Capítulo 5: Reprobada

666 Words
Whiss. La canción comienza y yo desaparezco. No pienso. Dejo que el cuerpo me lleve a esa zona donde solo habitan los genios y los locos. Mi mente es solo música. Mi cuerpo, solo el violín. La primera nota es grave. Un sonido bajo, áspero, que se arrastra por el auditorio como una herida recién abierta. El arco no tiembla. Presiona. Y el violín responde con una vibración oscura, sostenida, casi incómoda, como si no le importara agradar. Luego viene la segunda nota. Más alta. Más tensa. No busca armonía: busca contraste. Un quiebre. La tercera llega más suave. Más lenta. Llena de amor. La cuarta se construye con silencios abruptos entre una nota y otra. Pausas demasiado largas, como si la música dudara… o pensara. Llega la quinta. Ya no toco con el arco. Mis dedos lo reemplazan. Caen sobre las cuerdas como si fueran teclas de un piano. Una y otra vez. Ya no siento. Solo actúo. Uso la mayoría de las técnicas que conozco. Las uno. Las separo. Las rompo. Las reconstruyo. Me muestro desnuda ante el mundo, y el mundo, a su vez, se muestra desnudo ante mí. Puedo verlo todo. Sentirlo todo. Cada nota empuja la obra más allá de la perfección. Único. Perfecto. Espléndido. Palabras que no bastan para describir lo que estoy logrando. Entonces la recuerdo. —Zoe, ¿sabes? —me dijo una vez mi madre—. Me gusta mucho esta creencia: cuando las personas están a punto de morir, toda su vida pasa frente a sus ojos. Para encontrar en ella algo por lo cual luchar. Rió suavemente y acarició mi cabeza. —Estoy segura de que tú serías lo primero que aparecería ante mí. No sé por qué lo recordé. No. Sí lo sé. Ahora estoy mostrando mi vida para vivir. No muero para encontrar algo por lo cual luchar. Vivo mostrando mi lucha en cada melodía. Soy fuerte. Soy grande. Vive, violín. Vive por mí. Lucha por mí. Pero nunca te atrevas a morir. JAMAS. Me acerco al final. Sigo el ritmo. Ya no soy yo. Soy solo sonido. Uno que se escucha más fuerte que cualquier otro. Me siento genial me digo a mi misma, siento que el mundo esta a mi alcance. Me siento extasiada, como si volara. Si!, esto es lo que quería. —Mundo, eres mío. Me imagino parada en otro lugar, uno donde no hay nada mas que melodías saltando "alegremente", otros "enfurecidas", unas cuentas "tristes". Así un millar de ellas. Pero lo que mas me atraía estaba en el centro. Era un orbe, redondo. Sabia lo que era. Me acerco, lentamente. Envolviéndome en ese "mundo" como si me aceptara. Mis manos estan apunto de tocarlo.. Siento un jalón tan fuerte que abro los ojos por inercia, después de haberlos tenido cerrados todo este tiempo. Pero… todo desaparece. No lo comprendo. Algo me estruja el corazón. Me duele. Me quema. Me lastima. Mis dedos comienzan a detenerse, como si una mano invisible me obligara a devolver algo que no me pertenecía. No. Por favor. No ahora. Mi mundo se detiene. Pierdo el ritmo. Mi voz. El violín que ella me regaló… No. No. No. ¿Cómo puedo terminar la obra? Esas manos me ganaron. Aunque luché. Aunque me aferré con todas mis fuerzas. Me quitaron las manos. No quise verlo. No ahora. Sabía que su mirada me destrozaría. Pero yo lucho. Siempre he luchado. Abro lentamente los ojos. Él está ahí. Con una leve mirada de enfado y las cejas fruncidas. No hay ruido. Ya no. El asistente Cale mira el suelo. Su cuerpo tiembla. El profesor Eiden se levanta. Se alisa la ropa y camina hacia el final del auditorio. Cale levanta la cabeza. En su rostro se cruzan emociones encontradas. Eiden avanza paso a paso hacia la salida. A una sola pisada de la puerta, se detiene. Se gira. Y, como si dictara mi sentencia de muerte, pronuncia las palabras que nunca hubiera querido escuchar: —Reprobada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD