—¿Qué quieres decir con qué te quedarás un poco más allá? —la pregunta de Santos la hizo tropezar con sus propias palabras. —Evelyn, no te voy a reprochar nada. No soy nuestra mamá, no me interesa si eres monja o un jodido monje.
—Lo sé, pero necesito conversar conmigo mismo. —sus ojos atravesaron el cristal de la ventana desde su habitación. —No sé qué quiero hacer y siento que al volver a casa no tendré un punto al cual mirar sin sentir que todos me quieren linchar.
—Iré contigo.
—Eres muy cabezota para discutir contigo.
—Eres mi hermana, Eve. Y no te juzgó como crees.
—Pienso todo el tiempo en el momento en que murió mamá y siento que si me viera…
—No te está viendo. No te verá, ni decidirá por tí. —le dijo su hermano desde Kiel. —Ahora todo lo que hagas será tu decisión y estará bien, porque será lo que tú quieres. No me pienso meter en eso. Solo necesito que estés bien, el resto no importa.
Las lágrimas le ganaron a la mujer que sintió el apoyo total del único hombre que tuvo cerca toda la vida. Santos era el hermano más terco, pero más que todo un ser que la protegía incluso cuando ella misma no se entendía.
No la juzgó mal. No le dijo que camino seguir, pero sí cuidó de que no se hiciera daño en el recorrido.
Esa noche en sus sueños junto a los demonios, no sólo estuvo ese reproche a los que su madre se sumó, sino un rostro que la observaba desde el fondo, como si solo quisiera su autorización para intervenir en la tortura.
Tan solo pudo bajar la cabeza.
La culpa la carcomía por dentro.
Ese era su problema más grande. Seguía pensando que estaba haciendo todo mal. Su cabeza no tenía claridad y las horas se las pasó pensando en un rumbo para tomar, sin que se perdiera en la mitad de nuevo.
Al salir de su trabajo fue directo a la iglesia, siendo un error porque al estar frente a la puerta podía ver que todos la veían, recriminando su vida, sus acciones, su cobardía.
No pudo poner un pie adentro al pensar que la iban a enjuiciar. Así que su única arma para esos casos fue correr.
Sus pies se movieron con rapidez llegando a la plaza en donde todas las miradas se enfocaron en ella y aunque solo les generaba curiosidad su actuar, para ella fue como si pudieran leer sus ideas.
El mundo no tenía piedad para alguien desorientado, en lugar de ayudarla, solo empeoraron su estado con ese juicio en la mirada que nada de calma ofreció para alguien a quien la culpa la estaba consumiendo como una brasa que ponía a arder un papel sin encenderse del todo.
—¿Älskling? —la palabra la hizo girarse de golpe y no pensarlo dos veces después de verle el rostro y avanzar con ese nudo en la garganta hasta que no pudo detener el impulso de estrellarse en su pecho.
Solo ahí se sintió segura. Tenía algo que no comprendía, pero que le ofrecía calma con solo el primer contacto.
La sorpresa de Kenneth fue enorme. Desde que la vio corriendo al pasar cerca de donde se encontraba con Beck supo que algo andaba mal, pero esa no fue la reacción que esperaba cuando la vio.
Aunque sí se sintió bien. Sus brazos aferrados a su cuerpo como el salvavidas que no era, pero le hubiese gustado ser para el alma pura de la mujer que tenía un agradable aroma a manzana en el cabello.
Las dos trenzas en la parte superior de la cabeza la hacían ver aún más joven de lo que era y esa carga abismal de inocencia a él debía alejarlo, no atraerlo.
Además no estaba en busca de nada. No lo estaba en absoluto.
“Entonces, ¿por qué viajó desde Suecia hasta ese lugar para verla?”
Solo era una tontería.
—¿Estás bien? —la hizo alejar el rostro de él por un momento.
—Lo siento si invadí tu espacio. Solo necesitaba respirar y con tantas personas rodeándome me estaba costando. —explicó siendo más directa de lo que esperaba.
Para Evelyn no había otra forma de ser. La transparencia era una cualidad que la definía muy bien, por lo que no se guardaría algo si de verdad lo quería expresar. Aún cuando no fuese lo suficientemente clara con las palabras.
—No veo el problema. Pero ¿puedo saber que te tiene así? —Beck la observó por un segundo, pero no dijo nada en ese momento. Solo siguió a su jefe desde unos metros atrás.
—Es por haber abandonado mis votos. No sé si sea normal, pero estoy todo el tiempo a la defensiva, pensando que ellos pueden saber lo que hice y me quieren linchar en algún punto del día. —dijo quedándose sin aire. —Kiara dice que solo es la culpa que siento y sé que es así, pero no puedo evitar pensar que me están juzgando por lo que pasó.
—La culpa es un enemigo al que hay que temer, porque es el único que realmente sabe en donde eres vulnerable y no se detiene para atacar justo en ese punto. —la invitó a caminar con él. —Crees que Dios está furioso contigo por no haber aceptado un hábito de por vida.
Evelyn movió la cabeza, él tuvo paciencia al verla tan nerviosa, llevándola a sumergirse en la multitud.
—Pero si te pones a pensar desde tus creencias, Dios no querría que sus hijos le sirvan solo con un hábito. De ser así, en el mundo entero existiría un porcentaje importante, vestidos así. —señaló a un grupo de personas.— No se necesita ser devoto para creer en él. La devoción se puede demostrar de otras formas.
—Es la única forma que me enseñaron.
—Entonces conoce la que usarías siendo libre.
—¿Cuál es la tuya? —los ojos del sueco se movieron a su rostro y con ello ese acero en su mirada se derritió ligeramente.
Era un espectáculo muy impresionante. Su barbilla afeitada le daba una imagen aún más pulcra, más con esa línea que aún le generaba curiosidad saber como se la hizo.
—Lo hago al aceptar que solo alguien como él puede crear algo tan fascinante como tú. —declaró con los ojos fijos en su rostro. —La inocencia se prendió de tí y es extraño cómo en lugar de restar te sume.
Dijo sin darle tregua a respirar siquiera con esa mirada que le heló los huesos, pero brindó calidez a su alma.