En la mañana, los chicos pasaron por el apartamento de Leo y su madre los recibió con los brazos abiertos. Les invitó a pasar ya que Leo aún no estaba listo y mientras esperaban en el living, ella preparaba el desayuno. Los atendió como reyes pues el afecto que sentía por ellos, en especial por Anthony a quien vio crecer, era inmenso. Mientras esperaban al susodicho hablaron de trivialidades; les preguntó por su familia, sus estudios y el trabajo. Todos estaban bien, conversando amenamente hasta que al fin nuestro protagonista hizo su aparición y ocuparon sus respectivos lugares en la mesa para desayunar.
— ¿Cómo estás, Leo? –preguntó Max, escrutándolo con la mirada.
— Bien –respondió con una sonrisa-, dormí como un bebé.
— ¿Qué? –inquirió Anthony-, no me digas que sigues mojando la cama.
— Pues no –se defendió-, pero la babeé.
Todos rieron y a Leo se le subieron los colores al rostro. Recordó aquella vez que tuvo un sueño húmedo y Anthony lo había acusado de orinarle la cama. Aunque trataban de disimularlo, todavía existía un poco de tensión por lo sucedido la noche pasada. Leo no dejaba de pensar en los desgraciados que molestaban a su amigo y le preocupaba enormemente el hecho de que este, sin lugar a dudas, sabía más de maquillaje que de defensa personal. Incluso si Anthony intentase aprender boxeo, era probable que el saco practicase con él y no al contrario.
— Cariño –le habló su madre-, ¿qué novedades tienes respecto al embarazo de Tiffany?
Y con esto la tensión se disparó tomando otro rumbo. El rostro de Leo se descompuso y Anthony intercambió con Max una mirada llena de dudas y pesar. Su madre no lo hacía por mal, ella lo apoyaría en todo lo que él decidiera; sin embargo, no iba a permitir que su hijo cometiera un error sin estar completamente seguro de que ese saco era suyo. Al ver que Leo no respondía, fue Anthony quien decidió romper el silencio.
— Aún no sabemos si Leo es el padre –soltó sin más-. Sam le presentó a Leo una amiga suya que es ginecóloga y los recibirá este fin de semana para realizarle un chequeo.
— ¿Harán la prueba de paternidad? –preguntó ella arqueando una ceja.
— Si es que Tiffany cuenta con 3 meses, si no, habrá que esperar.
— Entiendo –dijo ella asintiendo con la cabeza-, ¿al final hablaste con ella?
— No pudo, ella lo ignora y lo trata a las patadas.
— Esa niña de verdad que es imposible –reprochó la madre de Leo completamente exasperada-, bueno, amor, pase lo que pase y decidas lo que decidas, yo siempre estaré aquí para apoyarte.
— Gracias, mamá –respondió al fin con una sonrisa mediocre.
— Bueno, cambiemos el tema –dijo ella fingidamente animada-. Anthony, ¿cuándo piensas traerme un yerno a esta casa?
— Oh, pues yo –se le subieron los colores al rostro y Max no dejaba de sonreír-, no tengo tiempo para romances.
— ¿Cómo?, si estás en la flor de la juventud. ¿Y tú, Max?
— Yo estoy esperando a que su hijo salte la talanquera.
Todos rieron, menos Leo que seguía un poco ensimismado, este sólo se limitó a dar una sonrisa forzada.
— Bueno, la verdad es que te preferiría a ti como nuero que a la loca esa.
Max se puso rojo y evitó mirar a Leo quien lo escrutaba con la mirada. En realidad, su madre lo había dicho muy en serio, a pesar de que las risas lo dejaron como una broma. Ella prefería mil veces ver a su hijo con un hombre o una mujer, con cualquiera menos con su pulguienta novia.
Terminaron de desayunar y se prepararon para ir a la universidad. La madre de Leo los despidió afectuosamente y así, todos partieron hacia sus respectivos destinos. Los chicos iban de camino al metro, Leo ensimismado y los otros haciendo bromas, con la esperanza de animarlo un poco. Nada daba resultado, parecía no tomar en cuenta que sus amigos estaban presentes y haciendo un esfuerzo sobrehumano para hacerlo sonreír.
— ¿Sabes, Tony? –dijo al fin, sin levantar su vista del suelo-, tengo miedo. Tengo un miedo terrible de esa prueba.
— ¿Por qué?, ¿qué es lo peor que podría pasar?
— Es que, si sale negativa, no sabría qué hacer. Seamos realistas, si se diera el caso de que ella haya sido infiel y el bebé no fuese mío, el hecho de que ella quiera hacerme responsable indicaría que el verdadero padre no la apoyó.
— ¿Y eso qué tiene que ver contigo? –preguntó arqueando una ceja. Max se limitó a escucharlos en silencio.
— No me gustaría que un niño creciera sin padre, igual que lo hice yo.
— Leo –Max intervino antes de que Anthony hablara-, no puedes asumir responsabilidades que no te corresponden. Eso no es asunto tuyo si el posible padre se pasó el tema por el forro. Si tú no la embarazaste no puedes cargar ese saco y, de cualquier forma, habría sido más sensato de ella confesarlo y de pronto pedirte apoyo, pero no de esta forma.
— Bueno –interrumpió Anthony-, no saquemos conclusiones antes de tiempo. Tiffany no es santo de mi devoción, pero no podemos juzgarla antes de tiempo. Aún no sabemos qué es lo que pasa –miró a Max con cierta advertencia en sus ojos y volvió su vista hacia adelante-, si el resultado llegase a ser positivo, nos va a pesar la consciencia a todos.
— En caso de que nuestras especulaciones sean falsas, no queda otra que apoyar a Leo -refutó Max con firmeza-, pero si llegasen a ser ciertas nuestras dudas, no podemos permitir que él cargue con la responsabilidad de otros, es injusto.
— Pero esa, amigo, ya es decisión de él.
Ambos se miraron echando chispas en los ojos y Leo se limitó a asentir. De cualquier forma Anthony tenía razón, pasara lo que pasaba, era su decisión y de nadie más. Aunque el hecho le consternaba porque, seamos realistas, no hay nada peor que la incertidumbre, estaba de manos atadas. No iba a sacar absolutamente nada con deprimirse y sobre pensar el asunto, al final debían esperar la revisión para luego, devanarse los sesos pensando en qué demonios hacer con su vida.
— Pienso qué -dijo Anthony para romper el hielo-, y dejo claro que esta es mi humilde opinión como tu amigo. Que si es tu hijo, bien, te hagas responsable y ten por seguro que todos te apoyaremos. Pero si no lo es, no lo asumas, Leo… entiendo por lo que pasaste, entiendo que te hizo falta tu padre y todo lo que intentaste que tu madre no lo notara para que no se sintiera mal. Mírate en ese espejo, tu madre sólo se dedicó a criarte, no rehízo su vida y, te guste o no, es lo que aprendiste. ¿Crees que es justo sacrificar tu vida por un niño que no es tuyo?, ¿y al final qué?, si ella te fue infiel, siempre lo será.
— Lejos de echarle leña al fuego -intervino Max-, eres joven, Leo… un corazón roto no implica una vida desdichada. Puedes volver a enamorarte, formar una familia, una verdadera. El corazón dolerá un tiempo y luego sanará, no te cierres a conocer a una persona que realmente te valore, que se preocupe por ti y quiera atravesar a tu lado no sólo los arcoíris, sino también enfrentar de tu mano hasta la más terrible de las turbulencias.
Max lo miró fijamente, con su rostro completamente indescifrable, Leo sintió su corazón dar un leve salto y asintió con la cabeza. Incapaz de refutar nada de lo que dijeron, a fin de cuentas, ambos tenían razón. No iba a morir por mal de amores, por mucho que le doliera, tarde o temprano esto pasaría.
Llegaron a la universidad y cada quien se fue a su respectiva clase. La mañana transcurrió sin ningún inconveniente, sin nuestro Leo durmiendo en clases, sin dramas, sin nada en particular. En el trabajo tampoco sucedieron cosas relevantes. Rindió perfectamente, estaban todos completamente ocupados con la cantidad de casos que les llegaban y esto le permitió despejar su mente. A mitad de la tarde, a unas pocas horas antes de salir, recibió un mensaje de Max y sintió un vacío en el estómago.
— ¿Cómo te sientes?, ¿irás hoy al bar?
— Bien y sí, como de costumbre.
— De acuerdo, ¡Nos vemos allá!, trata de relajarte.
No respondió. Se quedó mirando su teléfono y una calidad sensación recorrió su cuerpo. Sonrió y negó con la cabeza pensando que, si bien su novia podía no amarlo ya, tenía el apoyo y el amor incondicional de su madre y sus amigos, ya con eso se podía dar por bendecido. Continúo trabajando de lo más normal y a la hora de salida recogió sus cosas para encaminarse al bar. Iba un poco más fresco, despejado. En serio debía admitir que hizo un esfuerzo sobrehumano para no volver a pensar en sus problemas, a fin de cuentas, faltaban tres días para ir al médico, sólo un par de horas más para matarse el piojito en la cabeza.
Caminó con su mejor sonrisa, admirando el paisaje a su alrededor. Estaba oscureciendo, el atardecer era precioso, la suave brisa acariciaba su rostro y él se deleitaba con los hermosos colores del cielo. En ese instante estaba completamente en paz, observando cómo el ribete rojo del día, sucumbía lentamente al azul de la noche.
Samantha lo divisó a lo lejos, tomó el brazo de Camila y le hizo señas para que volteara, ella esbozó una gran sonrisa y ambas se detuvieron en la entrada del bar para esperarlo. Leo venía tan absorto que no se percató de sus amigas, pero tampoco se percató de los dos hombres que se acercaron a él bloqueando su paso.
— Hola, mariquita, ¿vienes a cazar esta noche? -dijo uno sonriendo. No eran los mismos de la noche anterior y estos, tenían más pinta de malandrines.
— ¿No es muy temprano para estar puteando? -instó el otro-, ¿tienes prisa?
Leo trató de mantenerse calmado, inmutable. A pesar de que ellos daban cortos pasos hacia él de forma amenazante, él trató de no mostrar ninguna debilidad. Si intentaban robarlo, a lo mucho, podrían extraer su celular, no le gustaba tener dinero en efectivo así que no se preocupaba.
— De hecho -respondió-, soy heterosexual y tengo una hermosa novia que ninguno de ustedes, pendejos, podría llegar a tener.
— ¡Oh! -dijo uno fingiéndose ofendido-, ¿una novia con pene?
Ambos soltaron una carcajada y Leo siguió con su rostro inexpresivo. Temeroso, coloquialmente cagado de miedo, pero sin demostrarlo. Al ver la actitud indiferente de Leo, los otros parecieron cabrearse más.
- Estoy seguro de mi identidad s****l -dijo-, por eso no me incomoda codearme con gays, ¿y ustedes?, ¿sienten que su culo les va a traicionar en cualquier momento y por eso los acosan?
Desastre. Los tipos pusieron mala cara y las palabras de Leo no fueron más que una provocación, un terrible insulto a su hombría. Un desafío. El que estaba enfrente se abalanzó hacia él apretando su puño en dirección a su rostro, pero Leo lo atajó y le propinó un golpe en el estómago que lo hizo chillar. El otro lanzó directamente una patada a su abdomen y le propinó un golpe en el pecho. Leo sintió que se le escapaba el aire, se encorvó del dolor tratando de respirar, cuando otra patada aterrizó en su costilla y lo hizo caer. Sintió uno, dos, tres golpes en su rostro y su labio se calentó, lo tenía roto y estaba sangrando. Sus sentidos estaban embotados y todo parecía ir al ralentí. Escuchó a lo lejos una voz llamándolo angustiadamente, pero su vista estaba borrosa. Alguien lo tomó de los hombros y comenzó a pasar una gasa por su rostro. Aturdido, su mirada comenzó a aclararse.
— Leo, Leo ¿estás bien?, ¡Leo! -era Camila.
Leo aún estaba un poco dolorido, bueno… muy dolorido. Pero ya con el oxígeno llegando a su cerebro comenzó a recobrar sus sentidos. Él sintió que fue una eternidad, pero en realidad fue cuestión de segundos.
— Déjame ir, ¡suéltame, maldita perra!
Leo volvió su vista hacia arriba y la escena le hizo mucha gracia. Los tipos habían sido capturados por los guardias del local y ahí estaba, su heroína. Samantha estaba con su escalpelo en mano, presionándolo en el cuello del individuo frente a Leo. Podía notar que estaba nerviosa, su mano temblaba ligeramente y había realizado un corte superficial en la piel del hombre. El otro estaba pálido viendo a la pequeña fierecilla sostener un arma blanca. Ellos estaban completamente inmovilizados por los guardias.
— Si vuelves a meterte con mis amigos -dijo Sam al fin-, te juro por Dios y tu malparida madre que lo vas a lamentar.
La policía llegó en cuestión de minutos, seguidos por John, Samantha estaba chequeando a Leo, pero no tenía nada grave, sólo dolor y un par de hematomas. Esposaron a los individuos y tomaron ciertas declaraciones, de igual forma, los citaron al día siguiente para prestar una declaración formal, mientras se los llevaban a la comisaría, Sam se acercó a John y se alejó algunos pasos con él.
— John, te quiero pedir algo.
— Claro, señorita, lo que necesite.
— Ve con los policías -ordenó-, y asegúrate de que esos malditos jamás vuelvan a pisar la calle.
— Como ordene.
Se dirigió nuevamente a donde sus amigos y, ya pasado el momento de tensión, llegó su baja de adrenalina. Se colgó del cuello de Leo, temblando como un gatito indefenso, mientras este y Camila la abrazaban con fuerza, haciéndole saber que ya todo había terminado y estaban todos bien. Leo un poco magullado, pero bien a fin de cuentas.
— Gracias -musitó Leo-, no sé qué habría sido de mí sin ustedes.
— Tonto -refutó ella meneando la cabeza-, eres nuestro amigo hetero-flexible. Somos una familia y te defenderemos a capa y espada si es necesario.
— Leo -susurró Cami-, siempre estaremos todos juntos, no importa lo que pase, somos todos o nadie.
Leo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no llorar. Su corazón estaba cálido, con las chicas pegadas a él como garrapatas, no pudo evitar sentirse a salvo y en confianza. Lo ayudaron a levantarse e ingresaron al bar, fingiendo demencia para no preocupar a los otros, no obstante, las miradas atónitas de Max y Anthony se posaron directamente en su rostro magullado. Este sonrió y se dirigió hacia la barra, tarde o temprano debería rendir explicaciones respecto a su apariencia. Pero sabía que, sin importar qué tan peligroso fuese el panorama, todos sus amigos saldrían a plantar cara, protegiéndose y apoyándose los unos a los otros como el dicho de los mosqueteros: todos para uno y uno para todos.