Capítulo 2.

1454 Words
La música y la euforia en un sitio como ese, impedía que todos se dieran cuenta de la mirada de acero del hombre que tenía los ojos puestos en él interior del club, en donde se encontraba. Cada detalle de su rostro contaba su historia. Su mirada siempre apuntaba hacia el éxito económico. Desde que tenía conciencia era el mayor de sus enfoques. Kenneth Axel Forsberg, nacido en la ciudad de Estocolmo, vio la luz en un hogar disfuncional. Desde temprana edad, aprendió a sobrevivir a base de astucia y violencia. Sus días como sicario reflejaron su ascenso en las filas de la mafia sueca, convirtiéndose en una parte crucial de su mundo sombrío. Sin embargo, su ambición no se detuvo allí. Kenneth anhelaba más que el simple control de territorios y negocios ilícitos. Eso lo podría hacer si su mentalidad se concentraba en ello. Pero no. Su mente maestra se enfocó en un mercado inusual: el arte. Se convirtió en la persona a la que otros podían recurrir para obtener piezas valiosas que a menudo resultaban inalcanzables para los demás. Su habilidad para moverse en las sombras y adquirir obras de arte robadas o perdidas lo hizo indispensable en círculos clandestinos. Su personalidad era un enigma incluso para sus aliados más cercanos. Reservado y calculador, Kenneth guardaba sus pensamientos bajo llave. Nadie sabía qué pasaba por su mente mientras tejía su red de influencias y poder. La fina línea blanca que cruzaba su mejilla izquierda era un recuerdo tangible de un enfrentamiento pasado, una marca que lo conectaba con su violento pasado. Con una estatura imponente de 1,92 metros, Kenneth Forsberg se movía con la gracia de un depredador acechando en la oscuridad. Su presencia era magnética y amenazante a la vez. Los ojos grises como acero parecían penetrar en el alma de cualquiera que se atreviera a mirarlos demasiado tiempo. Pero en ese lugar aún sentía algo que lo tenía molesto a gran escala. La soledad lo acompañaba, incluso en medio de la multitud en el club con las luces parpadeantes. Allí, entre el glamour y la decadencia, Kenneth Forsberg seguía siendo un enigma, para él mismo más que todo, porque seguía pensando en la fecha que quería no recordar. Ese día una ceremonia se celebraba y con solo una conversación en la que ella le contó muy ilusionada sobre ello, para él fue un trago amargo que no había pasado, pese a que los meses habían transcurrido. Se vieron dos veces. Entabló una conversación una vez, la única que había tenido durante toda su vida con alguien que no lo vio con ambición, no elogió su dinero o astucia, ni lo hartó con sus frases ridículas de resaltar su nombre. Con ella había sido…alguien distinto. Tal vez eso era lo que pasaba en realidad. La comodidad que tuvo con una persona que le había entregado en corazón a Dios. “Irónico que le tuviera envidia al creador” como solía llamarlo ella. Era estúpido porque ninguna mujer le interesaba. Ni siquiera por sex0. Eso, desde su punto de vista era una distracción muy grande. Su padre perdió todo por una, y él tenía mucho que perder si cometía los mismos errores. Se quitó el saco oscuro y caminó hacia la salida del lugar, era tarde, no tanto como solía quedarse, pero en ese momento solo quería llegar a darse un baño y dejar de lado su cansancio. No atendió ninguna de las llamadas que entraron a su móvil durante el trayecto, perdido en sus pensamientos que nadie más que él podría conocer. Aparcó su Aston Martin y resoplando salió del vehículo para entrar al elevador que se movió con su huella en el sensor. Tecnología alemana que había tomado para mantener seguro ese lugar. —Es tarde, pero no tan tarde. —comentó su hermana en cuanto lo vio. —Vienes borracho o de… —Buenas noches, Wanda. —su desgano no pasó desapercibido para su hermana. Más cuando cerró la puerta con más fuerza de la usual. Arrugó el ceño, pero luego de unos cuantos segundos el gesto desapareció. Eran sus problemas. Mientras no se metiera con sus actividades era mejor dejarlo pasar. Su humor estando así, era mejor no provocarlo. —¿Qué quieres? Estoy agotado, di lo que sea rápido. —contestó la llamada de Beck, su hombre de confianza y uno de sus buenos amigos. —Vine a dejar el encargo de víveres y ayuda para el convento que me dijiste, pero no encontré a la hermana Vallerk. Ese apellido. Ese jodido nombre de nuevo. —¿De qué hablas? ¿Qué víveres? ¿Qué ayuda a qué cosa? —se quitó el chaleco para abrir la camisa blanca. —Cuando la monjita se quedó en la cabaña del sur, me dijiste una noche que cuando la ceremonia de sus votos solemnes llegara, les trajera todo lo que apuntó en una lista. —le explicó sin prisa. —Dijiste que era una orden que no cambiaría. —No lo recuerdo. —Kenneth mintió, evitando mencionar abiertamente que aquella noche había compartido una cabaña con ella. Le cedió esa cabaña por algunas semanas, meses antes y en eso cayó como un tonto que quería una mujer a la que jamás podría tener. Esa noche no tenía a donde ir y por azares del destino creyó buena idea ir a esa cabaña. Aunque no esperó desear más cercanía con una novicia. Que idiota habíasido. Después de perderse sin rumbo, Evelyn lo había recibido con café caliente y galletas. Las cuales le resultaron ser las mejores que había comido, tal vez porque jamás había probado nada de eso, ya que el café lo odiaba y las galletas eran simples y sin gracia para él. La imagen de la monja con el hábito, tan cerca de él, seguía grabada en su mente. Jamás admitiría que la había encontrado atractiva. Debía respetar su alma pura, su devoción religiosa. Pero la atracción era bizarra, como un choque de mundos irreconciliables. El casi beso los había llevado al borde del abismo. A pocos milímetros de cruzar una línea que no podían permitirse. Kenneth se apartó, recordando quién era y cuál era su oscura realidad. No pudo manchar la pureza de Evelyn con su propia sombra. Exhaló aburrido y volvió al tema. —Búscala si ya estás allá. Entrega todo y regresa. Tienes trabajo aquí también. —demandó en un suspiro. —Llevo dos horas esperando verla afuera del convento o adentro, pero no hay señales suyas. —mencionó Beck. —¿Dejo todo afuera? Que lo suban ellas cuando termine el festejo. —¿Y van a adivinar que es para ellas o como? —su humor no dio para usar su paciencia. —Ve, pregunta por ella y dale la dichosa…ofrenda esa. Colgó de inmediato. Más molesto que antes. Era ridículo que hubiera dicho que le llevaran eso y aún lo recordaran. Pero no era de sorprender. Beck era más que su hombre de confianza, sino quien le decía las verdades así Kenneth se mostrara reacio a aceptarlas. Esa lealtad era lo único que lo diferenciaba del resto. Pero en ocasiones era un completo imbécil. Más cuando él no soportaba nada de nadie, como si molestarlo fuera su deber también. Se quitó el pantalón para darse una ducha que lo refrescó y se puso un pantalón cómodo para ver las piezas que había puesto en el mercado. Las ofertas oscilaban en más de diez millones, por lo que solo era cuestión de esperar a que ofrecieran aún más. El riesgo que corrió al obtenerlas lo valía. —¿Ahora qué? —cuestionó cuando volvió a contestar la llamada de Beck. —Entregué todo a otra monja. No encontré la tuya. —alegó Beck y él giró los ojos. —¿Mi qué, imbécil? Deja la santa voluntad de tu alma y sal de ahí. Los detalles de una ceremonia de monjas entregando su vida a la pobreza no me interesan. No es mía tampoco. —refunfuñando estuvo a punto de colgar. Recordarse eso era aún más amargo que lo que ya sentía. —¿Ni por qué tu monja salió corriendo de la iglesia y abandonó el hábito? —cuestionó evitando que le colgaran la llamada de nuevo. Kenneth arrugó el ceño, olvidando las piezas de arte. —¿De qué hablas? ¿Cómo que salió corriendo? —la imaginó corriendo lejos,. Desorientada y alterada por lo que había hecho. Una absurda preocupación le nació en la boca del estómago. ¿Había renunciado a sus votos solemnes? ¿Era verdad? Cuanto deseó que lo fuera. Esperaba que no se tratara de una broma por que no estaba para esas cosas en ese momento..
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