Por Rodrigo Álvarez La brisa de la tarde se colaba por las cortinas de lino, y en la terraza, la mesa larga estaba servida con esmero. Josefina, nuestra ama de llaves, se movía como una orquesta en plena armonía, y mi madre, Ramona —sí, mi madre, no la cocinera como muchos creen—, le ayudaba con una sonrisa en los labios y ese delantal floreado que siempre usaba cuando quería sentirse útil. No sé qué me conmovía más, si verla feliz colaborando o el aroma a lasaña casera que llenaba la terraza. —¿Ya pusieron los cubiertos dorados? —preguntó Valentina entrando desde la cocina, con un vestido crema que le abrazaba el cuerpo como segunda piel. Me acerqué por detrás y le susurré al oído: —Tú eres el único plato que quiero esta noche… Ella se giró, divertida, y me regaló esa sonrisa de dios

