Capítulo 4.

2013 Words
Evelyn no sabía qué más podía hacer, aparte de suplicar por un perdón que tal vez nunca recibiría. Había abandonado su hábito, roto sus votos y desafiado la promesa que le había hecho a su difunta madre. Si Zulma, su madre, estuviera viva, la haría regresar y arrepentirse por haber huido del altar. Evelyn siempre había actuado según las indicaciones de Zulma. Su nacimiento mismo fue resultado de una promesa, y su deber era cumplir esa palabra. Llevaba dos días en Stuhr, un lugar nuevo con calles menos transitadas que Bremen, pero con la misma mirada dulcificada en los rostros de sus habitantes. Había conseguido un trabajo a medio tiempo, la única forma de mantener su mente ocupada. Así que, mientras caminaba desde la casa donde se hospedaba hasta la tienda de ropa en un rincón espacioso de la ciudad, podía disfrutar del clima y reflexionar sobre su nueva vida. La atmósfera de Stuhr era diferente. No había sombras de los muros altos de la iglesia ni el eco de los rezos matutinos. En cambio, el aire olía a pan recién horneado y a café recién molido. Las calles adoquinadas parecían susurrar secretos de amor y traición. Evelyn se preguntaba si podría encontrar la redención en este lugar, o si su corazón seguiría siendo un campo de batalla entre la fe y la pasión. El trabajo en la tienda de ropa era monótono, pero le daba tiempo para observar a los clientes. Ese día uno de ellos, un hombre alto con una mirada penetrante, parecía seguirla con los ojos. Evelyn no podía evitar sentirse intrigada. ¿Quién era él? ¿Qué oscuros secretos escondía bajo su elegante traje? Y, lo más importante, ¿por qué su presencia la hacía temblar de miedo si no sabía quién era? Lo escuchó preguntar a quien lo atendía por las corbatas que ella acomodaba con sumo cuidado. A lo que su compañera le pidió acercarle un par. Juiciosa y colaborativa como siempre, lo hizo, entregando un par con lunares y a rayas. —Necesitaré otro par. —añadió este cuando ella se marchaba. Evelyn sólo movió la cabeza con un asentimiento y buscó otras para dárselas, pero el sujeto tenía unos ojos muy curiosos por ella que la estaba comenzando a poner nerviosa e incómoda. Se movió de lugar, yendo a la sección de zapatos, necesitaban ser acomodados nuevamente, a lo que sintió el hombre seguirla de nuevo. El mundo siendo alguien que no cargaba un hábito como escudo la tenía muy temerosa de todo lo que veía. Pues a cada persona le temía y aún cuando sabía que no podía ser de esa manera, no tenía cómo evitarlo. La paranoia la envolvía como un velo oscuro. Definitivamente su madre tenía razón en cuanto a que la culpa de sus acciones, un día la iban a alcanzar y no tendrían piedad de su pobre alma. Y no había manera de regresar a donde vivió toda su vida, sintiéndose, aunque incompleta, muy protegida. Pero se dijo que podía ser solo su imaginación como cuando salió de la iglesia y ese miedo de ser perseguida y quemada viva la tenía huyendo sin rumbo fijo. Tal vez sólo era paranoia y solo eran coincidencias. Tal cosa confirmó que era así cuando el sujeto se movió de sección y al fin pudo percibir el aire en sus pulmones. Dejó los zapatos para seguir con las camisas para hombre que encontró dispersas en lugares donde no correspondía, para dejarlas en su lugar con una perfecta simetría entre todas. Como si cada patrón fuera un enigma que debía resolver. Como toda su vida se le inculcó. Continuó su meticulosa tarea, doblando las camisas con precisión. Cada pliegue, cada botón, era un pequeño rompecabezas que ella resolvía con paciencia. La tienda parecía vibrar con una energía especial, como si los hilos invisibles que unían las prendas también conectaran los destinos de quienes las tocaban. —Aquí está la dichosa talla L. —la voz gruesa y carente de emociones le acarició los oídos, tensando sus articulaciones cuando su cuello se giró para ver al hombre que tomaba una de las prendas que había acomodado antes. Era él. Era Kenneth Forsberg, el sueco que no había salido de su mente desde que esa noche estuvo tan cerca de su rostro que pudo detallar más la línea blanca que tenía en su mejilla izquierda. De nuevo lo tenía frente a ella, revolucionando sus piezas. Haciéndole tambalear. —¿Tú qué haces aquí? —la pregunta salió con un tono que no creyó usar jamás. Molesto. —Comprando una camisa. —dijo con obviedad. —No me refiero a eso. Sino… —se dio cuenta de que estaba alzando la voz y se disculpó como lo hacía siempre con la madre superiora. —¿Por qué necesitaría disculpas por un reproche, Älskling? —sonrió de medio lado y ella sintió sus mejillas ardiendo en llamas. La pronunciación suave y melódica de “Älskling” parecía envolverla en un abrazo invisible, y Evelyn no podía evitar sentir que había algo más profundo entre ellos. Aunque fuese solo en su cabeza. —Tu cabello es lindo. Al fin lo veo sin esa tela que me privó de hacerlo antes. —Apenas me estoy acostumbrando, señor Forsberg. —aclaró su garganta. —Por ello, me disculpo nuevamente. Tengo complejo de persecución o algo similar. Pero me sorprendió verlo aquí, tan lejos de su país. —No está tan lejos como se cree. —reveló con simpleza. —Además, me muevo por varias ciudades del mundo debido a mis negocios. Para que no se te haga raro verme algunas veces. —Debería haberlo sabido. —rió nerviosa. —Es solo que creí que… Guardó su lengua con vergüenza. Había creído que fue por ella, pero era algo absurdo. Su mente era una fanática de la tortura para sí misma. —Nada, no me haga caso, señor Forsberg. —simuló no estar a punto de convulsionar. —¿Creíste qué cosa, Älskling? —consultó interesado en su respuesta. —¿Qué podría haber viajado por tí a este sitio? Ella se rió apenada. —Claro que no. Eso es absurdo. —contestó distante. —Lo es. —observó la camisa de nuevo y la miró por el rabillo del ojo al mismo tiempo. —Pero suele ser muy común que alguien recorra el mundo entero por alguien. —He escuchado eso. —se limitó a contestar la mujer de cabellera lacia. —Creí que eras muy bonita bajo ese velo y hábito, Evelyn. —¿Eso qué significaba? Su nombre lo había dicho una sola vez antes, luego solo por ese apodo en su lengua que no sabía qué significaba, pero la forma en la cual la veía en ese momento, le impidió recordar preguntarlo. —Debo decir que es mucho más que solo bonita, usted roba el aliento y nubla razonamientos, Evelyn. —le gustaba esa lentitud para hablar. —No soy mayor, ni alguien sumamente importante para que se refiera a mi como usted, señor Forsberg. —dijo volviendo a las camisas. —Si eso de referirse a mí como señor Forsberg se vuelve cosa del pasado, también lo hará mi trato formal y será uno más personal, Älskling. —propuso y Evelyn pudo sentir los vellos de su nuca erizarse. —¿Puedo saber qué significa esa palabra? —tratar de decirla era complicado para ella que el único sueco que entendía era el de su sobrina, y eso cuando ella le decía el significado de lo que hablaba. La sonrisa de medio lado se dejó ver, por primera vez en el rostro carente de gestos del hombre que ella veía. Una sonrisa muy agradable que quería grabarse muy bien los segundos que duró, para recordarla cuando las pesadillas regresaran o cuando el momento de soñar se hiciera presente. —Te lo diré. Algún día. —contestó mirando a quienes veían con atención a ambos. —Necesitaré cinco trajes completos. —¿Para qué? —Dudo que salir sin ropa a la calle sea bien visto. —alegó el sueco y si antes sintió sus mejillas arder, en ese momento explotaron de solo imaginarlo sin nada encima. —En un…Claro, claro. Los iré a conseguir. —se giró de nuevo. —¿Qué colores te gustaría? —Elige. Supongo que esa mente tuya trabaja muy bien, Älskling. —Evelyn movió la cabeza sin saber que era un juego de palabras con más de un significado. La supervisora se mostró satisfecha al observar el desempeño de la joven chica que había realizado una venta por miles de dólares, superando con creces la cuota mensual. Agradecida, envió a dos de sus chicas para que subieran todo al vehículo del cliente, mientras Evelyn observaba cómo él volvía a cerrarse ante los demás. Apenas respondía a algunas cosas, aunque siempre con amabilidad, pero con un muro de hielo que parecía protegerlo de todos. Su turno estaba a punto de terminar, así que solo recibió las felicitaciones de su jefa antes de cruzar el bolso sobre su hombro y salir rápidamente del lugar, tomando la ruta más corta. Pero no tardó en encontrar el vehículo de Kenneth de nuevo en la carretera. A él le pareció cómico, pero de igual forma colgó el teléfono y bajó del auto. —Esto será más seguido de lo imaginado, al parecer. —mencionó con algo de gusto presente en su voz. —Lo veo. —miró el extremo al que se dirigía. —También parece que estás perdido, Kenneth. Al sueco le gustó su burla, era sin malicia, sin ánimos de ofender, sino con la única finalidad de obtener su propia diversión. —No conocer este sitio es algo molesto. —el clima frío no ayudaba mucho para la nariz roja de Evelyn, y eso le pareció tierno al hombre que la detalló abiertamente. —Te ves adorable. Ese hábito en verdad privó a todos de ver muchas cosas de tí. —Pero me tenía segura y no tenía tantos muros que romper dentro de mí. —mencionó ella retraída. —¿Te arrepientes? —deseó saber. —No, pero siento que Dios me está juzgando por fallarle. —confesó. —Que con algunas cosas solo me está dando las pruebas que necesitaba para entender que el diablo es alguien que juega sucio, y no me dejará en paz hasta que muera. —Tienes miedo a lo desconocido. —Le tengo miedo a la vida entera. —declaró con tristeza bien disimulada con diversión. Kenneth deseó tocar esas mejillas frías que se veían más pálidas con el frío. Pero le resultó mejor idea usar su saco como excusa para llegar a tocarla. —No le temas a la vida, sino a quien quiere mostrarte lo que conoce. —no la tocó más que de los hombros, pero Evelyn sintió que algo magnético la obligó a fijar su mirada en él. —¿Qué conoces? —la distancia entre ambos y la calidez del otro los tenía inmersos. —Distintas formas de cómo pervertir el alma. Muchas maneras placenteras para conocerte. Diversidad de modos que te harán odiar aún más a los demonios. Pero hay infinidad de motivos para disfrutar cada una de las cosas que la vida tiene. —ella perdió interés en recibir calor, porque ese aroma varonil la estaba comenzando a marear, endulzar y caer muy fácil en el pecado. Debía alejarse. Él le prometía el infierno de malos caminos y llamas ardientes que la condenarían al inframundo, y no tenía porqué sentir ganas de explorarlo. Pero lo hacía. Quizá era solo una ilusión tonta de nuevo, pero deseaba recorrer al menos un camino de los que le prohibieron y se prohibió la vida entera. Saber si era tan tortuoso como se decía. Ella no debía desear el pecado, pero el pecado la veía con tanta hambre, con tan poco disimulo, que dejó de razonar y comenzó a maquinar como si su mente tuviera vida propia, y pudiera contar sus más grandes y oscuros deseos.
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