La miré fijamente, esperando su reacción. Pero lo que hizo me tomó por sorpresa.
Zoé no bajó la cabeza. Algo en ella cambió; fue un movimiento tan imperceptible que solo alguien que la observara con la minuciosidad de un depredador podría haberlo notado. Sus ojos, que siempre conservaban un brillo rebelde, se apagaron. Fue como si el foco de su mirada se hubiera atenuado hasta que solo quedó una oscuridad densa y vacía en ellos.
Bien, Zoé. Eso es exactamente lo que buscaba.
—¿Por qué? —preguntó ella.
La fuerza de su voz no se medía por el volumen, sino por el peso de cada sílaba.
—Te he preguntado por qué. Respóndeme —soltó las palabras como si fueran balas directas, con el poder de matar sin necesidad de perforar mi cuerpo.
Esta niña...
—Zoé, el mundo no es tan grato como para salvarte sin recibir algo a cambio. No necesitas saber mis razones. ¿Cuándo has visto que un sirviente le pregunte a su amo el porqué de sus accio...?
Mis ojos se abrieron de par en par. La chica me había sujetado con violencia del cuello de la camisa. Fue tan inesperado que mi cuerpo se quedó congelado. Desde mi niñez, nadie se había atrevido a tratarme de una manera tan indignante.
Zoé acercó su boca a mi oído. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento caliente, cargado de una furia profundamente arraigada. Entonces, como un susurro dulce y letal, me dijo:
—Bien, Eiden. Lo entiendo.
Me lo dijo así, tácitamente, omitiendo el "Senior" que marcaba mi jerarquía. Me trató como a un igual, o quizás, como a alguien inferior.
Normalmente le habría sido imposible moverme; era una chica pequeña comparada con mi estatura. Pero el momento fue tan perfecto y mi desconcierto tan grande, que no pude evitarlo. Jamás habría esperado que esa "poca cosa" osara siquiera tocarme.
Era la viva imagen de un gigante bajando la cabeza: Eiden, con sus 1.86, sometido por la voluntad de Zoé.
Ella soltó mi camisa y caminó hacia la salida. Al llegar al umbral, se detuvo y le dijo al Eiden que aún permanecía en shock:
—Le veré mañana, Señor Eiden.
Se fue sin mirar atrás. Ni una segunda mirada, ni un rastro de duda. Era una escena casi calcada a lo que había pasado en este mismo lugar hace apenas dos días, pero con los papeles invertidos.
—Ja... jajaja... ¡JAJAJAJA!
En el silencio del auditorio estalló una risa siniestra. Una empleada de limpieza, que ya comenzaba su jornada, se detuvo en seco al escucharla. Era una risa perfecta, fina, como el canto de un ángel... un ángel n***o disfrutando de su propia caída.
❧ ❧ ❧
Caminaba rumbo a mi habitación. Si todo lo dicho por ese demonio era cierto, ya debería poder ingresar sin problemas. Tuve suerte de no cruzarme con nadie; los estudiantes solían aparecer a las 7:30 y yo no quería ser el espectáculo de nadie.
Llegué rápido. Estaba frente a la puerta de mi hogar. Giré la perilla, pero no cedió.
Obvio, me reclamó mi cerebro. No tienes llave. ¿Cómo entrarías si han cambiado la cerradura? Solté un suspiro de frustración. Eiden debía haberme dado la llave, pero mi orgullo me hizo irme antes.
Sin querer pensar más, me dirigí a las bancas del parque. Los recuerdos me inundaron: cómo llegué con sueños de grandeza, cómo me convertí en una de las mejores, cómo me pisotearon y, finalmente, cómo acabé aquí, sin poder entrar a mi cuarto y con la reputación manchada de barro.
Me quedé en el banco no sé cuánto tiempo, con los ojos cerrados, reflexionando en el vacío. De pronto, escuché pasos rápidos. Al abrir los ojos, vi al Senior Cale. Estaba sin aliento, evidentemente había venido corriendo.
—Zoé, por fin te encuentro. El Senior Eiden me pidió que te entregara esto —dijo con voz entrecortada, extendiendo una llave.
—Gracias —respondí seca. No quería saber nada de lo ocurrido ayer; solo quería un poco de paz.
—Respecto a lo de ayer... ya han capturado a los implicados —añadió él, buscándome la mirada.
—Ya veo.
Saqué del estuche de mi violín la llave del auditorio que me habían dado antes. Fue un intercambio silencioso. Una vez tuve mi llave de habitación, me retiré sin decir más. Cale me observó marchar, pero no se atrevió a romper mi silencio.
Mientras caminaba por los pasillos, los murmullos empezaron a llover sobre mí como ácido:
—¿Es ella? —Dicen que se acostaba con el Rector... —Qué asco, él tiene como sesenta años. —Es una prostituta.
Así que los estudiantes ya habían ingresado. Seguí caminando, fingiendo que sus palabras no me arrancaban la piel. Al llegar a mi puerta, metí la llave y entré.
Fue como pasar de un tormento a un refugio sagrado. Mis cosas estaban ahí, todo limpio, todo en orden. Me desplomé en la cama y, a lo lejos, vi mi cuaderno. El lugar donde nació mi música, y ahora, mi diario de guerra.
Fruncí el ceño, tomé el lapicero de mi escritorio y dejé que la rabia guiara mi mano.
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CARTAS PARA UN DEMONIO I:
En Nombre del Odio
Me has dado un nombre para que el mundo me escupa. Lo lanzaste al aire como si fuera una verdad, pero solo es el rastro de tu propia podredumbre.
Me llamaste sirviente, con esa risa de espanto que guardas en la garganta, creyendo que tu altura te hace invulnerable, olvidando, en tu soberbia, que el demonio también fue un santo antes de entender que el cielo no era lugar para los que saben pensar.
Ahora me miras desde tu pedestal de cristal, pero hoy te jalé del cuello y te obligué a mirar mi sombra. Sentiste mi aliento, ¿verdad? Ese es el calor del incendio que acabas de encender.
Puedes quedarte con tu jerarquía y tus llaves. Yo me quedo con este cuaderno y con la certeza de que incluso los ángeles negros sangran cuando se les aprieta lo suficiente.