DOMINIC
Solo queda una semana hasta que por fin me cobre mi venganza con Marco De Luca.
Va a ser la semana más jodida de mi vida.
Como detesto pasar el tiempo rumiando mi propio pavor, he decidido pasar la semana en mi villa de Tivoli para evitar el inminente desastre del contrato matrimonial.
Es un pequeño capricho. Algo que me doy antes de que mi vida se vaya totalmente al infierno y me convierta en la villana de tantas historias.
Es un precio que estoy dispuesto a pagar si eso significa que al fin vengarán a nuestros padres.
Respiro hondo, inhalando el ligero aroma de las flores de azahar de los árboles esparcidos por la propiedad.
Me encanta este lugar. Es la única de nuestras muchas propiedades y posesiones que es verdaderamente y completamente mía. La compré hace siete años, pensando en que la villa sería un regalo de bodas para la hermosa y joven Catalina De Luca.
Nunca la vio, así que se convirtió en un regalo para mí. Es un refugio, por así decirlo, que he usado muchas veces desde aquella horrible noche.
Si tuviera que hacerlo, sin embargo, la cambiaría por recuperar a mis padres en un abrir y cerrar de ojos.
Me saca de mi ensoñación el sonido nítido de tacones golpeando el pasillo de mármol hasta mi despacho. —Jefe —toca mi hermana gemela Gia en el marco de la puerta en un gesto muy somero de respeto antes de entrar en mi espacio—. Nueva información.
Hago una mueca.
Primero, Gia solo me llama «jefe» cuando trae noticias realmente jodidas.
Segundo, si la información es nueva, no la quiero.
El plan era perfecto tal y como lo tenía. Si hay ajustes, si hay cambios de rumbo...
Esa perfección se ha ido.
Y yo no acepto otra cosa que no sea la perfección.
Murmuro un improperio en italiano antes de mirar a mi hermana. —¿Qué pasa, Gia?—
Ella alza las cejas y sus manos crujen como si se contuviera de darme un puñetazo en la cara.
Bueno.
Supongo que eso nos hace dos.
—Tu prometida es sospechosísima. —responde.
Bufo. Sé que es verdad: durante años ella fue simplemente ignorada por mí, así que no invertí tiempo en encontrarla ni en mantenerla en un sitio.
Sinceramente, nunca quise volver a ver a Catalina De Luca.
Y aun así...
Suspiro.
Ser un Vitale es un sacrificio. Nos cuesta todo y nos lo da todo.
Estoy seguro de que mi padre no pensó que eso llegaría a incluir el costo de su vida cuando lo dijo, pero aquí estamos.
Ambas vidas, perdidas.
Entregadas a la familia. Al negocio. Dadas en servicio de un trato con el diablo que llevaba la cara de un amigo.
Los De Luca fueron cercanos a nosotros una vez. Americanos, aunque sus ancestros vinieron de Italia, fueron la puerta de mi familia al océano de compradores sin explotar que ofrecían los Estados.
De algún modo, todos ellos acabaron entre rejas. Lo que menguó su capacidad para operar puertos y encontrar mercados para nuestras exportaciones.
Lo que significó que dejaron de sernos útiles.
Nunca me cuadró que mi padre hubiera hecho ese estúpido pacto con los De Luca. No los necesitábamos.
Tras la pérdida de control en el Puerto de Nueva York, encontramos otras vías. Los rusos. Los japoneses. Incluso los irlandeses ofrecían una ruta más prometedora al mercado americano que los De Luca.
Pero después de un fin de semana en Atlantic City, mi padre volvió y declaró que él y Antonio De Luca habían llegado a un acuerdo. Un arreglo. Uniendo a las dos familias.
Un hijo mayor por una hija mayor.
La ironía, claro, es que la hija mayor también era la hija más joven. Seis años menor que yo, Catalina De Luca empezó siendo la hermanita de mi amigo Marco.
Así la veía yo. Durante años. Sabía, por supuesto, que en algún momento nos casaríamos.
Mi padre me dejó muy claro cuando entré en la adolescencia que cualquier compañía femenina que consiguiera tendría que ser, en el mejor de los casos, sin compromisos, porque Catalina De Luca sería mi esposa algún día.
Como todos los hombres de mi familia, mi padre apreciaba a las trabajadoras sexuales y a las amantes, y aunque no desalentaba su uso, sí me insistía en mantenerlo en secreto. No me hicieron falta dos avisos, y tampoco era que pudiera andar de fiesta demasiado.
Al fin y al cabo, en cada reunión privada o club al que iba, el hermano mayor de mi novia estaba justo a mi lado.
Supongo que echaré de menos a Marco.
Si no fuera porque lo odio con tanta violencia.
—¿Cuál es la información, Gia? —digo con exactamente la exasperación que siento.
Ella deja caer un sobre con fotografías. —Guardaespaldas. Las 24 horas. Parece que solo uno. Un condominio. Creo que cuida de una niñita de la familia. ¿Alguno de los hermanos tuvo una aventura que olvidó mantener en secreto?—
Los juegos de palabras de Gia me van a matar.
Siempre existe, claro, la posibilidad de que cualquiera de los múltiples actores que desean mi caída no resulte efectiva.
—Probablemente no Marco. —respondo—. Imagino que recibió el mismo énfasis que yo sobre "accidentes"... deslices.
—¿Y los otros? —incita ella.
Frunzo el ceño. —Dino y...—
—Sal. El sexy —aclara ella.
—Gia. Es tres años menor que tú. —protesto.
Ella arquea una ceja. —La sensualidad no tiene edad. —Ugh. Suena tan americana.— Es el hijo del hombre que mató a nuestros padres. —le recuerdo.
—Sí, sí. Sigue siendo sexy. En fin. ¿Alguno de los dos tiene un bebé sorpresa? —pregunta.
Suspiré. —Deberíamos investigarlo. Ese tipo de palanca puede ser útil.
—¿Más útil que casarse con su preciosa hermanita angelical? —su tono es cortante. Sé que no aprueba este plan.
Sin embargo, es la mejor opción.
—Tendremos un plan B. Si el niño resulta útil, lo aprovecharemos. Si Catalina es la pieza más útil, la usaremos. Averigüemos quién es el padre y a partir de ahí actuaremos. —digo.
Gia recoge las fotos y las toca con brusquedad, reuniéndolas en un solo montón. —Sabes —dice con una pausa—, no tienes por qué hacer esto.
Cierro los ojos. —Otra vez con eso, Gia. —
—Escucha. Podemos enviar a Enzo. Puede abrirse camino en la organización... —propone.
—¿Enzo, que es casi idéntico a Padre a esa edad? —interrumpo.
Gia niega con la cabeza. —No lo conocen. No es como si hubiese una foto suya por la finca De Luca o algo así. —
—Marco lo sabrá. Pasó mucho tiempo con Padre y conmigo. —
—Lo sé, pero si pudiéramos encontrar el contrato... —insiste ella.
Doy un puñetazo sobre mi escritorio. —¡Basta, Gia!—
El dolor en sus ojos me corta, pero mantengo la mirada. Gia y yo somos gemelas fraternales, pero nos parecemos tanto que cuando éramos pequeñas y llevábamos esos horribles cortes en tazón, la gente nos confundía.
Ella es mi hermana. Mi mejor amiga. Mi confidente más cercana.
Y aun a ella, le parezco un monstruo.
Sacrificio. —No buscamos el contrato, Gia. No tiene sentido. La única manera de obligar a Marco y a los De Luca a admitir que mataron a nuestros padres es usar su mayor debilidad en su contra.
Catalina es joven. Es ingenua. Ha sido sobreprotegida por tres hermanos mayores que harían cualquier cosa por ella, y es la persona que les hará más daño cuando la usemos. —
La expresión de Gia se endurece. Sus labios se tensan y las comisuras de los ojos parecen apretadas.
—Entiendo, jefe. —dice.
Con eso, se marcha.
Me echo hacia atrás en la silla. Me palpita la cabeza y me inclino para pellizcar el puente de la nariz con los dedos. El aire con aroma a azahar me rodea de nuevo y respiro hondo, dejándolo calmarme mientras intento pensar más allá del pulso en mi mente.
Todo lo que dije sobre Catalina es cierto.
Es la menor de los De Luca. Ha estado dolorosamente protegida por sus tres hermanos mayores hasta el punto de que su inocencia es tan evidente en su rostro que casi se palpa.
Después de que Marco y yo terminamos la escuela de negocios, volví a Italia. Una educación americana durante la juventud había sido suficiente para mi familia, pero la promesa de un título empresarial era mía.
La última vez que vi a Catalina antes de la fiesta de compromiso, tenía catorce años. Era pura piernas y gafas y rizos salvajes. Recordando a Gia a esa edad, fui cortés pero indiferente. Mantuve una gran distancia con ella, porque era una niña.
Cuando la volví a ver en nuestra fiesta de compromiso, esperaba a esa niña.
Pero en su lugar apareció una mujer.
Creo que Marco me pellizcó un poco fuerte cuando su hermana, del brazo de Sal, el hermano más cercano a ella en edad, entró en la sala.
Respiro de nuevo las flores cítricas. Dio santo, recuerdo todo sobre esa noche.
Su vestido. De un color lila que la hacía parecer una princesa de cuento.
Cómo su piel brillaba a la luz de las velas.
La forma en que sus labios redondearon mi nombre, dándole sílabas que conocía, pero oírlas pronunciadas por ella me hacía sentir renacer.
La forma en que sus ojos destellaban cuando bailamos.
La mandíbula me tiembla mientras intento impedir recordar más.
Porque hay mucho más que recordar.
La dulce sorpresa de sus labios cuando los abrí con mi lengua. Los pequeños ruidos que hacía cuando yo le bajaba el vestido de los hombros, dejando sus pechos firmes al fresco de la noche.
La forma en que jadeó mi nombre, primero al llegar al extremo de mis dedos, luego al llegar...
Alto.
La orden es definitiva. Me arranco, pataleando y gritando, de la memoria de Catalina que inunda mis sentidos. Es un festín para mi imaginación, y mi mente no quiere más que quedarse y atiborrarse con cada pequeño detalle de esa noche.
Sin embargo, ese camino es locura.
Lo sé.
Porque he estado luchando contra ello desde que nos separamos aquella noche.
Hace tiempo que dejé de sentir afecto por Catalina. Tal vez una vez lo sentí. Aquella noche bajo las estrellas pensé que no tenía malicia.
Pero, como todo en ella, fue una mentira.
Una mentira cuidadosamente diseñada para disfrazar las verdaderas intenciones de la cena esa noche.
Para encubrir un asesinato.
No tengo duda de que los De Luca no pensaban cumplir su trato. Claramente pusieron a una Catalina dispuesta delante de mí como cebo, para distraer a mis hermanos y a mí de su verdadero objetivo.
Mi garganta devuelve el sabor amargo que siento en el estómago.
No sé nada sobre Catalina De Luca, a pesar de que pensé que quizá sí lo sabía.
Creí conocerlos a todos.
Suelto una carcajada amarga antes de poder evitarlo.
Dudo que siquiera fuera virgen. Seguro tendría algún truco para explicar por qué estaba tan cerrada, o de dónde salió la sangre esa noche.
Después de todo, ella me ocultó todo lo demás.
¿Qué motivo tendría para creer lo contrario?
No, no hay duda: los De Luca orquestaron la muerte de nuestros padres. Quiero encontrar cierto regocijo amargo en la idea de que, mientras nuestros padres fueron asesinados, los de ellos también lo fueron.
Pero probablemente solo fue parte de un plan que salió mal.
Marco no es tan inteligente como yo.
Sin embargo, después de seis años buscando el contrato original y tratando de encontrar pruebas que justificaran un ataque retaliatorio, mis esfuerzos fueron alarmantemente infructuosos.
No iba a arriesgar un ataque abierto contra ellos. No sin pruebas.
Puedo ser un criminal y un degenerado, pero hasta yo sé que no se empieza una guerra sin aliados.
Y los aliados necesitan pruebas.
Especialmente en nuestro mundo, los De Luca eran pequeños, pero obstinadamente bien conectados. A pesar de la notable cantidad de ellos que fue encerrada en el gran depurado de familias en los 80 y 90, ninguno traicionó a sus aliados internacionales.
De hecho, muchas otras organizaciones todavía respaldaban a esos asquerosos, y eso no me servía.
No quería venganza contra ellos. No exactamente.
Quería aniquilación.
Nadie ataca a la gente que amo y sobrevive. Esto era tan cierto entonces como ahora. Protejo mis intereses comerciales con una ferocidad conocida en todo el mundo, pero esa intensidad palidece comparada con la forma en que protejo a mi familia.
Los De Luca me dañaron. Dañaron a mis hermanos. Nos quitaron a mi padre y a mi madre, lo que al final rompió el corazón de nuestra Nonna.
Nos hirieron.
Y ahora les tocaría a ellos sufrir.
Para borrarlos completamente del planeta, necesitaba a esos aliados. Necesitaba que todos les dieran la espalda, que quedaran solos y desesperados. Necesitaba que no les quedara un solo alma amiga a la que acudir.
Y entonces, atacaría.
Después, claro, de obligarles a admitir su papel en el asesinato de mi familia.
Suspiré y me incorporé. Mi teléfono vibraba con varias notificaciones. Lo miro de reojo antes de sacar un bolígrafo y papel para empezar una lista.
Gia me ha dicho que debería contratar a una asistente personal.
Yo le he dicho que preferiría sacarme los ojos con una cuchara para melón antes que confiar mi sistema de organización a otra persona.
Ella dijo que estaba haciendo un dramático "mantrum" y se marchó, pero nunca volvió a mencionarlo.
Si lo que dice sobre el niño es verdad, sería un buen plan B. Apunto algunas notas en el papel, asignando a algunos de mis operativos más especializados a la tarea.
La gran ironía, claro, en alegar que uno de los De Luca tiene un hijo bastardo es que, aunque toda mi vida he sido cuidadoso con el sexo protegido, hay una ocasión en que no lo fui.
Y no puedo pensar en ello porque si lo hago, los recuerdos que tanto me he esforzado en reprimir volverán con fuerza.
No puedo pensar en Catalina así. No puedo recordar su sabor, su olor, la forma en que gime y se ruboriza cuando llega al clímax.
No puedo pensar en ella de esa manera porque me niego a dejarla acercarse a mí otra vez.
Esta vez, pienso oscuramente mientras abro mi correo, será diferente.
Esta vez Catalina no podrá controlarme.
Yo la controlaré.
Y a través de eso, conseguiré la venganza que me corresponde.