El día transcurrió sin mayores novedades. Leo decidió concentrarse en su trabajo para no acabar echándolo todo a perder. Era casi la hora de salir y se encontraba tanto animado como intrigado. Ya deseaba estar en el bar para hablar con esa amiga de Sam y comenzar a esclarecer su panorama, si es que se podía. Comenzó a recoger sus cosas sin notar que en el umbral de la puerta estaba su jefa de pie, observándolo maternalmente.
— Leo –le llamó y esté dio un respingo al escucharla.
— ¿Sí, Sra. Bailey?
— Espero de todo corazón que tus asuntos se solucionen –le sonrió-, eres un buen chico y quiero verte triunfar. Sé que llegarás tan lejos como quieras, no lo olvides.
El asintió con la cabeza y la observó marcharse. Todos tenían en él más confianza de la que él tenía en sí mismo. Se disponía a tomar su maletín cuando escuchó unas voces acercarse. Se trataba de un grupo nuevo de pasantes, dos chicas bastante guapas y un chico casi recién salido de una revista de modelos. Leo lo miró absorto, detallando sus delicadas facciones, el chico se percató y le esbozó una sonrisa. Nuestro querido Leo, que era más tímido que la propia palabra, desvió rápidamente su mirada y terminó de coger sus cosas para encaminarse apresuradamente al ascensor.
Entró y cuando marcó el botón de Planta Baja, el mismo grupo irrumpió para bajar con él. Las chicas le regalaron una sonrisa y el chico lo penetraba con la mirada sin dejar de sonreír. Él trataba de fingir demencia, además de que tenía algo de prisa. La ansiedad estaba por devorarlo y necesitaba resolver poco a poco su desastrosa vida.
El viaje en el ascensor se le hizo eterno; las chicas no dejaban de hablar y el chico no le quitaba la mirada de encima. Aunque Leo se limitó a mirar fijamente los números arriba del ascensor, periféricamente notaba la persistente mirada del chico; una vez que el ascensor marcó el piso destino, salió casi pirado del lugar con destino al Bar de siempre.
Cuando llegó, casi con la lengua afuera, se encontró con los chicos. Anthony estaba limpiando la barra mientras otros alistaban los vasos y las bebidas. Max se encontraba jugando con su celular y tanto Sam como Cami estaban hablando animadamente una chica que estaba de espaldas a él. Sintió que su cuerpo comenzaba a sudar frío y con paso decidido se acercó a ellos.
— ¡Hola a todos! –les saludó.
— ¡Cuchitura! –le llamó Cami esbozando una sonrisa.
Sam le sonrió y le chica le miró tímidamente. Era linda, de piel morena y ojos café con el cabello semi-ondulado cayendo por sus hombros. Él le devolvió la sonrisa y se sentó junto a ellos. Max lo interrogaba con la mirada, las chicas habían hablado previamente con él y con Anthony y les habían contado con lujo de detalles todo lo que pasaba respecto a Tiffany; sin embargo, todos acordaron que debía ser Leo quien lo descubriera por sí mismo. Si iban de lengua suelta a decirle, capaz y fuesen ellos quienes saldrían con los platos rotos en la cabeza.
— Leo, ella es mi amiga Alejandra –le presentó Sam-, trabaja en Clínicas Caracas.
-— Hola, Leo –saludó Ale con su melodiosa voz-, Sam me estuvo hablando de ti. Enhorabuena por la noticia de tu paternidad.
— Sí –dudó mientras le sonreía-, verás, no estoy tan seguro…
— Lo sé –le cortó ella-, para eso estoy aquí. Quédate tranquilo, Leo –le sonrió-, hay formas de saber si es o no tu hijo.
— ¿Cómo sería eso?
— Te explico: dependiendo del tiempo de gestación que tenga tu novia, podemos realizar una prueba de paternidad al feto.
— ¿Eso no sería peligroso? –interrumpió Sam-, sé que esas pruebas pueden ocasionar un aborto.
Leo palideció ante el comentario de su amiga. Quería aclarar sus dudas pero no quería exponer al bebé, lo que menos deseaba era ocasionar una pérdida por su tonta curiosidad. Aunque nosotros opinemos que no era tonta, ya saben ustedes lo idiota que es nuestro Leo.
— No, Sam –respondió Ale con una sonrisa-, Leo, este sábado puedo atenderlos. Primero averigüemos cuánto tiempo de embarazo tiene tu novia y luego pensamos en la prueba. Para que esta no sea invasiva, la madre debe tener al menos trece semanas de gestación.
— ¿En ese caso ya no correría ningún riesgo? –preguntó Max.
— En absoluto. La prueba se hace tomando una muestra de sangre de la madre, quien, para ese momento, debería tener el ADN fetal flotando libremente por su torrente sanguíneo.
— ¿Y si aún no cuenta con las trece semanas? –quiso saber Cami.
— Tendremos que esperar, de lo contrario, la otra prueba sería tomando una muestra de la placenta y esa –le dedicó una mirada a Sam-, es la que ocasionaría un posible aborto.
Todos asintieron con la cabeza y cambiaron el tema de conversación. Leo estaba más calmado respecto a la situación y pudo integrarse tranquilamente con el grupo; al cabo de unas horas comenzó a bostezar y fue cuando recordó que no había dormido absolutamente nada por andar de cabezota. Ya eran casi las 10 pm cuando anunció que se retiraría y dando una excusa barata, se fue a casa.
Tomó un taxi pues temió quedarse dormido en el metro y tampoco es que fuese un sitio seguro, capaz y llegaba a su casa sin pantalones. Cuando arribó al apartamento, saludó a su madre y se fue directo a su habitación. Sabía que esta quería bombardearlo de preguntas, pero el pobre estaba realmente agotado, tanto así, que apenas entró a su cama cayó, literalmente hablando, en un coma hasta las 3 am. ¿Alguna vez escucharon que esta era la hora “del diablo” ?, algunas personas dicen que a las 3 am se esconden o retiran nuestros angelitos y salen los demonios y parásitos a molestar hasta que nace el sol. Sinceramente yo creía que era cierto porque justo a esa hora, nuestro Leito se despertó con un mar de dudas.
¿Qué pasaría si Tiffany efectivamente tenía menos de 3 meses de embarazo?, obviamente no sería suyo, pero ¿qué posibilidades había de que sí los tuviese?, ¿qué haría en caso de que no fuese suyo?, o sea, era tan idiota que aún pensaba qué hacer cuando la respuesta más obvia era mandarla a freír espárragos.
Nuestra pobre alma en pena posó su brazo sobre sus ojos tratando de conciliar el sueño, cosa que no fue posible. Mientras daba vueltas y vueltas en su cama, más preguntas estúpidas invadían su mente. Lamentablemente todas acababan en la misma disyuntiva: ¿qué haré si…?, oigan, hasta yo a veces me exasperaba de su idiotez. El hecho fue que entre vueltas y pensamientos sonó su alarma. Arrojó una maldición al aire y se encaminó a iniciar su día. Cuando pasó al comedor para desayunar con su santa madre, esta ya lo estaba interrogando con la mirada y no, no crean que se iba a ir ileso, ella quería respuestas y como toda madre, las iba a obtener.
— ¿Has esclarecido algo, cariño? –le preguntó de forma amorosa, tratando de reprimir el veneno que deseaba arrojar sobre la noviecita de su hijo.
— No, ayer Tiffany me evadió así que no pude hablar bien con ella.
— ¿Qué posibilidades existen de que ella te estuviese engañando?
— No lo sé –respondió consternado.
Y la verdad era esa, no lo sabía. Cuando nos enamoramos, solemos quedarnos ciegos y apendejados. Puede pasar el mismísimo Brad Pitt frente a nosotros y les puedo asegurar que seguiremos teniendo ojos únicamente para los cachetes de marrana flaca que nos robaron el corazón, al menos así, era Leo. Siempre tuvo tras él tanto hombres como mujeres, la verdad es que pretendientes jamás le faltaron, pero el muy idiota sólo tenía ojos para su pulguienta novia.
De cualquier forma, su santa madre se mordió la lengua para no decirle que era un tonto que debía mandarla a freír monos de una buena vez. Todos querían que Leo tomase sus propias decisiones y resolviera, como el adulto que era, su actual patética vida. Desayunaron en completo silencio hasta que cada uno salió a su respectivo destino.
En clases, Leo estaba cabeceando. Ya eran dos días durmiendo mal; estaba tan somnoliento, que se quedó dormido y fue cuando su compañero de atrás le tocó el hombro y se despertó sobresaltado con el profesor acercándose a su puesto. Leo sintió un escalofrío recorrer toda su espalda mientras su compañero disimuladamente le susurró la respuesta a lo que preguntó el profesor. Leo tenía el cerebro embotado, no era capaz de procesar nada así que se limitó a responder lo indicado por su compañero. El profesor asintió con la cabeza y continuó paseando por el salón mientras hablaba. Leo agradeció a su compañero y este, esbozando una sonrisa, le restó importancia al asunto. Cuando se anunció el final de la clase, el profesor le llamó a su escritorio.
— Sr. Blair –dijo serio, escrutándole con la mirada-, sé que su vida quizás es un poco ajetreada, pero que sea la última vez que se duerme en mi clase.
— Lo siento Sr. yo…
— No he terminado –lo cortó-, la próxima vez que quiera dormir, vaya a la biblioteca o a otro lugar, pero no nos falte el respeto durmiendo sobre su pupitre.
— Sí, señor.
Sus compañeros comenzaron a reír por lo bajo cuando vieron a Leo salir del aula con los colores en la cabeza. A este punto ya se había dado cuenta de que no podía seguir así, tenía que hacer algo. Introduzcamos aquí un coro de ángeles para iluminar su gran pensamiento. En fin, se encaminó hacia el módulo donde estudiaba Tiffany y la encontró charlando animadamente con unos chicos y sus amigas, quienes, se derretían por Leo y este estaba completamente consciente de ello.
— Hola –saludó en general y las amigas de su novia no pudieron emitir un tenue suspiro y poner cara de tontas-, Tiff, ¿podemos hablar?
— Sí, claro –accedió esta con indiferencia.
Se alejaron un poco del grupo para que no pudiesen escuchar la conversación. Leo estaba nervioso, tenía las manos sudadas y hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener su compostura. La actitud indiferente de Tiffany lo tenía realmente agobiado, ella lo miraba con fastidio, como si quisiera salir rápido de él para volver con sus amistades. Lo que Leo no notó, fue que las amigas de ella la miraban con envidia y de vez en cuando lo miraban a él con nostalgia, mientras que uno de los chicos junto a ellas, miraba a Tiff triunfante y a él, casi como si fuese poca cosa a su lado.
— ¿De qué quieres hablar? –preguntó incómoda.
— Tengo una amiga ginecóloga y quiero que vayamos este sábado a su consultorio –soltó sin preámbulos.
— ¿Qué?, ¿por qué? –se puso nerviosa y Leo se dio cuenta.
— Porque quiero saber cómo está el bebé –dijo él con calma.
— Sabes que yo tengo mi doctor, no hace falta…
— Quiero que vayamos con ella este sábado –insistió.
— ¿Y qué si no quiero ir con ella? –le desafió.
— Tiffany, te lo estoy pidiendo de buena manera, sólo quiero saber cómo está el bebé –suspiró-. Mira, tengo que tomar decisiones importantes en torno a esto, así que, por favor, al menos colabora un poco.
Ella no dejaba de jugar con sus dedos y estaba realmente incómoda con la situación. Leo no entendía por qué, o quizás sí, pero fingía demencia. Él se quedó ahí parado, escrutándola con la mirada y ella simplemente rehuía, volteaba a donde sus amigas y les sonreía, pero él, era como si no existiera.
— De acuerdo –dijo finalmente-, si con eso vas a dejar de molestar…
— ¿Se puede saber qué te pasa? –inquirió exasperado-, llevas meses de esta forma. Si lo que quieres es terminar conmigo, sólo dilo.
— ¿Cómo se te ocurre? –dijo ella entre enojada y abrumada-, no creas que saldré adelante sola con el bebé.
— No, obviamente me haré responsable, pero no quiero estorbar en tu vida si lo que quieres es alejarme.
— No –dudó-, creo que es por el embarazo, últimamente ando muy sensible, ha de ser por eso.
— De acuerdo –suspiró Leo resignándose-, ¿te veré esta noche?
— No, quiero descansar. Estoy realmente agotada así que te espero el sábado para que vayamos a donde tu doctora. Además, no tengo ánimos de lidiar contigo en estos días.
Leo se quedó atónito con sus palabras y observó consternado cómo ella se iba, así sin más, de regreso con sus amistades. La vio sentarse con ellos y continuar conversando animadamente. Esto lo molestó de una forma descomunal. ¿Con qué cara le hacía eso?, a él lo miraba con desprecio y con los demás era tan amorosa y sonriente como de costumbre. Negó con la cabeza y se encaminó al trabajo, ya no tenía ánimos de estar lidiando con las locuras de su novia, al menos no por la tarde; ya tendría tiempo suficiente para ocuparse de eso cuando llegase al Bar.