Las horas transcurrieron rápidamente; en el trabajo Leo estuvo tan ocupado que casi no le dio tiempo para pensar. Algo bueno, porque por lo visto, pensar no era lo suyo. El día se diluyó entre sus manos y al caer la tarde, se fue directo al Bar.
Menudo Bar, cualquiera diría que eran alcohólicos yendo todos los días ahí; pero no se trataba de eso. Anthony por lo general salía muy tarde y ellos a veces le acompañaban, especialmente los viernes y sábados que se prendían los ánimos y uno que otro desubicado se ponía de picante a buscar pleitos fuera del lugar. Entre semana, Anthony trabajaba hasta las 2 am, a veces hasta las 3 am y el local disponía de buses de acercamiento, pero los fines de semana era hasta las 6-7 am y como a esa hora ya estaba abierto el metro, entonces se tenía que ir a patica.
Cabía destacar que el ambiente era bastante agradable; quedaba en plena avenida y no entraba cualquier gente, el dueño trataba de que su disco-bar fuese bastante “exclusivo”. Por lo que, la gente picante, usualmente provenía del bar que estaba frente a ellos. Quizás por ese ambiente relajado era que a los chicos no les incomodaba acompañar a su amigo un par de horas. Eso sin contar que como ya eran clientes frecuentes, y el dueño les tenía un cariño especial, a veces sus tragos corrían por cuenta de la casa.
El hecho fue que cuando Leo llegó, miró a sus amigos en la barra, donde siempre, charlando con Anthony y los compañeros de trabajo de este. Su mente se quedó en blanco pensando si de verdad valía la pena arruinar el momento con sus dramas amorosos, pero no pudo llegar a una conclusión porque Cami se percató de su llegada.
— ¡Cuchituraaaa! –le saludó mientras se abalanzaba entre sus brazos.
— Hola, Cami –respondió él besando su mejilla.
— Leito, qué bueno que llegaste –dijo Sam sonriendo-, Max nos estaba matando del aburrimiento.
— ¿Qué? –preguntó este confundido, levantando su vista del celular-, ¿qué pasó?, ¿yo qué hice?
— Justo eso –espetó Sam-, quedarte como idiota en el celular y no prestarnos la más mínima atención.
— ¿Qué puedes esperar de este millennial? –rió Cami.
— Te recuerdo que tenemos la misma edad –se defendió Max.
Leo los miraba completamente divertido, ya perdí la cuenta de cuántas veces, a lo largo de su vida, sintió que sus amigos eran su mejor medicina; su más grande escape. Anthony no le quitaba los ojos de encima; sabía a leguas que el silencio de su amigo le precedía alguna incomodidad y aprovechó este preciso momento para interrogarlo.
— Leo, ¿cómo estás? –le saludó.
— Bien, hermano, un poco cansado –sonrió-. ¿Tú cómo has estado?
— Mejor que tú, sin duda –rió-. ¿Nos vas a contar cómo te fue con Tiffany?
Todos miraron a Leo y Camila abrió los ojos como platos, lo habían olvidado por completo. Leo sintió un escalofrío recorrer su espalda a medida que una gota de sudor la dibujaba. Con una sonrisa torcida y pocos ánimos para encarar la situación, les comentó un poco al respecto: pues la actitud que Tiffany tenía con él y en sí, cómo se dieron las cosas. Los chicos pusieron muy mala cara durante todo el relato y no era para menos, aunque nuestro Leo era un idiota, era nuestro idiota y lo queríamos mucho.
— Yo opino que deberías buscarte otra –alegó Cami.
— Yo opino que deberías salir conmigo –Max le guiñó un ojo y todos rieron.
— Creo que no sabrías qué hacer conmigo –lo tentó Leo bromeando.
— ¿No será al revés? –se defendió.
— La verdad es que sería interesante –rió Cami-, o sea, nuestro amigo hetero-flexible al fin saltaría la talanquera.
— No me imagino a Leo nadando en la laguna de los patos –comentó Anthony sonriendo.
— ¿No se cansan de hacerme bullying? –preguntó Leo divertido-, a veces me pregunto qué sería de ustedes sin mí.
— ¡Un completo aburrimiento, hermano! –se rindió Anthony.
— ¡Oh!, silencio todos, esa es nuestra canción –les hizo callar Camila.
En ese momento todos rieron y comenzaron a entonar la canción Karma Chameleon de Culture Club que estaba sonando. Daba risa mirarlos, todos, incluyendo Leo, cantando afeminadamente cada estrofa. Anthony suspiró, ver a sus amigos felices y distraídos le daba una entera satisfacción; pero ver que Leo, su hermano del alma, lograba distraerse, era la gloria.
Llegó un punto de la canción en la que Anthony salió de la barra y se abrazó a Max y Leo para seguir cantando, Sam se les sumó y Cami, encarnando una ceja, se plantó frente a los chicos y los miró con el ceño fruncido. Estos la omitieron hasta que, culminada la canción, esta sin piedad alguna arremetió contra Anthony por robarle la atención de sus chicos.
— ¿Y tú?, ¿no tienes que trabajar?
— Uff, serás aguafiestas –soltó este.
— Shoo shoo, son míos, míos de mi propiedad.
— ¿Y Anthony no es tuyo? –inquirió Sam arqueando una ceja.
— Sí, pero él está en horario laboral –se defendió Cami mientras le sacaba la lengua.
— Chicos, hoy saldré temprano –les notificó Anthony-, pedí permiso porque debo hacer unas tareas así que voy por mis cosas, si gustan pueden esperarme afuera.
Todos asintieron con la cabeza y tomaron sus cosas mientras Anthony comenzó a alistarse. Salieron del local y se quedaron a unos cuantos pasos esperando a su amigo. Continuaron charlando hasta que a las chicas les nació darse una tierna demostración de afecto. Estaban abrazadas cuando Sam decidió darle un tierno beso a Camila y tanto Leo como Max comenzaron a refutar.
— ¿Podrían no comer delante de los pobres? –alegó Max.
— Verlas así hace que me deprima aún más.
— En vez de quejarse, deberían intentar darse amor mutuamente, así se consuelan –les dijo Cami y volvió a los labios de su novia.
Los chicos se miraron y desviaron la mirada rápidamente, como si, siquiera el pensarlo, fuese algo anormal. Para cuando Anthony salió la cosa estaba dividida entre la tensión y el romanticismo. Samantha llamó al chofer y se dispusieron a caminar hacia la avenida mientras él sacaba el auto del estacionamiento para ir a buscarlos. A medida que iban caminando, se toparon con dos tipos que miraron a Anthony con repulsión, éste, por puro instinto, agachó la cabeza y apuró un poco el paso.
— Hey –lo detuvo Leo-, ¿qué sucede?
— Nada –sonrió-, esos tipos son de la uni, no sé qué rayos hacen siempre ahí parados, pero son homofóbicos a mil.
— ¿Siempre vienen? –quiso saber-, porque la verdad es primera vez que los noto.
— Usualmente, no todos los días, pero a veces…
No terminó de hablar cuando una pequeña piedra impactó en su sien. Todos voltearon y los dos tipos se estaban riendo. Uno de ellos le arrojó otra piedra a Anthony quien, por puro instinto, trató de cubrirse el rostro; la piedra impactó en su antebrazo y a Leo se le subieron los colores a la cabeza.
— ¿Qué te pasa, maricón? –inquirió con una sonrisa en el rostro uno de ellos.
Y esa fue la gota que derramó el vaso. A Leo se le escapó cualquier intento de cordura y sentido común que tenía hasta ese preciso momento. Se podían meter con él, pero su madre, sus amigos y en especial Anthony, su hermano, eran intocables. Se abalanzó sobre el tipo que le llamó marica a su amigo y le propinó un golpe en el rostro, directamente en el labio y se lo partió.
Nuestro valiente amigo no tomó en cuenta que eran dos, lo bueno es que no estaba solo, Max no sabía pelear, pero por último hizo de escudo humano para que el otro no le pegara a Leo. Las chicas estaban ansiosas y Sam, hecha un manojo de nervios comenzó a registrar su cartera. Un golpe tras otro. Leo descargó toda su ira con el tipo, claro que él también recibió golpes, pero la adrenalina del momento no le permitió sentir dolor.
Max, por su lado, se la estaba viendo un poco difícil pues más eran los golpes recibidos que los asestados. Camila se abalanzó sobre este para ayudar a Max y entre mordiscos y rasguños, Anthony desesperado les pedía que parasen. Samantha finalmente encontró lo que buscaba en su “agujero n***o” de cartera: su electroshock. Se acercó hacia el hombre más indefenso, el que tenía su ira centrada en Max mientras era atacado por la fierecilla de su novia. Ubicó su cuello desnudo y se apresuró a propinarle una descarga que lo inmovilizó tras un grito desgarrador que fue silenciado por la corriente que pasaba hacia su cuerpo.
Anthony aprovechó para tomar a Leo por la camisa y tirarlo hacia él mientras todos miraban perplejos al tipo retorciéndose en el suelo. Leo se pasó la mano por la boca para limpiar la sangre que le corría mientras amenazadoramente le habló a los tipos.
— Si los vuelvo a ver rondando por aquí o insultando a mis amigos, no volverán a tener suerte, hijos de puta.
— Ya, Leo –intentó calmarlo Anthony-, vámonos por favor.
Al sonido de una sirena policial acercarse, el tipo que estaba de pie ayudó al otro a incorporarse rápidamente y salieron corriendo. Los chicos tomaron aire estrepitosamente cuando John, el chofer de Samantha, se acercó corriendo hacia ellos. La sirena la había hecho sonar él cuando divisó la pelea y vio que la “pequeña” Sam estaba cerca. Suspiraron aliviados al saber que no tendrían que pasar la noche en prisión y se encaminaron hacia el auto, en completo silencio.
Luego del bajón de adrenalina y todo el drama, nadie tenía ánimos de hablar, por el contrario, estaban tan alterados que sólo querían llegar a sus casas y dormir. Esta noche Max se quedaría con Anthony, así que las chicas pasaron a dejarlos y luego, con una triste despedida, siguieron su rumbo. Los tres se encaminaron hacia el edificio e ingresaron al ascensor en completo silencio. Cuando llegaron al piso marcado, Leo le pidió a Anthony estar un rato más con ellos. Este se limitó a asentir con la cabeza, aún con su cerebro embotado por lo sucedido y pasaron a su habitación. Su madre no estaba en casa, debía estar en camino del trabajo. Leo se abalanzó sobre Anthony y rompió a llorar desconsolado ante los ojos atónitos de sus amigos.
— Perdóname, Tony –le pidió-, no quise actuar de esa forma, no pensé que podría ponernos a todos en peligro.
— Bueno –intentó calmarlo Anthony-, admito que fue algo realmente estúpido, pero ya pasó; todos estamos bien y es lo que importa.
Leo asintió con la cabeza y se retiró lentamente de su amigo. Se sentaron en el suelo y Max pasó un brazo por su hombro, Leo no paraba de llorar incontrolablemente y los chicos estaban un tanto incómodos. Lo entendían sí, sabían que estaba explotando, ese llanto era parte de un “todo” que tenía acumulado en su garganta.
— No entiendo –suspiró-, no entiendo qué pasó con ella y conmigo. Siempre me sentí arriba en las nubes a su lado y ahora, sin piedad, me arrojó hacia el suelo.
— Lo peor, Leo, es que ella sólo dice las cosas que se supone que debe decir –respondió Anthony-. Pero no tiene la cara para enfrentarte.
— ¿Qué hice mal, Tony?, siempre le fui fiel, la respeté, la hice mi prioridad…
— No te calientes la cabeza, Leo, ella no es más que un sueño malgastado.
— Anthony tiene razón, Leo –intervino Max-, tú le diste todo cuanto tenías y a ella no le importó.
— Aunque suene difícil de creer, hoy tuve más miedo de perderte a ti que a ella –dijo Leo mirando a Anthony-. Eres mi mejor amigo, mi hermano del alma… pensar en que alguien te podría hacer daño me descolocó, me hizo perder la cabeza.
Anthony asintió con la cabeza sin saber qué decir exactamente. El afecto que se tenían él y Leo iba más allá de cualquier razonamiento. Eran hermanos, almas gemelas. No se veían con ojos más allá de la amistad, pero el amor que sentían el uno por el otro era más extenso que el universo. Anthony esbozó una sonrisa y abrazó con fuerza a su amigo, dejándolo llorar como una niña, sin importarle que su camisa terminaría empapada.
Actualmente Anthony no tenía pareja. Después de su salida del clóset y hasta hace un par de años, estuvo saliendo con uno que otro chico. Tuvo tres parejas en total, sólo una lo presentó a su madre y duraron aproximadamente dos años saliendo. La relación se acabó por falta de tiempo. Después de la muerte de su padre, Anthony sólo podía estudiar y trabajar, no existía tiempo para nada más y, aunque a veces le hacía falta despertar al lado de alguien o sentir que alguien más se preocupaba por ti, aparte de tu familia y amigos. Leo finalmente dejó de moquear sobre su hombro, lo miró con ternura y le sonrió.
— Podría perder muchas cosas –le dijo tomando su mano y la de Max entre las suyas-, pero no a ustedes. Ustedes son mi mundo entero.