Capítulo 3

2897 Words
            La tarde transcurrió de forma paulatina y completamente mohína; la mente de Leo no dejaba de divagar acerca de las mil y un posibilidades que tenía de una ruptura. Todo en el trabajo comenzó a salir al revés, estaba estresado, completamente frustrado y consternado. Deseaba que las horas pasaran rápidamente sólo para poder irse y enfrentar ese final que tanto temía de una vez por todas. Estaba sudando frío, a pensar del potente aire acondicionado; todos podían notar sus nervios a flor de piel. En general, nunca lo habían visto de esa manera y fue su jefa quien se acercó a él. — ¿Leo? –le llamó.             Él dio un respingo ante su voz, estaba tan sumergido en sus pensamientos que todo lo hacía por inercia, aunque le saliera extremadamente mal. Su jefa estaba parada en el umbral de la puerta con una expresión que, por más que lo intentase, no lograría nunca disfrazar su preocupación. Ella era mucho mayor que él y sin lugar a dudas, le tenía mucho aprecio; era como su hijo en el lugar de trabajo, además que físicamente se le parecía un poco. — ¿Sí?, oh, disculpe, doctora Bailey… — Descuida –le hizo un gesto con la mano para restarle importancia-, ¿podemos hablar? — Sí, claro –respondió aún más nervioso, lo que faltaba era que lo despidieran por su torpeza. — Gracias –se acomodó en una silla frente a él-. Me gustaría saber qué te ha pasado hoy, estás hecho un desastre. — Lo siento –dijo Leo rehuyendo a su mirada, lo que menos quería era contar sus cosas personales. — Me imagino que sigues con problemas de faldas –se aventuró ella esbozando una sonrisa para hacerle ver que era una conversación de lo más informal; él se limitó a asentir con la cabeza-. De acuerdo –suspiró ella-, Leo, ¿no te has puesto a pensar que a veces dar mucho por una relación no es lo correcto? — ¿A qué se refiere? –levantó su rostro y la miró fijamente, completamente confundido. — Verás, en toda relación habrá siempre malos momentos, pero estos no deberían ser tan continuos. ¿No has intentado solucionar todos los problemas que tienen? — Muchas veces –respondió cabizbajo. — Entonces deberías dejarla ir aunque te duela –sentenció con una sonrisa. — No es tan fácil –se defendió. — No lo es, no he dicho que lo sea; pero el amor a cualquier precio no es más que un suicidio. — Pero yo la amo más que a mí mismo.             Esta aseveración por su parte, causó que su jefa arqueara una ceja y lo estudiase con la mirada. Sin duda, esto no iba bien de ninguna forma. Odette Bailey, la hermosa mujer frente a él, felizmente casada y con dos hermosos hijos no podía concebir la clase de amor que sentía Leo; es más, nadie podía. Si algo deberíamos tener todos claro, es que en el amor las cosas debían ser recíprocas y que el amor no lo aguantaba todo, había personas que simplemente eran insoportables; y amar en base a dependencias emocionales como era el caso de Leo, no era la versión más sana del amor. — De acuerdo –finalmente dijo ella con un suspiro-, ya es hora de irnos –se levantó del asiento y caminó hacia la puerta- pero… Si no tienes amor propio, ¿a qué clase de amor puedes aspirar, Leo?             Dicho esto siguió su camino hacia la salida, se despidió de los demás empleados proyectando su voz de forma audible, mientras Leo se desplomaba totalmente sobre la silla en la que estaba. Lo que ella dijo le apuñaleaba su mente de una forma sádica y carente de piedad; sabía que estaba amando a Tiff con miedo y eso era algo que le criticaban sus amigos lo más abiertamente posible. Volverte sumiso ante alguien, además de perderte a ti mismo, te hace un simple esclavo.             Colocó su cabeza entre sus manos y respiró hondo varias veces intentando no llorar, debía encontrarse con Tiffany en cuestión de minutos y lo menos que deseaba demostrar era una mayor debilidad de la que, sin duda, ya tenía. Una vez sereno, recogió sus cosas, compuso su mejor sonrisa y se despidió de todos los que quedaban en la oficina. Mientras bajaba en el ascensor sentía su corazón latir tan fuerte que el sonido retumbaba en sus oídos. Estaba comenzando a sudar y temblar levemente cuando el aviso marcó Planta Baja.             Por más que intentaba serenarse le era imposible, a sólo unos cuantos pasos de la puerta de aquel edificio notó la figura de Tiff recostada contra el vidrio que cubría toda la salida. Sintió que todo le daba vueltas y tuvo que sostenerse de la pared para no caer desplomado en el suelo. Sus piernas eran como dos gelatinas luchando contra la gravedad. Terminó de apoyar su espalda contra la pared al tiempo que intentaba recobrar la compostura. No sabía lo que le estaba pasando, pero estaba seguro de que Tiffany no debía verlo de esa forma.             Se agachó y fingió buscar su botellón de agua mientras recobraba el aire que sentía faltarle, le dio un sorbo a la botella, apretó sus ojos con fuerza y se puso de pie. Se sentía un poco mejor, pero eso era, sólo un poco. No paraba de repetirse a sí mismo: “vamos, Leo, todo estará bien, esto es un completo mal entendido”. Pero por más que intentaba animarse, muy dentro de sí sabía que las cosas iban de mal en peor. — Hola, amor –le saludó cuando llegó a la salida, ella dio un respingo y se volvió hacia él. — Hola, Leo. — ¿Cómo estás? –preguntó con una sonrisa en su labios-, perdona si te hice esperar demasiado. — Descuida, ¿podemos ir a tomar un café? — Claro.             Leo tomó la cartera de Tiffany, pesada como siempre. Era una costumbre suya ayudarle con las bolsas o carteras, a fin de cuentas, a él le pesaban menos. Durante todo el camino al café más cercano ella estuvo callada. Aquel silencio era tan denso y glacial que parecía congelar cada partícula de su cuerpo. Leo luchaba arduamente por no ceder ante el pánico y la desesperación, lanzarse a sus pies a llorar como una niña y pedirle que no lo abandone. Dignidad, era lo único que se resistía a perder.             Llegaron al café y se sentaron en su completo silencio; tan fuerte e inquebrantable como un iceberg. El camarero llegó y realizaron su pedido, él optó por un refresco y ella sólo pidió un agua, por los momentos él no quería nada para comer. Todo lo sólido que pasara por su boca probablemente acabaría vomitado sobre la mesa. — ¿Estás bien, Tiff? –soltó finalmente para romper la burbuja de tensión que los envolvía. — No del todo –respondió ella jugando con su copa llena de agua. — ¿Qué sucede? –preguntó él sintiendo su corazón completamente acelerado y temiendo su respuesta. — Verás –ella lo miró por un tercio de segundo y suspiró-, las cosas entre nosotros no van bien –y esto era el inicio de la muerte súbita de Leo, temiendo lo peor, se limitó a observarla fijamente y esperar aquella puñalada que acabaría con todas sus ilusiones-. Esto no estaba en mis planes, en serio. — Ya, Tiff, dime qué sucede. — Estoy embarazada.             Leo se quedó pasmado, completamente congelado. Su cerebro tardó más de la cuenta en procesar aquella información y separarla de la posible ruptura que tanto había temido. Ella lo miraba fijamente, dudosa y consternada; él seguía sin emitir palabra o gesto alguno hasta que ella, cansada, simplemente explotó. — ¿Y bien? — Lo siento –se disculpó-, no me lo esperaba. Yo… bueno, ¡eso es grandioso, Tiff! –anunció finalmente emocionado. — ¿Grandioso? –más que una pregunta, ella intentaba dar con la emoción de aquella palabra, sin duda se imaginaba que la reacción sería otra. — ¡Tendremos un bebé!             Leo se levantó de su asiento y fue hacia ella, la levantó de la silla en un abrazo y besó sus suaves labios. Ella se separó de él bruscamente y volvió a su asiento completamente aturdida. — Ya, deja el drama por favor, no tiene que enterarse todo el lugar. — Lo siento –se disculpó y volvió a su asiento-, no te imaginas lo emocionado que estoy.             Era cierto, ella no podía siquiera imaginar toda la ilusión con la que Leo estaba afrontando la nueva situación. Sin duda no sería fácil, pero por ella y el bebé estaba dispuesto a darlo todo. Lucharía para que a ellos no les faltara nada. — Leo, esto es algo serio. — Descuida, Tiff, si debo buscarme un mejor empleo y dejar la universidad, lo haré. Te juro por mi madre que no les faltará nada –tomó su mano entre las suyas y la besó, ella rompió a llorar y él intentó consolarla-. No llores, peque, le puede hacer daño al bebé. No estás sola, cuidaremos de nuestro hijo, te lo juro. — Sí –respondió ella secando sus lágrimas-, lo siento, ando emocional. Ha de ser el embarazo que me tiene así.             Él asintió con la cabeza y sintió su cuerpo relajarse, era hora de comenzar a hacer planes y tomar decisiones para darles una buena calidad de vida a su novia y futuro hijo. Estaba tan emocionado que la alegría no le cabía en el pecho. No podía esperar para darles la buena noticia a su madre y a sus amigos.             Por su parte Tiffany respondía ante sus planes de una forma fría y desinteresada. Sumida en sus propios pensamientos y sin prestar la más mínima atención a la notable felicidad que sentía Leo. Comieron y al final se despidió de ella, quien, un poco cabizbaja, se fue a su casa. Él por su lado se fue al bar, cuando llegó todos estaban en el lugar de siempre, riendo y haciendo bromas. Se acercó a ellos con una sonrisa y Camila fue la primera en saltar a recibirle. — ¡Cuchitura!, ¿cómo estás? — ¡Hola, Leo! –le saludó Samantha-, Cami, déjalo respirar, por Dios. — Deja tus celos –respondió esta sacándole la lengua al tiempo que ambas reían. — Hola –le saludó Max-, se te ve mucho mejor que en estos últimos días. — Sin duda lo estoy –respondió Leo esbozando una gran sonrisa. — ¿Qué? –preguntó Anthony detrás de la barra-, ¿te has conseguido una nueva novia?             Todos rieron y Leo negó con la cabeza, ya sabía que sus amigos morían por verlo con una mujer que, según ellos, lo amara de verdad. Pero en su mente no había espacio para otra que no fuese Tiff y menos después de la gran noticia que le había dado hoy. — Al contrario, probablemente tengan que comprar trajes de boda pronto –soltó sin borrar la sonrisa de su rostro. — ¿A qué te refieres con eso? –preguntó Samantha. — Tiffany está embarazada –anunció con alegría.             Todos intercambiaron miradas llenas de confusión que dejaron a Leo fuera de lugar. Pensó que sus amigos se alegrarían y celebrarían con él pero, al contrario, se notaba una gran incomodidad en sus rostros. Por su parte Anthony se alejó para atender a un cliente mientras Max se excusaba para ir al baño. Samantha sacó su celular y se puso a revisarlo mientras Camila se volvía a concentrar en su Martini.             Leo suspiró exasperado sin comprender la reacción de sus amigos, pensó que, después de todo, se alegrarían con el hecho de que sería papá. La actitud que estos tomaron lo arrojaron de nuevo a un pozo de tristeza; lo último que esperaba era que no lo apoyasen. Le pidió a Anthony un trago y cuando se lo sirvieron se lo tomó de un tiro. Max volvió a su asiento y las chicas centraron sus ojos tristes en él. — ¿Me pueden explicar qué les sucede? –exigió-, creí que al menos se alegrarían. — Bueno –respondió Max-, nos alegramos, sólo que… -dudó mientras observaba a los demás que lo miraban implorando decir algo-, nos ha tomado por sorpresa –sentenció encogiéndose de hombros. — ¡Felicidades, chuchitura! –dijo Cami con fingida felicidad. — Sí –respondió Samantha con una sonrisa forzada-, yo quiero ser la madrina. — ¡Ese puesto era mío! –reclamó Anthony sumándose a la falsa celebración.             Leo les sonrió y comenzó a relajarse, pensó que era de esperarse que la noticia les cayera como un balde de agua fría pues no todos los días se anuncia un embarazo. Lo dejó pasar y disfrutó del momento con sus amigos. Pese a la tensión que estos sentían, intentaron no hacérselo notar. Samantha que de por sí era la más seria del grupo, intentaba acoplarse a las bromas qué hacían respecto a Leo siendo papá. — ¿Te lo imaginas cambiando pañales? –rió Camila. — La verdad es que me lo imagino colocando el pañal al revés –respondió Samantha con una sonrisa. — Yo apuesto a que se le quema el agua del biberón –dijo Max. — Serán aves de mal agüero –espetó Leo sin dejar de sonreírles y haciendo un gesto con la mano para restarle importancia. — Vamos –habló Samantha-, en tú vida habrás siquiera preparado un café. — ¡Yo sé cocinar! –se defendió. — Con la comida lista para microondas todos sabemos cocinar, querido –rió Max.             Por su parte Anthony tomó como excusa lo lleno del local para alejarse de ellos y atender a los clientes. Lo que menos deseaba era ser hipócrita con su mejor amigo. Una vez culminado su trabajo, todos se prepararon para marcharse. Max se quedaría en casa de Anthony por petición de este, según para que lo ayudase a preparar una exposición. Salieron del local y afuera se encontraron a unos jóvenes que los observaron a todos de arriba hacia abajo esbozando una sonrisa maliciosa y miradas de asco. Hicieron caso omiso y siguieron su camino. El chofer de Samantha los dejó en la entrada de la residencia y se despidieron, las dos chicas se fueron a sus casas y estos se encaminaron a las suyas.             Eran las 4:00 am; caminaron en silencio y una vez dentro del edificio llamaron el ascensor. Se subieron sin emitir comentario alguno, cada quien sumergido en sus pensamientos. Leo, de entre todos, era el único con un verdadero estado de felicidad. Cuando llegaron al piso, Anthony le dio las buenas noches y entró al apartamento, dejando tras sí la puerta abierta para que Maximiliano pasara, este le indicó que iría en un momento y se quedó a solas con Leo. — ¿Pasa algo, Max? –quiso saber. — Leonardo, no quiero ser pesimista ni arruinar tu felicidad pero –dudó y estudió el rostro de Leo, quien pasó de un estado de felicidad plena a reflejar una completa exasperación. — Dilo, Max, sin rodeos. — ¿Cuánto tiempo de embarazo tiene Tiffany? — Pues, no lo sé, olvidé preguntarle –respondió Leo encogiéndose de hombros. — ¿Y cuánto tiempo tienes sin acostarte con ella?             El silencio absoluto. La mente de Leo pasó de estar completamente borracha a sacar cálculos rápidos acerca de aquella pregunta. No lo había pensado, es más, con la emoción ni siquiera lo había sopesado. Max le dio un fuerte abrazo y le deseó buenas noches, entró al apartamento y cerró la puerta detrás de sí. Leo seguía de pie, pensando en aquella pregunta que taladraba su cerebro.             Decidió desecharla y abrió cuidadosamente la puerta de su casa, fue directo a su habitación y, sin siquiera desvestirse, entró a su cama. La pregunta de Max daba vueltas y vueltas en su cabeza. A estas alturas ya no podría conciliar el sueño, aunque quisiera. Ciertamente, tenía tres meses sin acostarse con Tiffany pues esta le daba las mil y un excusas al momento. Siempre tenía un pretexto bajo la manga para no irse a la cama con él.             No era que a los tres meses pudiesen notar una barriga, pero hasta por lo menos hace dos meses, a ella aún le venía su período. Sacudió la cabeza para desechar esa idea, había embarazos donde la mujer parecía menstruar tranquilamente, incluso, había quienes se enteraban de este cuando estaban por parir. Suspiró al tiempo que intentaba acomodarse, pero por alguna razón, Max había logrado sembrar la semilla de la duda en él y, ahora más que nunca, necesitaba matar el piojo que le corría en la cabeza. En su mente no cabía la idea de que Tiffany le hubiese sido infiel, no quería verlo como una opción, él sabía que ella sería incapaz de hacer algo como eso. Pero por otro lado, la duda carcomía su alma y, por primera vez en mucho tiempo no sabía qué hacer. Sólo estaba seguro de una cosa: en este momento, eran Tiffany y él contra el mundo y todas sus dudas. Cuando dos personas realmente se preocupaban la una por la otra, siempre encontrarían la forma de hacer que todo funcionase; sin importar lo difícil que llegase a ser. 
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