libertad que él había perdido. ​Ambos se dirigieron a la segunda fila, ocupando los asientos centrales, justo donde la visibilidad era máxima. Lucía pareció evitar el contacto visual con el atril, su postura era tensa, pero Louis la miraba con una adoración que revolvió el estómago de Gabriel. ​Gabriel esperó un segundo de silencio punzante. Su voz, cuando finalmente habló, era baja, cortante, y resonaba con una autoridad no académica. ​—Señorita Vega, veo que ha traído compañía. ​Lucía levantó la cabeza, su rostro volviéndose pálido bajo su mirada intensa. ​—Buenos días, Profesor Stone —dijo ella, con un tono extrañamente profesional, como si intentara minimizar la situación—. Este es Louis Fournier. Acaba de regresar a St. Arden. ​Gabriel ignoró a Lucía y fijó sus ojos verdes, ahora casi febriles, en el joven. La rabia, el motor de su plan, se hizo evidente en la rigidez de su mandíbula. ​—Señor Fournier —dijo Gabriel, acentuando el apellido con una dureza innecesaria—. ¿Podría explicarle a la clase por qué ha irrumpido en una clase de nivel avanzado? ​Louis se levantó con una confianza molesta, su acento francés marcado y musical, el mismo que Gabriel había escuchado gritar desde su ventana. ​—Bonjour, professeur. —Louis hizo una ligera inclinación, sin un ápice de sumisión—. Mi nombre es Louis Fournier. Estuve en París las últimas semanas, con mi madre. Apenas llegué hace dos días a la ciudad, así que pido disculpas por la interrupción. Pero sí, estoy matriculado en esta clase. Debí contactar con usted, pero el jet lag me ha vencido. ​La mención de "París" y "jet lag" para justificar su ausencia en algo tan serio como una cátedra, le pareció a Gabriel la cúspide de la arrogancia joven y privilegiada. ​—Bien, señor Fournier. Espero que se ponga al día. La ética es una materia que no perdona las lagunas —dijo Gabriel, asintiendo fríamente. ​Gabriel comenzó la clase con la intención de sumergirse en la filosofía y olvidar las distracciones. Habló sobre el imperativo categórico de Kant. Su voz era magnética, profunda, su arma habitual. Los primeros diez minutos, Lucía lo escuchó, sus ojos fijos en sus apuntes, su postura de "buena estudiante" restaurada. ​Pero la presencia de Louis era un cáncer en el aula. ​Louis se inclinó repetidamente hacia Lucía, susurrando comentarios, riendo quedamente y señalando cosas en un libro de texto con el dedo demasiado cerca del brazo de Lucía. Era un constante e incesante recordatorio de su intimidad. Lucía intentaba ignorarlo, asintiendo con la cabeza, su rostro ligeramente tenso, pero el joven no se detenía. ​Gabriel, que se había obligado a concentrarse en la ley moral, sintió que un calor abrasador le subía por el cuello. La rabia se desbordó, rompiendo su fachada profesional. ​Se detuvo en medio de una frase sobre la universalidad de la máxima. El silencio cayó sobre el aula como una guillotina. ​—Señorita Vega —dijo Gabriel, su voz baja y peligrosamente tranquila—. Y usted, señor Fournier. Veo que tienen una conversación de suma importancia que está interfiriendo con la clase. ¿Podrían, por favor, terminar su charla o separarse? La ética exige concentración indivisa. ​Lucía se sobresaltó, sintiendo que todas las miradas se posaban en ella. La vergüenza era inmediata. ​—Profesor, lo siento mucho, solo estaba... —intentó excusarse. ​—No. Ahora mismo, cámbiense de asiento —ordenó Gabriel, sin darle oportunidad de terminar. La orden era un ataque directo, su plan de "interrupción" ejecutado con una crueldad que no pudo contener—. Señorita Vega, a la última fila, por favor. Y usted, señor Fournier, tome el lugar de la señorita Vega. Necesito que la concentración regrese al aula. ​La humillación de Lucía era palpable. Louis, sin embargo, solo sonrió con un aire de indulgencia y sarcasmo. ​—Pas de problème, professeur. —dijo Louis, recogiendo sus cosas—. Parece que estamos siendo una distracción. Lo siento, mon cœur. ​Lucía se levantó, con el rostro encendido. Ella no entendía el nivel de hostilidad en el profesor. Desde el incidente en el despacho, él parecía diez veces más molesto, irritado. Ella, que era una observadora innata, notó sus ojeras, su postura más tensa, la frialdad que irradiaba. Se preguntó si estaba pasando por un mal momento, si la irritación era personal y no académica. ​Lucía se dirigió a la última fila. La distancia entre ella y Gabriel era ahora máxima, pero la tensión se había quintuplicado. El resto de la clase transcurrió en un silencio tenso. Gabriel terminó la clase de forma brusca, despidiendo a los alumnos casi de inmediato. ​Lucía se quedó sentada, recogiendo sus cosas lentamente. Louis se acercó a ella. ​—Mon amour, espérame un segundo —dijo Louis, con voz normal, pero sin importarle que Gabriel estuviera a solo unos metros, recogiendo sus propios papeles—. Voy a hablar con el profesor para ponerme al día con el trabajo del seminario de Rousseau. Y sobre el viaje a Saint Andrews. Te veo afuera. ​Louis caminó hacia el atril con una desenvoltura irritante. Lucía no tuvo más remedio que seguir de cerca. ​Louis se detuvo frente a Gabriel. Lucía estaba a solo dos pasos, su corazón latiéndole furiosamente por la cercanía forzada. Podía oler el papel viejo, el café, y la colonia oscura y especiada de Gabriel. ​—Profesor Stone —dijo Louis, con su acento musical—. Ya que la señorita Vega está aquí, solo quería asegurarle que mañana me pondré al día con las lecturas. Y también quería confirmarle que sí iremos a Saint Andrews el próximo fin de semana. ​Gabriel levantó la mirada del atril. Sus ojos verdes se encontraron con los de Louis. No había burla en Louis, solo la confianza del que no tiene nada que ocultar. ​—Saint Andrews es el seminario de tesis opcional, señor Fournier. No tiene relación con esta clase. ​—Lo sé, profesor. Pero la señorita Vega y yo viajaremos juntos. Y como sé que usted también estará allí—dijo Louis, con una sonrisa amplia—, quería avisarle que estaremos en el mismo hotel. Para cualquier consulta de última hora. ​Gabriel se quedó en silencio, absorbiendo el golpe del "viajaremos juntos", el "mismo hotel" y el "nos veremos pronto" implícito. ​Lucía sintió que el aire se cortaba. Dio un paso hacia atrás. ​Gabriel se obligó a ignorar el tamborileo de su propia sangre. Sus ojos se movieron de Louis a Lucía. Su mirada se detuvo en los labios de ella, luego en el brazo que Louis había tocado. ​—No tengo problema con su agenda personal —dijo Gabriel, su voz era un hilo de control—. Solo quiero dejar una cosa clara para los dos, señorita Vega, señor Fournier. No voy a tolerar muestras de afecto de ningún tipo durante mi clase. Este es un entorno académico. No es un pasillo de residencia estudiantil. Les exijo que mantengan el control sobre su relación sentimental mientras estén en mi aula. ​Louis y Lucía se miraron. Lucía estaba mortificada. Louis, sin embargo, se rió suavemente, una risa que a Gabriel le pareció condescendiente. ​—Entendido, Profesor —dijo Louis, la burla apenas velada—. Está bien, intentaré mantener mis manos lejos de Lucía durante su clase, aunque me cueste tanto. Me esforzaré. ​Lucía sintió que el rostro se le encendía por la audacia de Louis. Ella rió, una risa repentina, clara y brillante que resonó en el silencio del aula. Era una risa honesta, el sonido más hermoso y libre que Gabriel había escuchado en toda su vida. ​Esa risa le dio un vuelco violento al corazón de Gabriel. Fue la chispa de la vida que él había anhelado. Pero estaba dirigida al otro hombre. ​—Louis, ¡cállate! —reprendió Lucía, intentando sonar seria, pero su sonrisa la traicionaba. ​—Nos vemos en la próxima, profesor —dijo Louis, dándole a Lucía un rápido apretón en la cintura, justo en el límite de lo aceptable, y luego la tomó por la mano. ​Lucía se despidió con un rápido asentimiento. ​—Hasta luego, Profesor Stone. ​Salió del salón, siendo guiada por la mano de Louis. Lucía iba temblando, no solo por la humillación del regaño, sino por haber estado tan cerca de Gabriel, por el fuego de sus ojos mirándola. ​Gabriel se quedó solo. Su corazón latía con una violencia espantosa. El aire olía a la colonia cara y fresca de Louis, un olor a juventud que asfixiaba el aire rancio del escritorio. Él había intentado separarlos y solo había logrado confirmar su intimidad. ​El juego acababa de volverse personal. Y él había perdido la primera ronda.
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