Capítulo 2

2088 Words
            La mañana pasaba lenta y pesarosamente, parecía interminable y no paraba de torturar a Leo. Su mente no dejaba de pensar en Tiffany y en su pronto aniversario con ella; quería hacer algo especial, sentía la gran necesidad de recuperarla, volver a ver que esa sonrisa que tanto lo enamoraba era por él y no por alguien más. Dentro de sí sabía que la estaba perdiendo, pero no hallaba una explicación contundente del por qué.             Sería difícil explicar los sentimientos de confusión dentro de Leo, las mujeres son complicadas, así de simple; esperan que averigüen lo que pasa por sus mentes en vez de expresarlo. Pareciera que no han acabado de comprender que son un universo paralelo, algo parecido a un laberinto, casi imposible de explorar sin morir en el intento. Así era Tiffany, en vez de hablar con él y poner los puntos en claro, simplemente huía y lo rechazaba; eso lo consternaba hasta el punto de desconocerla totalmente.             ¿Cuál sería la sorpresa ideal para su aniversario?, tenía unos buenos ahorros y había estado sopesando la idea de proponerle matrimonio; pero algo no andaba bien, algo le decía que no era el momento y que se ahorrara pasar un mal rato. Quizás una cena romántica. No, demasiado desgastado ya entre ellos dos. Un viaje dentro del país, a los Roques, a Margarita, cualquier escape que les diera privacidad. No, seguro que ella pondría otra excusa para no ir, como tantas veces lo había hecho.             Leo frotó su rostro con las manos en una actitud deprimente que expresaba su completa consternación. Tenía el cerebro embotado de tanto pensar y sus sentidos estaban de la misma forma, hasta el punto de no notar que Claudia, una de sus atractivas compañeras de clase, se había sentado frente a él y lo miraba fijamente. Por la mente de ella no pasaba únicamente el hecho de que Tiffany era imbécil por tratar de esa forma a ese hombre; lo quería para ella, lo deseaba. Leo era, en pocas palabras, lo más atractivo que ella pudiese ver dentro de aquella universidad. Eso sin contar que era uno de los pocos hombres que, estaba segura, podrían darle a cualquiera una vida digna de una reina. — ¿Leo? –le habló.             Él salió de su estado ensimismado y la miró por un tercio de segundo antes de desviar su mirada al pupitre. Se sentía aún más consternado, desnudo ante aquellos ojos azules que lo observaban. Volvió a mirarla y le dedicó una sonrisa que, sin él quererlo, la hizo hiperventilar. Él sabía que le gustaba, pero no tenía intenciones de apartar a su novia por ninguna otra mujer, de hecho, no sentía algo más que aprecio por cualquier chica de su clase. — Hola, Clau –le respondió-, discúlpame, he estado distraído. — Sí, ya lo he notado –dijo ella mientras tomaba su mano y sentía el agrio sabor del rechazo cuando él la retiró. — Disculpa, ¿necesitas algo? — Sí –lo miró fijamente, intentando penetrar en aquella alma casi en pena-, que termines de abrir los ojos, dejes a tu novia y te aventures a escribir una historia conmigo –le espetó. — Claudia –suspiró exasperado-, Tiffany no es cualquiera y no voy a dejarla para estar con nadie. Mira no fue mi intención que yo te gustara… — Ya lo sé –le cortó-, nadie manda en el corazón del otro, eso también lo tengo claro. — ¿Entonces? — Claudia tiene razón –dijeron a sus espaldas, cuando Leo volteó vio que se trataba de Anette, una morena bien dotada que se estaba acercando a él como un gato ronroneando sutilmente-, en lo que no tiene razón es en que la dejes para estar con ella. Deberías estar conmigo.             Leo puso los ojos en blanco y volvió su vista hacia la ventana, justo en ese momento se había sumado a la conversación Bárbara, una hermosa mujer de color que nada tenía que envidiarle a las otras dos. Las tres, en total, eran la cruel pesadilla de Leo dentro del salón. No sólo por sus continuas insinuaciones, sino porque él odiaba tener que andar de rompecorazones. Mientras ellas discutían acerca de con quién debía quedarse Leo, él se levantó y salió del salón con sus cosas en manos.             Era la hora del receso de medio día, luego tendría que ir a trabajar pero necesitaba despejarse un poco o acabaría por tener otro día completamente pesado y agotador.             Se dirigió a uno de los jardines y le pasó un texto a sus amigos para que se reunieran con él, se sentó sobre el césped verde y bien cortado; aspiró una bocanada de aire para impregnar sus pulmones pero lo que recibió fue una bocanada de humo, alguien estaba fumando a su lado y se atragantó. Para cuando llegaron Cami y Samantha el pobre tenía un ataque de tos. — ¡Leo! –se apresuró Sam-, ¿qué te pasa? –le preguntó con angustia. — ¡Déjalo respirar, mujer! –la apartó Cami-, vas a matar al pobre muchacho. Leo, ¿qué tienes? –preguntó poniendo ojos de cachorro. — ¡Mira quién lo dice!, me quitas y te pones tú. Fuera, que la que estudia medicina soy yo. — Para cirujana –le espetó. — Paso por medicina general –respondió y le sacó la lengua.             Leo les hizo un gesto con la mano para que se calmaran mientras que, con ojos llorosos, respiraba estrepitosamente tratando de calmarse. Anthony llegó en ese momento y lo miró arqueando una ceja, luego fijó la mirada en las chicas y lanzó una carcajada. — Leo, no me digas que estas dos te han atosigado tanto que te has trancado. — ¿Qué? –respondieron ambas al unísono. — Ustedes son exasperantes –respondió Anthony encogiéndose de hombros-, mira, casi lo matan. — Ya estaba así cuando llegamos –se defendió Samantha. — Ya lo creo –asintió con la cabeza-, cualquiera que sepa que ustedes vienen es capaz de buscarse la muerte. — Mira, animal rastrero, no nos trates así –respondió Camila lanzándole una mirada envenenada. — Ya, saben que las quiero –rió.             Leo no aguantaba la risa, pero entre eso y el ahogo sentía que se iba a morir por falta de aire. Samantha le pidió que respirara pausadamente y así lo hizo, Cami le dio a beber un poco de agua y dio un largo respiro hasta que se calmó. Agradeció a las chicas y todos se sentaron junto a él. — ¿Y a mí no me agradeces? –le reprochó Anthony-, te acabo de salvar de estas dos. — ¿Estas?, te voy a dar una patada que te dejará con hemorroides –le espetó Cami. — Déjalo, hoy está sangrón con nosotras porque sabe que Leo nos quiere más –se burló Sam. — Claro, ya quisieran ustedes –rió. — Son un caso –respondió Leo con su mejor sonrisa y la voz ronca-, los quiero a todos por igual, pero no. Me he ahogado porque di un largo respiro y me tragué el humo de un cigarro. — Ah, estos fumones –rezongó Sam-, no entienden que deben podrirse los pulmones solos. — Eh, yo fumo, hija de tu madre –espetó Anthony. — Ya lo sé, por eso lo digo. — No te pego porque te quiero. — Ya, no me vas a convencer después de que me has tratado tan mal. — No lo intento, sólo finjo hacerlo.             Samantha le arrojó una mirada letal y él se echó a reír. Leo por su parte los miraba divertido; sí, efectivamente sus amigos eran su mejor medicina contra cualquiera de sus males, especialmente los que comenzaban por T. Al cabo de un rato, luego de bromas y cuentos acerca de su fatigadora mañana, Leo les comentó la inquietud que sentía acerca de su pronto aniversario con Tiffany. Todos lo escucharon atentos, aunque no comentó ninguna de sus ideas, pidió la opinión de ellos. — Yo no tengo idea –aseguró Anthony-, en lo que a mujeres respecta estoy bien reprobado. No es mi materia favorita. — Lo sé –dijo Leo con una sonrisa-, pero me interesa la opinión de ustedes. — Que te aconsejen ellas –indicó señalando a las chicas con la cara-, seguro que te darán mejores ideas. Yo los escucho a ver si aprendo algo. — ¿Te volverás heteroflexible? –rió Cami. — Ni en tus mejores sueños húmedos o, en su defecto, en mis peores pesadillas. — Ya quisieras –rezongó ella-, a ver, ¿qué tal una cena? — Muy común –respondió Leo descartando esa idea. — ¿Un viaje? –sugirió Samantha sin muchas esperanzas. — ¿A dónde? –preguntó él. — Cancún, quizás, algún sitio exótico que no hayan visitado. — Podría ser, ¿algo más? — ¡Bah!, mejor pídele matrimonio a un plazo de tres años mientras en ese tiempo obtienes un apartamento decente para llevarla contigo –sugirió Anthony.             Las dos chicas lo miraron con los ojos abiertos como platos, al tiempo que le arrojaron una mirada mordaz por semejante idea. Anthony no tenía pleno conocimiento de lo que ellas sabían respecto a Tiffany y esa, fue la peor de las sugerencias. Estaban tan nerviosas que comenzaron a mirar a otras direcciones y a sudar frío, no querían que Leo hiciera eso, querían que él se diera cuenta por sí mismo lo que estaba pasando. Pero si sopesaba si quiera esa opción, tendrían que idear un plan para impedirlo. — Puede ser –dijo por fin-, bueno, lo pensaré y luego les comentaré qué he decidido. Debo irme a trabajar. ¡Nos vemos en el bar esta noche!             Se despidió de todos y se encaminó a la fiscalía. Lo siguieron con la mirada hasta que se perdió entre la multitud. Esa respuesta las había dejado consternadas, en el fondo esperaban que no la tomara en serio y se fuera por otra menos cruel para su futuro. Samantha fue la primera en mirar fijamente a Anthony, cuando este se percató de su aparente enojo se puso a la defensiva. — ¿Y ahora qué? –preguntó. — ¡Serás idiota!, pendejo –le espetó.             Cami negó con la cabeza y se fue a sus clases particulares en el teatro, Samantha tenía prácticas en el laboratorio, por lo que se fue sin decir nada y dejando al pobre Anthony estupefacto. Las miró alejarse, con un pesado dolor en el pecho, no sabía qué había hecho mal, pero sospechaba que la había jodido de una manera atroz. Respiró hondo e intentó pensar detalladamente en qué podía haber sido, pero lo único que se le ocurría era lo del matrimonio y sí, sabía que las chicas odiaban a Tiffany, pero no al extremo de no querer la felicidad de su amigo. Aun confundido, se fue a casa, necesitaba alistarse para ir a trabajar.             Ya entrando a la fiscalía, el celular de Leo comenzó a sonar. Pensó que era alguno de sus amigos, pero al ver el número y el contacto que marcaba Tiffany en la pantalla, se puso tan nervioso que el teléfono resbaló de sus manos a causa del sudor. Se intentó tranquilizar pero no lo consiguió, tembloroso atendió la llamada. — Hola, amor –sonrió como el imbécil que era. — Leonardo, tenemos que hablar –soltó ella sin preámbulos, él sintió que su mundo se desmoronaba-, es urgente. — De acuerdo, dime cuándo. — Hoy, te espero a la salida del trabajo. — De acuerdo –concedió él. — Nos vemos.             Colgó y él se quedó mirando la pantalla. Sentía que el mundo se le venía abajo y no tenía cómo detenerlo. Contuvo las lágrimas que comenzaban a asomarse en sus ojos, temiéndose lo peor, respiró hondo e ingresó dentro del ascensor.             Leo sabía que las cosas no estaban bien entre ellos y que, por la aparente distancia de Tiff, lo más probable era que terminasen tarde o temprano; quizás más temprano que tarde, pero eso era indiferente. El hecho es que su mundo se estaba volviendo añicos y él no sabía cómo hacer para repararlo antes de que se rompiera en miles y millones de fragmentos. Ella era su vida, el mayor de todos sus anhelos. Dentro de todo el caos que reinaba en su mente, Leo estaba seguro de dos cosas: quien luchaba por lo que quería, podía perderlo; pero quien no luchaba, ya había perdido. 
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