Capítulo 4

2286 Words
            El no pegar un ojo durante toda la noche tenía sus consecuencias, fuera de las ojeras y el cansancio extremo, estaba el grandioso hecho de tener los sentimientos a flor de piel. Por más que Leo tratase de darse ánimos, el panorama no pintaba nada bueno. Algo dentro de sí lo hacía dudar, más que eso, lo torturaba súbitamente. Las palabras de su jefa taladraban su cerebro continuamente: “Si no tienes amor propio, ¿a qué amor puedes aspirar?”. Ahora, lectores, tengamos en cuenta una sola cosa cuando se nos presenten estas mismas situaciones: el autoengaño es enfermizo.             Leo decidió que su día recién comenzaba y eso que apenas eran las 6 am. Se levantó, cepilló sus dientes y se dio un baño que pretendía ser refrescante y reparador; para su mala suerte, el agua tibia lo que hizo fue empeorar su estado somnoliento y por poco se queda dormido dentro de la ducha. Si no fuese por su madre que llamó a la puerta, probablemente habría caído desmayado del cansancio hasta vaya a saber qué hora. — Buenos días –le dijo cabizbajo mientras besaba su frente al salir de la ducha. — Buenos días, cariño –respondió ella arqueando una ceja-, ¿estás bien?, tienes muy mala pinta. — Sí –le dedicó una sonrisa torcida-, es sólo que no he podido pegar un ojo en toda la noche, descuida. Voy a vestirme –indicó y, sin darle oportunidad a responder, se marchó a su habitación.             Él sabía que era inevitable ese encuentro con su madre en donde tendrían que charlar acerca de todo lo que acontecía. Dio un largo suspiro y se resignó; vistió con su traje, elegante como siempre y listo para trabajar luego de clases. Cogió sus cosas y fue directo al comedor; su madre lo esperaba ya con el desayuno listo y una mirada expectante. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al pensar en la posible reacción de ella ante el embarazo de su novia, pero tarde o temprano se enteraría, así que mejor era decírselo ahora.             Ocupó su lugar frente a ella mientras le dedicaba una sonrisa fingida. Su madre frunció el ceño y él captó al instante que, en definitiva, ella estaba esperando una respuesta. Nunca tuvieron mala comunicación y guardarle secretos no era lo suyo. Pellizcó un poco de su desayuno: huevos revueltos con tocineta y pan, dio un pequeño sorbo a su café y comenzó a hablarle. — No sé por dónde empezar, mamá –confesó afligido. — Por donde quieras, hijo, no hay prisa –le animó ella mientras posaba una mano sobre las suyas y apretaba ligeramente. — Es Tiffany –musitó y ella suspiró entre exasperada y molesta-, hablamos ayer. — ¿Y qué te dijo? –inquirió sin ocultar su desprecio. — Que está embarazada –soltó sin más. — ¡¿Qué?!             Leo sintió que su corazón se aceleraba al ver el rostro de su madre ensombrecerse y tornarse de un rosa que se iba transformando poco a poco en un rojo devastador. Estaba furiosa, de eso no había la menor duda y, lo peor del caso, era que no sabía cómo detener la tempestad que se avecinaba. — Leonardo Blair, ¿cómo que esa chiquilla está preñada? –soltó hecha una furia. — Cálmate, no es seguro que sea mío. — ¿Cómo dices? –preguntó ella estupefacta y volviendo a reflejar la preocupación de antes. — Ese es el problema –suspiró-, mamá tenemos tres meses sin acostarnos… al principio yo estaba feliz, no te lo niego –dibujó una sonrisa torcida y bajó la mirada-. Pensé en buscar un mejor empleo, dejar la universidad momentáneamente. Darle lo que yo nunca tuve, ¿sabes? –ella asintió con la cabeza y él continuó-, pero los chicos me hicieron dudar. — ¿Por qué? — Por eso de que tenemos tres meses sin estar juntos, todo son problemas y más problemas. Yo no siento que ella me ame, es más, siento que ya se cansó de mí. Pero no sé… — Hijo –le llamó con ternura-, mira a mí nunca me gustó ella para ti, pero los respetaba porque veo que la amas. ¿Desde cuándo está embarazada? — Ese es el problema, me enteré ayer. — Entonces dale el beneficio de la duda –sonrió-, ¿has intentado solventar las cosas? — Un millón de veces –suspiró resignado. — Bueno, cariño, si pese a todo tu esfuerzo sientes que el amor de ella continúa desvaneciéndose, entonces acéptalo y sigue adelante. Por mucho que pueda doler, será lo mejor. — Sí, mamá –respondió él afirmando con la cabeza.             Pero la cosa era que sólo lo dijo por decirlo, ya sabíamos de sobra que era más terco que una Mula. Su madre, que no tenía ni un pelo de tonta, sospechaba lo mismo que sus amigos: probablemente le estuviesen metiendo a su hijo gato por liebre. Se levantó para lavar los trastes y le aconsejó cerciorarse primero de que el nene era suyo antes de tomar una decisión apresurada. Él accedió, le dio un beso de despedida y se marchó a la universidad.             Sentía que su pecho se encogía un poquito más con cada respiro, las lágrimas amenazaban con desbordarse sobre su rostro pero luchó por no llorar. No era el momento y estaba consciente de ello. Tampoco era la idea ponerse a llorar por todo, ya tendría tiempo de sobra para lágrimas en algún futuro, cuando se graduara o quién sabía; cualquier momento menos ahora.             Llegó a la universidad sumido en sus pensamientos, sintiéndose aún más abajo del asfalto. Como si delante de él hubiese una pared y él no parase de estrellarse contra ella una y otra vez. Se sentía indefenso, no tenía forma ni manera de enfrentar la situación y la duda le carcomía el alma. A lo lejos divisó a Tiffany y se apresuró a alcanzarla, la llamó, ella pareció evadirlo pero hizo caso omiso y volvió a gritar su nombre. Finalmente se volvió hacia él, intentando disimular su mala cara pero por lo visto, la actuación no se le daba tan bien como a Camila. — Buenos días, Tiff –saludó él casi sin aire. — Buenos días –respondió ella de forma cortante-, voy tarde a clases, Leo, nos vemos luego.             Se dio la media vuelta y se dispuso a marcharse cuando él, por acto reflejo tomó su muñeca entre sus manos. No iba a dejarla ir sin una respuesta que, al menos, aliviara un poco el peso que cargaba sobre sus hombros y poco a poco invadía su alma. — Espera –le pidió-, quiero saber cuánto tiempo tienes de embarazo –alegó con una sonrisa forzada-. Ya sabes, para ver si podríamos saber el sexo o… — No lo sé –respondió ella mirando a todos lados, nerviosa-, ni siquiera mis amigas lo saben. No he ido al médico pero hablamos de eso luego, nos vemos. — De acuerdo.             Respiró hondo, besó su frente y la vio partir. Miró al cielo exasperado, preguntándose una y otra vez qué debía hacer, cómo debía actuar. Finalmente sacudió la cabeza para alejar sus preocupaciones y se puso en marcha a su salón de clases. Como era de esperarse, no pudo concentrarse en las materias, estaba en medio de una completa nebulosa; se sentía frustrado y requería desahogarse. Revisó su What’s App en busca de alguien con quien hablar. No quiso molestar a Anthony ni a Max, seguro que Camila acabaría por medio matar Tiff si le contaba de sus desplantes, lo que reducía el panorama a Samantha. La única lo suficientemente lógica y poco emocional como para poder ayudarlo a lidiar con esto. — Hola, Sam, ¿estás ocupada? –escribió y dibujó una sonrisa torcida, esperando con todo su corazón poder hablar tranquilamente con ella. — ¡Hola, Leo!, pues la verdad es que no, tengo una hora libre y ando en la biblioteca. Ya sabes que soy una “nerd” xD — Lo sé –sonrió divertido de su comentario. — ¿Y tú?, porque me imagino que estás en clases, ¿pasa algo? — La verdad es que sí –su rostro volvió a dibujar una mueca torcida-, Tiff me dijo que no sabía cuánto tiempo de embarazo tiene. — Uhmm, ya veo… — Por lo demás, sigue igual de distante, quizás un poco más. ¿Es normal eso? — Bueno, difícil saber sus razones pero las mujeres embarazadas son locas. A unas les da hasta por correr de casa a los maridos :P — Ya veo –sonrió-, aunque para serte sincero, yo siento que su amor por mí llegó a su final. — Awww no digas eso, eres un chico excelente. Es más, de no existir Cami me fijaría en ti, pero como existe pues estás jodido. — ¡Oh, que desgracia tan terrible! –estuvo a punto de reír pero se contuvo, no fuesen a echarlo de clases-, todavía tengo esperanzas de que sólo esté imaginando cosas y ella aún me ame. Ya sabes que la esperanza es lo último que se pierde… — Bueno, Leo, la esperanza es lo primero que debería perderse si esa persona no te ama. ¿Vas a esperar que ocurra un milagro o qué?             Leo se puso a meditar eso por un instante: ¿qué era lo que realmente estaba esperando?, ese cambio en Tiffany ya tenía demasiado tiempo como para que fuese una simple etapa. Estaba tan confundido y consternado que le dolía la cabeza, ya no sabía en qué más pensar, de hecho, ni siquiera deseaba pensar. Todo lo que iba a su mente eran cosas negativas acerca de ella y eso, con el amor que sentía, chocaba estrepitosamente. — Realmente no lo sé, Sam, ella es mi sol. Es la luz que ilumina mi vida. — Bueno, cariño, ten cuidado no vayas a coger una insolación >:/ — Tonta, en verdad ya no sé qué hacer. — Mira, hablaré con una amiga que está recién graduada de gineco-obstetra a ver qué me dice, ¿de acuerdo? — Está bien, gracias :) — Para eso estamos, cariño… ahora sí te dejo que voy a clases. Deja de darle vueltas al asunto durante un rato, ¿sí?, ¡un beso! — De acuerdo, besos.             La clase finalizó y Leo recogió sus macundales, se dispuso a ir camino al trabajo cuando lo llamó Anthony. Su rostro dibujó una sonrisa de inmediato y sin siquiera meditarlo, atendió la llamada. — ¡Hermano!, ¿cómo estás? — Pues aliviado al escuchar que no te has suicidado –rió. — Tampoco es para tanto –se defendió riendo mientras se encaminaba hacia la estación del metro. — ¿Irás hoy al bar? — Claro, como de costumbre. — Bueno, te espero allá, mira que no tengo mucho saldo. — Pues no seas manito de caimán y métele una tarjeta a ese teléfono. — Nah, ¡nos vemos allá! — Dale.             Esbozó una sonrisa y colgó. Durante el trayecto de camino a su trabajo, intentó no pensar en lo que tanto lo agobiaba. Optó por hacerle un alto a los pensamientos, imágenes y recuerdos que le llegaban con respecto a Tiffany. Se sintió un poco más tranquilo, algo renovado. Llegó a la fiscalía con muy buenos ánimos y saludando a todo el mundo, hasta que lo llamó su jefa. Cuando se sentó frente a ella, esta esbozó una agradable sonrisa. — Veo que estás mejor hoy –aseveró y él asintió con la cabeza-. Mira, Leo, eres uno de mis mejores chicos dentro del personal, pero no por eso eres intocable. No quiero que te distraigas; lo dejé pasar ayer porque todos tenemos problemas y a veces estos nos sobrepasan, pero no dejes que cosas posiblemente solucionables oscurezcan tu vida. Eres un chico brillante y podrías tener a cualquier mujer rendida a tus pies porque, además, eres muy bien parecido y todo un caballero. — Gracias, Sra. Bailey, pero... –dudó- ¿qué pasa si el problema en cuestión no posee solución aparente? –quiso saber. — Bueno, cariño –sonrió de forma maternal-, no intentes resolver lo que no se puede. Si consideras que ya es caso perdido y el desamor está llamando a tu puerta, no te escondas: ábrela, recíbelo y márchate en paz. No debes perder tu dignidad por nadie, Leo, si te arrastras por una persona no te transforma en un buen amante, sino en un completo esclavo.             Ouch. Eso sin duda había dolido, especialmente porque ella tenía razón. ¿En qué rayos estaba pensando Leo al permitir tantos desplantes?, bueno, ya. La cosa fue que él asintió con la cabeza y agradeció su consejo. Ella le permitió marcharse a su puesto de trabajo y, pese a todo, su rendimiento laboral se mantenía estable. Se concentró durante todo el rato en su trabajo en vez de permitir que esos sentimientos despreciables se apoderasen nuevamente de él. Durante su receso, lo llamó Samantha y su corazón dio un vuelco al atender su llamado. — ¡Buenas noticias, cari! — ¿Ah sí? –sonrió-, cuéntamelo todo. — Mi amiga irá conmigo al bar esta noche, así que te esperamos allá. ¡No faltes! — Ahí estaré –aseguró.             Colgaron la llamada y se sintió más tranquilo, ya podría asesorarse con una experta en el asunto y todo gracias a Samantha. A fin de cuentas, comprendió que no estaba tan solo como él pensaba y que los problemas entre dos, o más, eran más llevaderos. Para eso tenía amigos y una madre que lo amaban y se preocupaban por él: no sólo para las buenas, también para las tempestades.
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